jueves, 30 de diciembre de 2010

NO TENGAS MIEDO

No tengas miedo
Agárrate a mí, yo te quiero,
te llevaré a donde tú quieras
Solo quiero estar feliz contigo
y en todos esos momentos de tristeza y alegría
Ámame, yo te amo y te comprendo, tal vez por el simple hecho de que te quiero.

No tengas miedo agárrate a mí
Siempre estaré contigo
y con todo el mundo compartiremos,

Es algo mágico lo que está sucediendo
Es amor, la clave de esta vida
Soy tu sol y tu luna
y contigo quiero estar en este bello mundo mágico
Porque te quiero

No tengas miedo
Solo déjate llevar
Estas pasando por las puertas más bonitas de este laberinto
No debes tener miedo
Estoy contigo y siempre lo estaré
Porque te quiero..



Y ya después de este tiempo
la amaste y la comprendes igual que ella a ti

Momentos de paz, mágicos.


Autor: Hector Saavedra Ruano

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

EN LA DURA BATALLA

                Os quiero contar una cosa.

               A mí las navidades son una época que ni me gusta, como quién las vive como una niña y se vuelca en ellas para revivir viejos tiempos, ni me disgusta como la gente que se encierra en sí mismo porque se acuerda de los que no están o piensan en lo que ya no son. Para mí es una época como otra cualquiera, quizás más feliz porque comparto más con mis sobrinos.

              Estas están siendo las navidades en las que más he podido compartir con mis peques porque por la distancia, yo vivo en Canarias y ellos en Madrid, no siempre podemos hacerlo. El caso es que estos días estoy sacando a la luz especialmente de mi papel de tía, pues Zaida, mi sobrina pequeña, se ha quedado unos días conmigo en casa.
             Esta mañana mientras yo hacía cosas en la cocina ella se sentó a jugar en la mesa cerca de mí, pues le gusta más jugar si yo la veo. El caso es que había cogido los coches de su primo y los había puesto todos en filas como si fuera una autocine, había puesto una caja como si fuera un escenario y allí dos muñecos protagonizaban una película. En un momento dado ella estaba haciendo que cantaban, mientras yo me movía de aquí para allá. De pronto presté atención a lo que decía y me dejó boquiabierta al escucharla decir:
-           ... y tú te fuiste a la batalla, donde injustamente te mandaron a morir.

                Zaida tiene 6 años y el primer pensamiento que me vino fue “aquí tenemos una futura autora para este blog. ¿No es esto un microcuento? ¿Yo a su edad era capaz de pensar cosas así? ¿Hubiera podido hacer una frase como esa?” De pronto salgo de mis pensamientos y vuelvo a escucharla mientras cantaba:
-          ...y yo mientras escuchando el eco de tu voz.

Decidido voy a publicar su primer microcuento.

,..., y  tú te fuiste a la batalla, donde injustamente te mandaron a morir,...,  y yo mientras escuchando el eco de tu voz.

Autora: Zaida López Guerra 6 años



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lunes, 27 de diciembre de 2010

EL CAMINO DEL ARCOIRIS

Hacía unos días que una nube negra y densa cubría todo el cielo, la lluvia copiosa caía a la tierra. Entretanto, entre los rayos del sol cundía el desánimo: ¡Otro día más sin poder brillar!, fue el clamor que se escuchaba desde el amanecer. Allá en el fondo surgió una voz: ¡hoy sí lo conseguiremos! Era el optimismo, que no se amedrentaba ante las situaciones difíciles. En seguida, al sentido de propósito se le ocurrió un plan; en vez de esperar pasivamente a que se fueran las nubes propuso organizar un grupo de exploración en busca de posibles claros. El optimismo estaba entusiasmado y la empatía se contagió rápidamente. El humor pensó que aquello podría resultar divertido y su compañera inseparable, la creatividad, también se apuntó. Así que empezaron a escudriñar entre el mar de nubes en busca de una oportunidad para poder atravesarlas. Viendo que el equipo no cesaba en el empeño, la perseverancia decidió sumarse a la tarea. El sentido de propósito iba delante pero fue el optimismo quien primero detectó que estaban ante una nube menos densa que las demás. ¡Si tuviéramos algo más de ayuda conseguiríamos traspasarla!, dijo con confianza. El apoyo, siempre dispuesto a unirse a las nobles causas, acudió de inmediato. Al verlo llegar, la creatividad tuvo una inspiración y le contó al oído su idea al humor, lo que le hizo soltar una enorme carcajada. La onda sonora consiguió abrir un hueco y unidos con fuerza en un solo haz pasaron suavemente a través de la nube. Por supuesto, fueron dando las gracias respetuosamente a las gotitas de lluvia quienes al ver tanta amabilidad decidieron formar un gigantesco espejo donde los siete rayos pudieran brillar con todo su esplendor, reflejando un majestuoso arco de colores en el cielo. Fue tan bello el espectáculo que las propias nubes decidieron acabar con su tarea y dejar paso al sol, quien al llegar a aquella tierra empapada por la lluvia hizo que crecieran las plantas y los cultivos, e incluso que germinaran nuevas semillas durmientes.


Autora: Gloria E. Gil Hernández

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sábado, 25 de diciembre de 2010

CUENTO DE NAVIDAD

Quiero aclarar una cosa antes de contar mi historia, y es que nunca me he sentido alguien especial. Soy un tipo corriente, con un trabajo corriente que un día tuvo un momento de inspiración y en ese instante se sintió grande e importante. Pero todo me vino rodado. Un niño necesitaba ayuda y yo estaba en el sitio correcto en el momento oportuno. Pero sobre todo vestido de la forma adecuada. Sin embargo todavía estoy pensando quien ayudó más a quien, si yo al niño o el niño a mi.

Siempre había trabajado en la UVI de un hospital grande, en una ciudad grande. Allí terminé mis estudios, realicé mis practicas y empecé a trabajar. Pero no era mi sitio. Yo había nacido en un pueblo pequeño del cual salí para estudiar. Allí había dejado mi hogar, mi familia, los paisajes que imprimieron mi carácter solitario, mis amigos y mi novia. Todo aquello que añoraba, mientras estuve lejos de allí. El caso es que cuando saque mi plaza en las oposiciones del Insalud, la presión que esta soledad ejercía sobre mi, me llevó a solicitar un puesto en el pequeño centro de salud de mi pueblo. Así podría estar más cerca de todo aquello que tanto extrañé.

Al principio todo fue maravilloso, volver a ver a mis padres y besar a mi novia significó una felicidad sin límites. Pero con el tiempo todo volvió a la normalidad y entendí que algo había cambiado en mi. En aquella tremenda ciudad pasabas desapercibido, nadie te conocía pero el llegar al hospital y ayudar a que toda aquella gente volviera a sonreír, hacía que me sintiera bien conmigo mismo. Sin embargo en el pueblo todo era al revés. Por la calle todo el mundo te saludaba, todos te conocían, pero la gente llegaba enferma al centro de salud y se iba enferma. Después se curarían en casa pero yo no podía verlo. Así un día tras otro. Lo único que me sacaba de la rutina eran los avisos domiciliarios, y las visitas a ancianos que no podían acercarse al centro. Sin embargo seguía viendo gente enferma, no tan grave como la del hospital pero enferma al fin y al cabo.

A mis padres y a mi novia no les podía decir que me estaba cansando de estar allí. Pero ellos notaban que algo pasaba. Yo siempre achacaba mi desánimo a enfermedades imaginarias, al continuo cansancio, a no dormir lo suficiente y seguía disimulando. Mis amigos que algo sabían trataban de animarme y aconsejarme, pero ahora lo que extrañaba era el continuo ajetreo del hospital. Ahora echaba de menos un caso grave y emocionante, donde realmente pudiera sacar lo mejor de mi. Aquello para lo que tanto me había preparado. Porque eso era lo que yo pensaba de mi profesión hasta mi llegada al pueblo. Pensaba que era emocionante.

