jueves, 11 de noviembre de 2010

LA LLUVIA ME DEVOLVIO EL AMOR

Ese sábado, amaneció metido en lluvia, Alfredo se levantó, abrió la persiana y pensó: vaya día, estos días así tenían que suspender todas las actividades laborales para poder quedarte en casa holgazaneando, pero bueno Alfredito, aféitate, metete en la ducha y ponte guapete que total hoy la jornada solo será de cuatro horas y esas pasan volando.
Ya en la oficina, Alfredo estaba ocupado entre tanto informe, pero su mente buscaba una válvula de escape: ¿Qué podría hacer yo esta tarde para empezar bien el fin de semana? Miró por la ventana y comprobó que el tiempo seguía empeorando, ahora aparte de la lluvia se había despertado un gran vendaval apoyado de aparato eléctrico. A las doce, una llamada de su