Los cinco primeros meses pasaron rápidamente y tras ellos llegó la navidad. Era la noche de nochebuena y yo había quedado con mi novia en disfrazarme de Papa Noel para dar una sorpresa a sus sobrinos. Terminamos con las consultas y sólo quedábamos en el centro de salud, el médico de guardia y yo. El preparaba la mesa pues en una hora llegaría su mujer para cenar con él. Eran las primeras navidades que pasaban juntos y yo me hice el remolón con el disfraz para insistir en mi ofrecimiento.
- Venga Carlos vete a casa. Vosotros tenéis un motivo para montar una fiesta y yo necesito una excusa para escaparme de la mía.
- No seas tonto,- se negó él - verás como al final te lo pasas bien. Sólo tienes que proponértelo. Pero con convencimiento.

En esas estábamos cuando ante la puerta apareció una figura femenina aporreó la puerta y suplicó con la mirada que abriéramos. No iba lo suficientemente abrigada para el frío que hacía pero parecía acalorada. Tenía ojos de haber llorado, pero sobretodo lo que me llamó la atención fue su cara de preocupación. Su rostro reflejaba una gran tensión.
- ¿Qué pasa?- Preguntó Carlos antes de abrir. Pude ver sorpresa en su rostro. Pero no entendía porque no abría. Vale que era una noche en la que cualquiera que esté de guardia desea que no vaya nadie pero el rostro ensangrentado de la señora decía necesitar ayuda.
- Abre Carlos. - Le dije sin obtener la menos respuesta.
- Por favor ayudarme.- Quité las manos de Carlos que permanecían aferradas aún a las llaves, abrí y pregunté.
- ¿Qué necesita señora? ¿Qué ha ocurrido?- Dije apartándole el pelo de la frente sin ver de donde salía toda aquella sangre.
- No soy yo, es mi hijo. Su hermano le ha tirado por las escaleras y tiene una brecha enorme en la cabeza, creo que un brazo roto y Dios sabe cuantas cosas más.

Salí corriendo hacia el coche y al llegar un niño blanco y otro negro me miraban atónitos y con la cara ensangrentada desde el asiento trasero. Era como un anuncio de beneton llevado a la realidad. Su sorpresa era mayúscula y no entendía porque. La mujer había hablado de hermanos y esos niños mostraban grandes diferencias a simple vista. Yo debía ser el más sorprendido. Pero no me paré a pensar cogí al niño negro que era el que mostraba claros síntomas de ser el más dañado. Carlos seguía mirándome desde el quicio de la puerta.
- ¡Carlos ayúdame! - En ese momento reaccionó y me quitó al niño de los brazos, que seguía mirándome con los ojos como patos y la barbilla pegada al pecho. Tenía lágrimas derramadas por las mejillas pero en ese momento no lloraba, sencillamente me miraba sonriendo.
- ¿Qué tienes bonito?- Le pregunté al que quedaba dentro del coche.- ¿Puedes andar?.- Pero el niño no contestó. Me miraba con ojos de desconfianza.- ¿Qué pasa? No voy a hacerte daño solo voy a curarte, esa herida. ¿Puedes andar?.- Dije mientras alargaba los brazos hacia él y me vi las mangas rojas del disfraz. Entonces comprendí su cara de asombro. ¿Qué hacía aquel viejo bonachón en un centro de salud?- No tengas miedo, soy Papa Noel.- Dije sonriendo preguntándome que podría estar pensando. Pero era su expresión la que más me preocupaba pues no era de sorpresa, ni de emoción. Me miraba como si yo fuera el culpable de lo que acababa de pasarles. La crispación se reflejaba en su expresión. La madre había pasado con Carlos y allí me encontraba yo intentando convencer a un niño de que no tuviera miedo de mi. - ¿Pero que pasa ningún niño teme a Papa Noel?
- ¡Eres idiota!- Gritó el niño.
- Pero bueno, ¿a qué viene eso?
- Idiota, idiota, idiota, no entiendes nada.- En eso tenía razón no entendía que hacíamos allí con esa conversación mientras el seguía sangrando por la cabeza. No entendía porque aquel niño no hacía más que insultar a Papa Noel, cuando todos los niños le quieren. ¿Sería que no llevaba la barba y había descubierto que no era más que un impostor? ¿Sería que acababa de saber que la ropa que llevaba no era más que un disfraz de Papa Noel? - Gordo cabezón. No entiendes nada.

Mientras hablaba con él había examinado la herida y me aseguré de que no era de importancia. Me daría unos minutos más para convencerle de que viniera conmigo y si no lo conseguía me lo llevaría a la fuerza.
- ¿Podrías explicarme que es lo que no entiendo? Quizás de esa forma podría comprenderlo.- Nunca se me han dado bien los niños, por lo que exigía un esfuerzo para mi intentar acercarme a él. Lo que si sabía era que el dialogo era la clave.
- El año pasado mis padres me ilusionaron para pedirte un hermano y tu me trajiste un negro. Ese no es mi hermano.
- ¿A no? ¿Y como lo sabes?
- Es diferente a mi, todos los hermanos son del mismo color.- me dijo lleno de razones. Fue entonces cuando me dio pie para llevarle a mi terreno.
- Si entras conmigo y me dejas curarte la herida de la cabeza, te mostrare como no sois tan diferentes como crees.
- Mi madre dice lo mismo, pero yo se que no es así. Tu eres tonto.- Su enfado iba en aumento. Ahora podía reprocharme eso que había tenido dentro durante tanto tiempo. Y se lo estaba tomando muy a pecho. ¿Debería decirle que yo no era el verdadero Papa Noel y deshacerme de la culpabilidad que cargaba sobre mis espaldas?- Y esa sucio negro no tiene nada que ver conmigo.
- Ven conmigo y te mostrare que eres tu quien está equivocado.

Entramos en la consulta y limpie su herida con esmero, le puse unos puntos de aproximación y le pedí que me fuera explicando que había pasado.
- ¿Como te llamas?
- Javi.
- Cuéntame que ha pasado. ¿Cómo te hiciste esta herida?
- Yo no quiero un hermano negro. Es muy raro y mi madre últimamente sólo le quiere a él. Se pasa el día haciéndole mimos y dice que es porque yo no le quiero. ¿Pero como puede besarle? ¿No ve que es negro? Así que esta tarde le pegué, empezamos a pelear como siempre pero se calló por las escaleras. Fue muy gracioso.- Dijo sonriendo satisfecho de haberle dado lo que el creía su merecido.
- Mira para empezar los niños no deben ser crueles y pegarse y menos con sus hermanos pero, ¿te has fiado de que color era su sangre?
- Roja.
- Y la tuya también es roja ¿o no? Mira esta gasa. ¿Ves como no sois tan diferentes?- Los gritos de dolor del otro niño ya habían cesado, comprendí que le estarían limpiando la herida y por lo que me había parecido a simple vista iba a necesitar algún punto de sutura.
- Si, pero es negro.- Comprendí que no sería tan fácil como había pensado. Así que me armé de paciencia. Fui a buscar a la madre para que se quedara con Javi mientras ayudaba a Carlos. Después de asegurarme que Carlos no necesitaba más mi ayuda volví con Javi y empecé a explicarle. Me asaba de calor con aquel disfraz pero ahora ya no podía quitarme la falsa barriga, ni el molesto maquillaje.- Verás Javi, ahora recuerdo tu carta. -Tragaba pelo sin parar de la barba por lo que no dejaba de meterme los dedos en la boca para meter más pelos de los que sacaba.- Tu me pediste un hermano, ese fue el regalo que más me costó conseguir. Tuve que buscar por muchos países, porque ningún niño quería ser el hermano de un niño pegón.- Javi me examinaba con su gran mirada negra por lo que me esforcé por olvidar los pelos de la boca.- Así que después de mucho viajar un día me encontré con Rahim. Estaba solo y yo le hablé de ti. “Pero él me pegará” me dijo asustado. “No creas”, le dije yo, “tiene tantas ganas de tener un hermano que te seguro que te querrá mucho.”
- Pero yo no quería un hermano negro.- Me interrumpió.- El no es como yo.
- Eso es lo que tu piensas. ¿Qué me dirías si te dijese que todos llevamos un niño de otro color dentro de nosotros mismos?- Le dije preguntándome más a mi mismo hacia donde quería ir.
- Que es mentira.- Entonces algo iluminó mi imaginación. Situé a Javi bajo la luz de la lámpara y le dije señalando su sombra.
- Mira, ¿ves ahí?, ese es el niño negro que tu llevas dentro.- Y señalando la mía le dije- ¿Ves? Y ese es el mío.
- Eso es mentira, esa es solo tu sombra- movió la mano unos centímetros y dijo- y esa la mía.
- Eso es lo que a ti te han dicho porque hay niños que se asustan de saber que hay otro niño viviendo dentro de ellos. Pero todos los mayores sabemos que no es así. Cuando crezcas un poco te contarán la verdad. Todos lo seres humanos somos iguales y para que aprendiéramos a convivir entre nosotros, Dios nos hizo diferentes pero iguales. Cada niño blanco lleva uno negro en su interior para que aprenda a amarlos como a los que son iguales que él.- Si la cara de Javi reflejaba sorpresa cuando me vio la que tenía ahora era de autentica perplejidad.
- ¿De verdad?
- Claro, todo el mundo lo sabe.

No dejaba de mirar su propia sombra, sintiéndola más suya que nunca. Yo por mi parte no podía dejar de mirar su cara de asombro sonriendo de la ingenuidad y la credulidad infantil. Siempre me habían gustado los niños pero nunca había tenido que enfrentarme directamente a la crueldad de esos pequeños. No sabía si estaría haciendo bien engañándole. Tal vez cuando supiera la verdad sería peor, pero tal vez cuando fuera consciente de su engaño ya habría aprendido a amar a su hermano. La historia de la adopción que había dejado entrever su madre era muy dura y Rahim necesitaba no sólo el apoyo maternal sino también el de Javi.
- Pero eso no es verdad,- ¿Tan poco había tardado en comprender la verdad? Pensé sintiéndome descubierto. - ¿Entonces porque su sombra también es oscura? ¿Dónde está su niño blanco?- “¡Vaya!, buena pregunta” pensé “¿Donde estará su niño blanco?”

Tardé cinco minutos en reaccionar. Me había pillado. No sabía que contestarle y en mi cabeza ya no encontraba la iluminación en la que me había apoyado hasta ese momento. ¿Donde podía encontrar el niño blanco de Rahim? Pero entonces cuando iba a darme por vencido llegó esa inspiración.
- ¿Nunca te han hablado de la máquina?
- ¿Qué máquina?. - Dijo él mostrando de nuevo su asombro infantil.
- Espera un momento.

Salí de la sala de curas y fui al archivo. Revolví los historiales buscando lo que necesitaba y tras hacerme con ello volví a la sala. Javi no se había movido de la silla donde le dejé. Puse el sobre marrón sobre la mesa y saque una radiografía de un niño. Por supuesto ese niño no era Rahim pero él no lo sabía. Puse la radiografía en la pantalla donde como por arte de magia apareció un niño blanco sobre fondo negro.
- ¿Ves esto? - Javi me miraba maravillado.- Tenemos una máquina que saca fotos del interior de las personas. Hay veces que tenemos que asegurarnos de que los niños negros también llevan su niño blanco. De modo que los fotografiamos para asegurarnos que está ahí dentro. No porque nosotros tengamos dudas, porque sabemos realmente que todos lo llevamos pero ellos tienen que asegurarse que así es. Este por ejemplo es Rahim.
- Guao.
- Como comprenderás a un niño blanco le es fácil comprender la verdad, porque puede ver a su niño negro. Pero a uno negro le es más difícil comprenderlo, pero esta es la prueba.
- Guao. - Volvió a repetir.- ¿Se lo habéis contado? ¿Se ha visto ya Rahim?
- No, él no lo sabe, no debes decírselo a nadie. Pero a nadie, nadie. Todavía no tienes edad de saberlo, pero me he visto obligado a contártelo para que no me creyeras un viejo tonto. Será nuestro secreto. ¿Vale?
- Vale. No lo contaré.- Dijo Javi mirando todavía la imagen del niño blanco de Rahim.

Salimos juntos de la sala de curas y al ver a su hermano Javi le abrazó.
- ¿Te duele mucho?
- No, ya no. ¿Qué te ha dicho Papa Noel?
- Nada. Le he pedido algo y ya me lo ha dado. No tendré que esperar a esta noche.
- ¿Y qué le has pedido?
- Lo mismo que el año pasado. Era algo que ya tenía pero yo no lo sabía.

Javi no lo sabía pero él me había ayudado a darme cuenta de que no siempre el trabajo sanitario está en curar enfermedades físicas. Muchas veces la gente necesita una cura espiritual, y aunque ese trabajo no sea estrictamente sanitario, es algo mucho gratificante que aquel que nos pagan con dinero. Desde entonces siempre he llevado aquel disfraz en el alma y he disfrutado regalando algo que vale más que todos los regalos. Aquello que también Javi me regaló a mi aquel día, ilusión.cosas en las que deberíamos pensar de vez en cuando.






 Autora: Nuria L. Yágüez





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miércoles, 22 de diciembre de 2010

AUSENTE

Hoy me encuentro sola encerrada en mi cuerpo, prisionera de mi misma, habitante y habitáculo de mi propio yo. Sola, esa es la palabra que mejor define mi estado actual, SOLA.

Hubo un día en que yo me reía de todo, por reírme me reía hasta de mi propia sombra. Tenía un novio, un grupo de amigos y empezaba a forjarme un futuro prometedor. Salía los fines de semana a los locales de moda y disfrutaba como el que más. Mi felicidad era estable y robusta. Pocas cosas la hacían peligrar.

Mi incipiente inclusión en el mundo laboral, prometía grandes logros. Ahora pienso si tenía un hada madrina que velaba mis sueños y guiaba mis actos. Porque a mi alrededor se hablaba de un futuro incierto para la juventud, pero ese no era mi caso. Del sufrimiento del que muchos jóvenes son presa a consecuencia de las drogas, pero a mi mundo no llegaron. De lo difícil que se suponía una independencia a temprana edad, yo sin embargo la había adquirido hacía mucho tiempo. Había conseguido equilibrar la balanza; ni tenía todo a mi favor ni todo en contra. Vivía con lo que tenía, luchando por lo que deseaba.

Hoy lloro al recordar todo lo que tuve, y las lágrimas no salen de mis ojos pero ahogan mi corazón. Hay pocas cosas que pueda hacer por mi misma, pensar, respirar y poco más. Algunos signos exteriores llegan a mi, pero no hay nada que yo pueda hacer por unirme a los demás seres vivos. No hay nada con lo que yo pueda expresar lo que hay en mi interior, de modo que ellos piensan que ya no hay nada, y no es así. Aunque no se exactamente donde, se que sigo aquí. Se que dentro de mi cuerpo aún queda algo que late y vive, y con eso tengo lo necesario para seguir luchando.

Presiento el día y la noche por los sonidos que llegan a mi. Pero mi mundo ha quedado reducido a la oscuridad de mi interior, a mis pensamientos y a imaginar lo que pasa más allá de mi propio ser. Debo estar unida a una máquina de esas que marcan el latido del corazón pues un eterno, aunque más que eterno espero que sea duradero, pitido acompaña mi constante letargo. Sé cuando llega el día, porque tras la puerta que me aísla del resto de pacientes todo se agita. Además hay una chica joven cuya voz ya reconozco que entra y delicadamente empieza a lavar mi cuerpo. Cambia las sábanas de mi cama y con voz suave, para que nadie la oiga me explica cada cosa que me hace. Agradezco su delicadeza pero odio ese momento, no sólo tengo desnudo mi cuerpo si no mi intimidad, mi dignidad y hasta mi pudor. Aunque aquí nadie parece darse cuenta.

A media mañana mi madre entra en la habitación, me cambia las almohadas de posición, sin saber si quiero cambiar de postura. Y me echa una colonia fresca que odio pero no puedo decírselo. Ella no suele hablarme directamente, pero a petición de la enfermera lee su libro en voz alta. No puedo seguir el tema de la novela pero me gusta la voz profunda, cálida y pausada de mi madre cuando lee. Me tranquiliza y me relaja. Es como mi estabilidad emocional, puedo estar arriba o abajo, que cuando la oigo a ella todo queda en su estado natural. Nunca la había percibido así hasta ahora. La gente normal no suele  percibir estas sutilezas, pero hay tantas cosas y tantos sentimientos que delatan una voz,..., Cuando se tienen los cinco sentidos y vives totalmente unido al mundo externo, pasas demasiadas cosas por alto. Cosas tan importantes como una caricia, un olor, unas palabras dulces y sobre todo una sonrisa. Dios mío cuanto hace que no escucho una risa sincera.

Son cosas que en mi estado cobran un significado especial, y que si se tomaran más en cuenta y fuéramos todos un poco más sinceros todo iría mejor. ¿O acaso sería demasiado duro ser realmente sincero? Porque si todos supiéramos lo que piensan de nosotros ¿no habría demasiada gente infeliz? Quizás me cuestiono demasiado las cosas pero ahora tengo pensamientos así muy a menudo. ¿La sociedad es tan insensible por naturaleza o por comodidad? ¿Le importa a la gente lo que piensen de ella o actúan con maldad inconscientemente? Son cosas en las que deberíamos pensar de vez en cuando.


Siempre a la misma hora un agradable olor a comida, que nunca he probado, lo invade todo y cuando este desaparece, entra una enfermera que provoca en mi sentimientos muy contrarios. Es muy cariñosa y alegre. Todos los días me dice que se llama María y que va a estar conmigo toda la tarde, me pregunta como estoy y como si yo la hubiese contestado sigue la conversación, <<Me alegro de que sigas mejorando>>. Quizás sea la única persona que sepa que sigo aquí. Pero cuando mi madre habla con ella, lejos de mi, por supuesto, suele llorar y eso me hace pensar que mi estado no mejora. Me duele pensar lo que tiene que estar sufriendo. Me gustaría tanto que por lo menos supiese que puedo oírla...

¡Cuando te encuentras en este estado te conformas con tan poco! Quizás sea egoísmo pero cuando tienes todo no lo valoras, y siempre te parece que es poco. Sólo después de haberlo perdido te das cuenta de que deberías haber sido más feliz con lo que tenías. Pero probablemente sea ley de vida, el subir o bajar las metas en relación a lo que tengas. Si no ¿qué sentido tendría vivir el día a día pensando que no hay nada por lo que luchar? ¿Es acaso cuestión del ser humano llegar a un fin? ¿No podemos vivir sin más? Necesitaremos vivir siempre intentando llegar a esa felicidad que cuando crees al alcance de las manos sube más alto y vuelves a perder. Son cosas en las que deberíamos pensar de vez en cuando.

Por la tarde vuelve mi madre y con ella la fuerza que necesito para saber que todo sigue igual. Que el mundo sigue girando y que quizás un día yo también pueda girar con él y no sobre él. A veces me quedo dormida antes de que llegue mi madre y cuando despierto y la oigo me da rabia haber desperdiciado un momento de estar con ella. No se si será por el apoyo que me ofrece, pero ahora, me gusta sentirla a mi lado mucho más que antes. Cuando se va a ir siempre me pone unos cascos con música suave. Ese momento también es encantador porque me gusta la música. Quizás lo haga para que no sepa cuando se va pero me da rabia no darme cuenta. Quizás simplemente se lo ha recomendado la enfermera porque a veces noto que ella no pone mucha convicción cuando se dirige a mi. Creo que no me habla porque piense que puedo oírla, si no porque necesita hablar conmigo.

No se exactamente desde cuando ni porqué estoy así, pero la cáustica conversación de los que se acercan a mi, me hacen tener pocas expectativas de que un día pueda volver a ser la misma de antes. Lo último que recuerdo es que iba en moto con mi novio por una oscura carretera y después una inmensa luz y un túnel. Sentía una paz interior superlativa y una fuerza extraña que me llevaba hacia el interior, y mientras andaba podía ver como flases que contaban la historia de mi vida. Una fina lluvia plateada y brillante me mojaba la cara. Antes de llegar a la luz del final del tunel algo que yo reconocí como si fuera un angel me dijo que no debía llegar al final, que aún me quedaban cosas por terminar en la vida. Después bruscamente, algo como una gran descarga me sacó de allí.

No recuerdo nada más, pues los primeros días mi cerebro no coordinaba como ahora. Cuando mi cabeza está más despierta pienso que debimos tener un accidente, pero como todo en mi vida desde entonces, no son mas que conjeturas. Pienso mucho en mi novio, me preocupa que no haya venido nunca a verme. ¿Habrá muerto?

Alguna vez pienso en la muerte y no me da miedo. Lo que me da miedo es no poder salir nunca de este estado de soledad y desamparo. Lo que me da miedo es no estar ni con los vivos, ni con los muertos. Lo que temo es no saber donde estoy. ¿Por qué nos espantará lo desconocido? ¿Por qué nos asustará tanto la muerte si no sabemos si lo que hay al otro lado es mejor? No será tan malo cuando nadie vuelve... Estas son cosas en las que deberíamos pensar de vez en cuando.

Son tantas la ideas que rondan mi cabeza... Por ejemplo desde hace unos días mi padre no viene a verme cuando está mi madre. Viene más tarde que nadie y esto le hace tener que discutir con las enfermeras, pero muchas veces nos dejan estar solos cinco minutos, en los que se dedica a acariciarme el pelo tristemente, no habla ni hace ruido alguno pero se que es él por su perfume, es inconfundible. Aunque cada vez se distancian más sus visitas. Me pregunto si tendrá algo que ver con el nuevo matiz que ha tomado la voz de mama. Ahora suena más pausada y suave, y se emociona más a menudo. Yo creo que ellos también se sienten solos.

Ayer noté algo nuevo y maravilloso, sentí frío. Cuando la enfermera de la tarde vino a verme, abrió la ventana porque hacía mucho calor y pude oler la primavera. Mi carne se puso de gallina por aquella sensación. Nadie pudo verlo pero fue algo mágico. Después la obligaron a cerrarla pero nadie pudo calmar ese sentimiento que se despertó en mí. Me sentí más cerca de ellos, supe que afuera todo sigue su curso, las flores crecen y cuando salga de aquí yo las veré, correré entre ellas, y sentiré con más intensidad que nunca que estoy en el mundo de los vivos, porque presiento que volveré. O al menos así lo espero.

Dios mío si realmente existes o si allá arriba hay alguien, aunque no seas Tu, haz algo por mi. Haz que pronto pueda decirle a mi madre que la quiero. Ahora tengo tantas ganas de vivir. A pesar de todo lo malo que hemos creado en el mundo, la vida puede ser tan bonita. Hay tantas cosas que hacer todavía. Déjame que al menos lo intente. ¿Por qué nos empeñamos en vivir deprisa si tenemos toda una vida por delante para mejorar lo que nos rodea? Si cada persona del mundo dedicara un día al año a colmar las necesidades de otra persona ¿No seríamos más felices? Seríamos mucho más afortunados, tanto el que recibe como el que da. Si dar engrandece el corazón ¿por qué nos empeñamos en seguir siendo enanos egoístas y avariciosos? Estas son cosas en las que deberíamos pensar de vez en cuando.

Hoy mi mente está más lúcida, y por eso puedo pensar y recordar todo esto, pero no siempre es así. Al principio me costaba mucho hasta mantenerme despierta dentro de mi ausencia. Debieron apagar mi ansiedad con sedantes. Estaba como envuelta en una maraña de pensamientos extraños donde se repetía una y otra vez el momento del accidente. Y volvía a sentir el mismo miedo, y la misma angustia. Pero ahora todo es más sereno, hoy soy más consciente de lo que pasa ahí fuera, al otro lado de mi cuerpo. Hoy parece que estuviera recuperando todos los sentidos.

Esta mañana vino el médico y no se porqué pero me pellizcó el brazo y pude sentirlo con claridad. La enfermera me dijo que lo hacía muy bien pero yo no hice nada, sólo lo aparté. Todos parecieron relajarse y hasta sonrieron a mi lado cuando alguien hizo un chiste malo. Estoy contenta porque por fin lo he conseguido, ¡He escuchado una tímida sonrisa! ¡Los enfermeros también sonríen!. ¿No son maravillosos?

Mi madre ha estado aquí conmigo como cada tarde y lloró de alegría mientras se lo contaban. Yo también lloré con ella, a mi modo claro está, porque oí decir a la enfermera que era una buena señal. Además hubo algo más, se que me ha traído lilas he podido oler su perfume, se que estaban a mi izquierda y me ha emocionado porque son mis flores favoritas y ella lo sabe. Pero después se las regaló a la enfermera del turno de tarde. No lo entiendo ¿si son mías por qué se las llevan? de todas formas si es que se las tenían que llevar alguien me alegro de que se las haya regalado a ella, es la más amable. Se las merece, eso y mucho más.

Mi madre ha estado muy risueña. Hoy si me habló directamente a mí y no conmigo. Me estuvo dando ánimos para que volviera a la vida. Pero si no me he muerto, pensé yo. Algo me dejó en este mundo entre lo conocido y lo desconocido, del que yo no puedo salir. No depende de mi pero lucharé, yo lucharé por ella. Acaba de irse y ya empiezo a echarla de menos.

No se que me pasa, empiezo a sentirme mal de nuevo. Mis fuerzas me fallan y mi cabeza no rige como debería. Siento como si mi cuerpo fluyera de dentro y algo se me escapara del interior. Me duele el brazo como si me estuvieran pinchando constantemente y veo una luz. Parece la luz que me trajo a este estado de ausencias y esto hace temblar mi cuerpo. Pero no está el túnel, ¿Dónde está la paz interior? Siento miedo y ganas de gritar. No entiendo que pasa. No se hacia donde voy. Me siento débil y aturdida, esa es la palabra, así es como estoy, muy aturdida.

Cuando mi cabeza sale de esa espiral vertiginosa, veo un techo blanco y una chica pelirroja que me está hablando. No se quien es, ni donde estoy, y me encuentro muy débil. Trato de moverme pero no puedo. Alguien dice que avisen a mi madre, que he salido del estado de coma y me emociono sin saber porque, al pensar que vendrá a mi lado. Me pongo a llorar como una tonta, estoy muy nerviosa, pero ella me acaricia la mano y trata de tranquilizarme. Que amable es conmigo, trato de pensar en ella pero no, no la conozco. ¿Por qué será tan cariñosa conmigo si no la conozco? ¿Por qué está tan contenta de verme si no me conoce? ¿Por qué parece que nos conociéramos si nunca antes la había visto? ¿Por qué brillan sus ojos de esa forma?

¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?‑ Intento preguntar pero mi voz no sale de mi mente, aunque ella parece no notarlo y me contesta que no me preocupe, que no trate de hablar. Que he tenido un accidente y estoy en un hospital. Me habla con cariño pero hay algo en su mirada que me asusta, muchísima compasión.

Debe ver el miedo en mis ojos. No recuerdo haber tenido ningún accidente, ni haber ido a ningún hospital, ni siquiera se de donde sale ese dichoso pitido. Pero la voz de esta chica me parece encantadora y trato de pensar. Me resulta muy difícil, ¿donde la he oído antes? Supongo que he estado mucho tiempo dormida. Sin saber porque un nombre viene a mi mente, María.

De pronto mi madre entra en la habitación, me mira desde el quicio de la puerta y consigue articular dos palabras que ya suponía, "Te quiero". Llora abrazada a mi, y no sé porqué, pero me alegro de verla. Necesito que alguien me cuente que ha pasado, pues creo haberme perdido algún capítulo de mi vida.

Cuando mi madre consigue tranquilizarse, me pregunta la enfermera que si estoy bien. Y con mucho esfuerzo consigo mover la cabeza en sentido afirmativo. "Me alegro preciosa", me contesta con una gran sonrisa. Pero no sabe que yo me alegro más todavía. A pesar de no poder hablar me siento muy unida a ellas, y a todo lo que me rodea. Me siento muy eufórica pero interiormente trato de tranquilizarme, quiero levantarme y correr, y participar en todo lo que me rodea, quiero volver a vivir. Quiero hablar y contar como me estoy sintiendo.

Me pide que descanse pero no puedo. Mi mente está muy alterada y tengo algo en la garganta que no me deja respirar lo que me pone más nerviosa. Me explica que es una sonda nasogástrica, y que el brazo me duele porque tengo inyectado el suero, pienso que va a tener muchas cosas que explicarme. Intento recordar algo de lo que me ha estado pasando y no puedo. Tengo la sensación de haber estado hablando conmigo misma durante años y ya no tengo nada que decirme, pero de todo ello ya sólo me queda un vago recuerdo, una impresión. En mi mente aparece un vacío que me evita poder comprender algunas cosas. Estoy muy aturdida y no logro mantener mis pensamientos hasta terminar de darles formas. Pero me emociono. Las lágrimas corren mansamente por mis mejillas y no me siento con fuerzas para contenerlas, pero tampoco para llorarlas.

En silencio, sin recordar nada de lo que me pasó cuando estuve en coma, aislada por una infección, me encuentro más acompañada que nunca. He dejado atrás la soledad que me vino a visitar un día. Y a pesar del miedo que me atenaza algo me hace sentirme feliz. La alegría debe ser más contagiosa que aquella infección, pues a mi madre la brillan los ojos de una forma especial. Será tonta. Esta guapísima, la guiño un ojo mientras me aprieta la mano emocionada, y me sonríe. Me emociono y rompo a llorar de nuevo sin saber porque. Nunca había imaginado lo que una sonrisa puede expresar pero es maravilloso, tenía que ser obligatorio sonreír al menos veinticuatro horas al día. ¿No sería bonito?. Siento que estas son cosas en las que deberíamos pensar de vez en cuando.


 Autora: Nuria L. Yágüez




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martes, 21 de diciembre de 2010

AL LADRON

Leer la carta que dejó el ladrón

A ese ladrón que lee
yo le voy a escribir,
algo que puede oír en boca de otra
pero que yo escribí para ti.
 
Hubo en el mundo un bastón de un anciano
que no dejo nunca de caminar.
Siempre aferrado bajo su mano
guía, apoyo y testigo hasta el final.
 
“Gracias amigo”, le dijo el viejo
cuando noto que tocaba descansar.


Gracias a ti, contesto muy dispuesto

sin ti no hubiera podido caminar,
tú, dos piernas tienes y te fallan,
yo, solo una y no más.
Si no hubiese ido, de tu mano asido
ni siquiera hubiera podido empezar.”

 
Si quieres agradecer mi cariño,
si quieres elogiar mi bondad,
mira un espejo y descubre
quien me enseño a amar.
Ahora deja que te diga que te quiero mucho papá,
Gracias por ser como eres.
Gracias por estar.



Autora por: Nuria L. Yágüez

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lunes, 20 de diciembre de 2010

LADRON AL DESCUBIERTO

Hoy, entré en tu cuarto,
y como un ladrón a hurtadillas,
he leído tus poesías
sin saber cual es mejor.
 
Al leer he descubierto
tus sentimientos cual son.
Al leer he descubierto
qué grande es tu corazón.
 
He descubierto que ríes,
he descubierto que amas,
he descubierto que lloras
que sufres sin ser amada.
 
No sufras por el amor
que el amor, a veces no vale nada,
que el único amor que te honra
es el amor de tu casa.
 
No recuerdo quien dijo un día
a una mujer mimada,
(tú vales mucho nena)
pues esa mujer no era nada
comparada con mi niña
la que más vale de España.
Eso lo dice tu padre
porque le sale del alma.
 
Creo que en la última estrofa
he descubierto quien soy,
ahora que ya lo sabes
perdona mi intromisión.
Te lo pide quien te quiere
con todo su corazón.

Lee la respuesta al ladrón



Autor: Alberto López Yepes


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sábado, 18 de diciembre de 2010

ESPECIALMENTE DIFERENTE

Todos los bebés al nacer lloran y yo no lloré. Estaba feliz, no había hecho prácticamente ningún esfuerzo para salir al exterior. Las manos de un cirujano me tomaron con cuidado y mimo sacándome de ese lugar tan cómodo y acogedor donde había pasado mis primeros 9 meses. Después de ponerme guapa me instalaron junto a mi mamá. Ella estaba muy dormida, aún no me había visto ni tocado. Entre sueños la oía decir ¿está bien? ¿cómo está?. A mi me daban ganas de poder comunicarme con ella y tranquilizarla diciendo: sí, mamá, estoy muy bien. Pero ni podía, ni ella me oiría, todavía estaba bajo los efectos de la anestesia.
Según se iba presentando el resto de la familia ante mi, todos al ver mi cara, se ponían serios y más de uno no pudo contener su llanto. Pero ¿por qué lloran? No entendía nada. Yo estaba muy contenta ¿y ellos?. Cuando mi mamá despertó y me vio no lloró, se quedó mirándome fijamente, sin poder decir nada. Me besó las manos, las mejillas y me acurrucó contra su pecho con sus brazos.
Al poco tiempo ya era “la niña” de la familia, me hice con el cariño de todos, desde el más mayor al más pequeño. ¡Qué bien me sentía!.
Después llegó mi hermano que rápidamente se hizo mayor que yo. Siempre me ha cuidado, ha jugado conmigo y se ha convertido en mi protector desde que mi padre decidió que no volvería a verme. ¡Qué gran hermano tengo! Aunque a veces me hace rabiar o me regaña si me hago la sueca para no hacer algo.
Cada día aprendo cosas nuevas, algunas me cuesta aprenderlas pero también tengo mucha ayuda. Me siento feliz cuando me llevan en coche, me ponen música, vamos a ver sitios que no conozco y me cogen de la mano para evitar que tropiece. En mi último viaje he disfrutado como nunca. He hecho dos grandes amigos que me han contado historias, me han llevado cogida de su brazo a pasear frente al mar, me han enseñado paisajes y lugares preciosos, me han hecho reír muchas veces y me han cuidado como si fuera tan frágil como una figura de porcelana. Aunque no sé expresarme con claridad, sé que les he transmitido el gran cariño que les tengo y lo agradecida que estoy, tanto a él como a ella.
Oigo a mi mamá decir que, gracias a mi, ella es mejor persona, más comprensiva, tolerante, paciente, que yo le hago ver el valor de las pequeñas cosas como si fueran extraordinarias. Que soy, junto con mi hermano, el mejor regalo en su vida.
Todos los que me conocen me tratan con cariño, se preocupan de mi, me ayudan cuando algo se me resiste. Muchos dicen que soy deficiente y yo me pregunto, si he conseguido tanto amor de todos los que me rodean y ellos han descubierto una vida más gratificante gracias a mi ¿no creéis que lo que soy es "especialmente diferente"?
Dedicado a todas las personas especialmente diferentes.


Autora: Rocio

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jueves, 16 de diciembre de 2010

NO HAGAS CASO AMOR

No hagas caso mi amor
que el amor es esto.


Lo que sentimos tú y yo,
lo que sienten nuestros cuerpos,
el que tú me quieras tanto
lo mismo que yo te quiero,
no hagas caso cariño,
que el amor es nuestro.


No hagas caso mi amor,
si algunas palabras de alguien te hirieron,
fueron sin mala intención
y se fueron con el viento,
esas palabras mi amor
se quemaron en el fuego,
el fuego, que enciende nuestro amor
y que juntos encendemos.


No hagas caso mi amor
que el amor es esto.


Esperar una llamada
o esperar un correo,
esperar oír tu voz
aunque solo sea eso,
soñar con besar tus labios
acariciando tu cuerpo.


No hagas caso mi amor
que el amor es esto.


Es, caminar por la senda
dejando atrás nuestros miedos,
vivir, juntos nuestra vida,
como locos, como cuerdos,
sintiendo que tú me amas
lo mismo que yo te quiero.


No hagas caso mi amor,
que el amor es nuestro.


Dedicado a una persona muy especial.

Autor: Alberto López Yepes


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miércoles, 15 de diciembre de 2010

VIENDO LA VIDA PASAR


Lina llevaba muchos años de misionera en la mayor selva de la tierra. Era una selva tan espesa que en ocasiones era difícil encontrarse a si mismo. Ella decía que si te parabas a pensar, la vegetación podría cubrirte y los animales anidarían en tu seno. Por eso siempre había que estar haciendo cosas, porque en aquel lugar lo que no faltaban, eran cosas que hacer.

Los hermanos de su orden la habían mandado allí, a la misión más inhóspita que mantenían, con la esperanza de quitársela de encima, pues sus ideas revolucionarias les estaban volviendo locos. Sin embargo, ella que era capaz de encontrar la belleza hasta en el mismísimo infierno, había encontrado el lado bueno a su misión. Llegó como sustituta de aquel hermano que se perdió en la soledad y nunca nadie, ni siquiera el mismo, volvió a saber nada de él. Nadie le explicó que dejó aquel hermano perdido y que encontraría ella. Pero no hizo falta. Supo nada más llegar, cual era su trabajo y se dispuso con ahínco y entusiasmo a llevarlo a cabo. Al poco tiempo, recibió un comunicado de su congregación pidiéndola informes y explicándole, que su trabajo en aquella misión era convertir a aquellos pobre infieles al catolicismo. Cuando terminó de leer el comunicado lo devolvió al sobre poniendo dentro también los recuerdos que de él tenía y con mucho cuidado, lo perdió donde jamás nadie pudiera encontrarlo. Siguió haciendo con esmero lo que ella consideraba que era su trabajo. Cuidar a los enfermos, aliviar a los afligidos de espíritu y repartir lo que les sobraba a algunos, entre los que le faltaba de todo. Pero poco había que repartir y mucho que pedir.

Así pasaron los años y su congregación le mandó un comunicado con los motivos de su expulsión de la orden. En él escribieron palabras como insubordinación, rebeldía, desobediencia y falta de espíritu cristiano, pero la selva no entendía de las leyes de la civilización, y perdió la carta en lugares tan recónditos que nunca hubiera podido recordar si lo hubiera intentado.

Bernardo, un joven indígena que acudía asiduamente a la misión a ayudar a Lina con las labores más duras, la tomó de la mano y la juró que la amaría el resto de sus días. <No puede ser>- respondió Lina, <yo soy religiosa y estoy casada con Dios.> y siguió hablando para si misma <hubiera podido amarte la vida entera y más allá de la muerte, pero ¿dónde estabas cuando el señor me pidió la mano?> Después de aquello no pudo volver a mirar a Bernardo con los mismos ojos. Su corazón se aceleraba con su simple presencia. Lina dudaba cada noche de su condición religiosa. Pensaba que con tanto espesor de vegetación Dios no podría ver los pecados que allí se cometieran. Entonces cogía la Biblia y se ponía a rezar. Hacía demasiado tiempo que no recibía noticias de su congregación y solo en ese momento deseo tenerlas.

Una noche durante un pulso perdido con el sueño, pidió a Dios una señal. <Comprendo>- le dijo a su Señor- <que desde el momento que he dudado de Ti, no merezco tu ayuda, pero me encuentro muy sola y necesito un apoyo para seguir en pie.> Por la mañana decidió ir al pueblo con teléfono más cercano, que estaba a varios días de viaje, con la firme decisión de concluir de la forma más correcta, con lo que ella deseaba que fuera, una etapa terminada. Determinó quién se quedaría al cargo de la pequeña misión y salió caminando, en busca del lugar del río, donde tomaría la barca que la condujera por ese primer tramo, intransitable de otro modo. Pero antes de llegar vio un sobre en el suelo y le sorprendió ver su nombre en él. Se agachó, lo recogió, y desdobló el papel con sumo cuidado pues por el paso del tiempo y lo mojado que estaba se rompía con facilidad. La tinta estaba corrida en muchos sitios donde la selva no quiso que ella leyera, pero algunas palabras aún podían descifrarse. Catalina, falta de obediencia, que Dios la bendiga, no le hizo falta leer más. Supo que esa era la señal que Dios le había mandado. Un divorcio divino.

Corrió de vuelta al poblado en busca de Bernardo pero un kilómetro antes de llegar, se detuvo a beber agua y sintió un dolor del que ya le habían hablado. Miró y vio las hormigas caminando por su cuerpo. Una especie de hormigas, que pueden llegar a paralizar el miembro afectado e incluso a provocar la muerte. Se sacudió los pequeños animales pero no consiguió más que enfurecerlas. Corrió hacia el poblado. Pero su pierna fue lo primero en paralizarse, entonces siguió avanzando a rastras. Poco a poco y sin poder definir el orden en el que llegó, la parálisis fue se apoderó del resto de sus miembros. A unos pocos cientos de metros del poblado quedó tendida en el suelo sobre su espalda. Pensó que si la parálisis llegaba al corazón moriría y el miedo lo ocupó todo.

Podía ver algunos rayos de sol peleando con la espesa vegetación para abrirse un hueco entre el follaje. Ella siempre se había dicho que esa era la mirada de Dios, y supo que no podría verla. Un recuerdo volvió a su mente. Recordó como tantas y tantas veces había tranquilizado a los moribundos con dulces palabras de acogida en el reino de los cielos. Solo entonces supo el poco valor que tenían para el que las recibía. Sin embargo a ella le sirvieron para relajarse lo suficiente como para observar que la vida seguía su curso a su alrededor, y por tanto lo seguiría haciendo cuando ella no existiera. Escuchó el canto de los pájaros, pero no pudo localizarlos. Escuchó el aullido de los monos, el susurro del viento silbando entre los árboles, y la serenidad de su corazón. Sintió como una rana, ignorando su presencia, saltaba sobre su mano y a pesar de la repulsa que sentía hacia ellas no pudo apartarse. Observó con detenimiento la planta que quedaba sobre su cabeza y como se enredaba en otras utilizándolas para ganar altura, pues su fino tallo no la permitiría hacerlo sin algo que la sujetara. Comprendió que cuando ella se fuera todo seguiría su camino, sin saber si ella había estado allí, pero que mientras ella estuviera podía modificar mínimamente el carácter salvaje de una selva que se alimentaba de las esperanzas muertas de sus habitantes. Y se dijo yo lucharé.

De pronto un perro se asomó sobre su cabeza y lamió su mejilla mientras lloriqueaba, como tratando de decirla algo. Ladró. Y ella entendió que aquella llamada de aviso le traería la ayuda que necesitaba. Ella conocía al perro y por supuesto a su dueño. Inmediatamente Bernardo apareció ante sus ojos. Y esa presencia le calmó parte de los terribles dolores que sentía en todo su cuerpo. Deseo besarle, pero no consiguió moverse, deseo gritarle que le besara, pero las palabras murieron en su mente. Sus ojos se encontraron y ella reconoció el miedo en los de él. La tomó en brazos y corrió hacia el poblado, entró en la enfermería y robó la última dosis del  antídoto que allí quedaba para pinchársela. Su respiración ya era débil y esperó acariciándola y rezando tal y como la había visto hacer a ella en otras ocasiones, mientras le enseñaba a leer. Las horas se hacían interminables para ambos. Y solo cuando Lina recupero el habla, Bernardo escuchó decir en un susurro “Si salgo de esta, me casaré contigo; si no, te esperaré en el cielo y Dios oficiará la ceremonia” Y sonó un beso esperado que sonó a un “que así sea”.



 Autora: Nuria L. Yágüez


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lunes, 13 de diciembre de 2010

¿PORQUE ESCONDERLO?

Cogerte de la mano
y entendernos sin hablar,
y sin mirar tras los cristales
poderte abrazar,
caminando una junto a otra.
Y vivir. Y danzar.

Decidiendo crear nuestro camino
pues el camino es avanzar.

¿Es que no pueden verlo?
Que es amor, sin más.
Que no hay quien lo enjuicie
ni palabras que lo puedan manchar
con sentimientos de quien ha decidido
conformarse, sin felicidad.

Nosotras  solo queremos amarnos
pese a lo que opinen los demás.



Autora: Nuria L. Yágüez

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domingo, 12 de diciembre de 2010

MI QUERIDA PRIMAVERA

La tía Jose siempre había ejercido mucha influencia en nuestras vidas. Ella era una mujer fuerte, muy distinta al resto de mujeres de su época. Mi madre sin embargo siempre estaba llorando y no disimulaba porque nosotros estuviéramos delante. La tía Jose por su parte no cejaba nunca en su empeño de que nuestra vida fuera alegre y jugaba con nosotros a todas horas.

Mi abuelo no sonreía nunca, metido en su cuarto de los inventos como la tía Jose lo llamaba pero donde nunca inventó nada. La tía Jose siempre estaba a nuestro lado.

Mi abuela siempre estaba enferma, con desmayos continuos y quejándose a voz en grito de sus múltiples enfermedades imaginarias que ningún médico pudo descubrir. Con la tía Jose sin embargo eran numerosas las tardes en las que mediamos los ataques de risa con el risómetro que más tarde resulto ser una simple radio estropeada... La tía Jose,..., la tía Jose era muy diferente a pesar de ser la que más razones tenía de quejarse de su enfermedad, de la que nunca supimos nada, hasta un día en que jamás olvidaré.

Faltaban cuatro días para la entrada de la primavera y aquel año la primavera parecía haberse olvidado de venir. Hacía un frío terrible que se metía por cada rendija de la ventana y hacía nido en nuestros huesos. Ya se había hecho norma el no quitarse la bufanda ni para ir a la cama. La reunión siempre se hacía en la cocina al amor del fuego de la cocina de carbón. Pero no siempre había carbón para encenderla. Aquella mañana la tía se levantó muy temprano, encendió el fuego y nos preparó un vaso de leche con mendrugos de pan y fue a despertarnos. “Ha llegado el momento, se nos olvidó llamar a la primavera y si no la llamamos sabéis que nunca llegará.”, nos dijo en un susurro, para no despertar a mi madre.

¡Caray!. No me lo podía creer, se nos había olvidado por completo. Todos los años escribíamos una carta a la primavera invitándola a visitarnos y aquel año se nos había olvidado.
- Hemos estado tan preocupados de abrigarnos y buscar carbón para el fuego – dijo la tía- que se nos pasó y ya sabéis que depende de vosotros.
- ¿Crees que será demasiado tarde?
- Si nos ponemos manos a la obra ahora mismo, tal vez no.

Sacamos una hoja de papel y empezamos a escribir rápidamente lo primero que se nos pasó por la cabeza.
- Alto, alto. Estáis yendo demasiado deprisa y esto no está quedando bien. Deberíais saber que cuanto más bonita escribáis la carta antes vendrá. Porque si es difícil de entender tardará en leerla. Si es monótona se aburrirá y la dejará a medias. Y si no nos esforzamos por escribir bien ni siquiera la entenderá. - La tía sabía de estas cosas más que nadie y si ella decía que era así, así sería.- Debe de ser breve y concisa, estar ordenada y sobre todo ser amable pero sin llegar a la ñoñería.- Ella había estado muchos años escribiendo esa carta, antes de que nosotros llegáramos. Y antes de que ella pudiera hacerlo, lo hacía la abuela y antes la bisabuela. Eso nos había dicho ella. Era una tradición que habíamos mantenido durante años en nuestra familia y de nosotros dependía que la primavera llegara o estuviéramos el año entero pasando frío.

Tratamos de tranquilizarnos un poco y empezamos a escribir algo más relajados. La tía como siempre tenía razón. Ahora las palabras salían con mayor exquisitez de nuestras mentes infantiles. Y aunque ella nos ayudó un poco, fue su consejo lo que más reforzó nuestras ideas.

- ¿Tía tu crees que no notara que la escribiste tu?- Pregunté después de ver lo bien que había quedado.
- Son vuestras ideas. ¿No? Eso es lo que cuenta. Además como ya os estáis haciendo mayores posiblemente no note la diferencia.- Cerramos la carta, le pusimos la dirección y el sello del innombrable. Se la confiamos a la Tía como todos los años para que ella se encargara de echarla al buzón.

Mamá no tardó en despertarse y el día pasó como todos los anteriores. Fuimos a la escuela y Don Leandro me hizo poner en pie para repasar los ríos. Quizás hoy no me acordaría de esto de no haber sido por una frase que se quedó grabada en mi memoria. Yo me puse en pié y repetí los ríos con cada uno de sus afluentes sin titubear. Era el cuarto niño que lo intentaba y los otros tres habían fracasado estrepitosamente, entonces Don Leandro dijo.
- Ríos de lágrimas lloraréis el día de mañana si no os aplicáis ahora.- ¿“Ríos de lágrimas”? No había oído nunca esa expresión y me fascinó tanto que me pasé el día entero imaginándome a mi madre llorando como solía hacer, pero esta vez sus lágrimas formaban ríos, con afluentes y todo, que iban a desembocar al mar. Mi madre si era capaz de llorar ríos de lágrimas y mi imaginación infantil la recordaría así durante mucho tiempo.

Cuando llegué a casa entré en la cocina donde mi madre lloraba como siempre manando ríos de lágrimas que iban a desembocar al mar. La miré tristemente y me subí al dormitorio de la tía para ver a qué jugaríamos hoy.

Iba a entrar a su dormitorio pero al no verla dentro me paré en la entrada. Una respiración angustiada me detuvo en seco. Alguien lloraba y sin previo aviso se cerró la puerta del armario que hasta ese momento había permanecido abierta. Eché un paso atrás y apoyé mi espalda contra la pared conteniendo la respiración. Era la tía Jose. La vi sólo un segundo pero jamás en la vida podría confundir a mi tía con nadie. Su gruesa silueta de luto riguroso se sentó sobre la cama, escuché con claridad el chirrido de los muelles, y desde mi escondite la pude oír llorar. Estaba desconcertado y al ver a mi tía llorar me sobrevino una tristeza brutal. A mi madre la había visto llorar durante tanto tiempo que ya lo veía como algo normal y nunca me había preguntado porque lo hacía, sin embargo lo de mi tía era diferente. ¿Qué le pasaría? Quise entrar a hablar con ella pero en ese momento mi hermano subía las escaleras y no podía dejarle que viera esa escena. Bajé y le propuse jugar al escondite detrás de las pilistras.
- ¿Qué te pasa José?- Me preguntó cuando llevábamos veinte minutos allí escondidos sin hablar.
- Nada.
- Estás muy serio José. ¿Te han regañado?
- No
- ¿Entonces porque estas serio José?
- Calla estoy intentando pensar.
- ¿En que? José. – Mi hermano quería saber todo y de momento no parecía saber nada, porque todo lo preguntaba.
- En nada. No pienso en nada.
- No se puede pensar en nada José.
- Por eso me resulta tan difícil, cállate.
- ¿Y en que pienso yo José?
- ¡José, José, José, José! Vas a borrarme el nombre.
- ¿Por qué José?

Había momentos en los que me desesperaba, pero como decía la tía yo era más inteligente y sólo debía convencerle de que en ese momento era mejor estar callado que hablar sin decir nada.
- Carlitos, vamos a jugar al escondite yo cuento y tú te escondes, no vale subir al piso de arriba ¿Vale?
- ¡Vale!- Me puse cara a la higuera y empecé a contar. Cuando había llegado a veinticinco de Carlitos ya no había ni rastro. Carlitos no era muy valiente y el simple hecho de que pudiera pillarle le haría aguantar en su escondite un buen rato.

Oí que la tía estaba en la cocina hablando con mamá y subí sigilosamente las escaleras. No podía quitarme la idea de la tía llorando de la cabeza. Fuera lo que fuera lo que la había hecho llorar estaba en su habitación. Me colé en su dormitorio como una sombra y abrí su armario. Una caja de bombones Elgorriaga con delicadas flores fue lo primero que vi. No quería un bombón pero mis manos corrieron hacia ellas, cautas de no poner nada fuera de su sitio. Al abrirla vi un montón de cartas atadas con un lazo rosa. No hubo ni un segundo de dudas, reconocí mi letra en la primera.

Querida primavera
C/ 21 de Marzo
País del buentiempo

Por un momento pensé que a la tía no le había dado tiempo de echarla al buzón. Deshice el nudo y comprobé que mis sospechas eran más que infundadas, pues mi letra estaba en todos y cada uno de esos sobres.

SS. MM. Reyes Magos
Camino de los regalos
Oriente

Escuche las muletas de la tía en la escalera y me tiré como un tigre debajo de su cama. ¿Por qué tenía la tía guardadas todas nuestras cartas? Las de los reyes magos, todas las de la primavera, los deseos de la noche de San Juan que debieron arder en la hoguera. Todo estaba allí, ¿cómo habría llegado la primavera todos esos años? ¿Cómo habrían sabido los reyes que yo quería el camión de bomberos? ¿Por qué lloraba la tía al ver esas cartas?

La tía entró en la habitación y mi cuerpo empezó a temblar sin control alguno. Si la tía me veía me cortaría las manos como hacían con los ladrones de los cuentos del desierto, que ella misma nos contaba por las noches. Ella detuvo su paso por un momento, pero siguió caminando, cerró la puerta del armario, que yo me había dejado abierta y se sentó en la cama. Chirrido de muelles. Yo, bajo ellos, era incapaz de abrir los ojos. Pero no parecía haberse dado cuenta de nada. Y fui recobrando poco a poco la respiración hasta que pasado un rato le escuche susurrar.
- José sal de debajo de la cama.- Hubiera querido morirme. No salí inmediatamente esperando que mis oídos me hubiesen traicionado.- José.- Volvió a repetir y por fin salí.
- Tía yo,...,- dije al salir, pero no sabía que decir. Con la cantidad de cosas que tenía en mi mente, no había nada que pudiera decir,- yo,...,
- Tu curiosidad ha crecido tanto como tu cuerpo y has descubierto algunos secretos. La verdad es que tampoco traté de ocultarlos mucho. Lo cierto es que hubiera preferido que me preguntaras antes de hurgar en mis cosas. ¿No te parece?- No estaba muy enfadada y me atreví con la primera pregunta.
- ¿Qué es esto tía?- susurré con voz temerosa.
- Todas tus cartas. Siéntate conmigo que voy a contarte algo- y me senté.- La primavera viene por si sola, los reyes magos somos los abuelos, tu madre y yo, los deseos de la noche de San Juan son solo eso deseos, que yo preferí guardarlos porque pensé que cuando fuerais mayores os encantaría saber que deseabais cuando erais sólo niños.- Cuando la primera lágrima estaba a punto de brotar de mis ojos me abrazó y siguió hablando con voz dulce.- No es tan cruel como ahora piensas esto se hace para que los niños mantengan una ilusión en momentos difíciles. Tú ya eres una persona mayor y deberás guardarle el secreto a Carlitos. No le diremos nada de momento. Pero aunque seas mayor llora si quieres.

Yo no lloraba porque los reyes magos no existieran, lloraba por cobardía. Quise preguntarle por lo que en realidad fui a buscar, la razón de su llanto, pero mis labios empezaron a temblar y las lágrimas ahogaron las palabras en mi garganta. Ella me consoló en su regazo. Acarició mi cabeza y me apretó contra su pecho en un abrazo eterno. No se cuanto tiempo estuvimos así, pero debió ser mucho. Podía oler el olor del jabón en su piel. Su tacto en mi piel. Pero nada de eso me confortaba como lo hizo antes.

Yo sólo quería saber porque había estado llorando, pero fui incapaz de hacerlo. Por un momento me vino a la cabeza mi madre, llorando sola en la cocina, y quise saber porque lloraba ella. Sin duda me faltaba todavía mucho valor, para preguntarlo. Después llegó a mí, la imagen de Don Leandro diciendo “Ríos de lágrimas lloraréis el día de mañana”. Y al día siguiente lloré ríos de lágrimas cuando se llevaron a mi tía al hospital a que le cortaran la pierna que le quedaba. Por primera vez me sentí unido a mi madre en un dolor real y adulto.

Por primera vez lloré como una persona mayor, y me preocupó realmente saber porque lloran las personas mayores.

 Autora: Nuria L. Yágüez


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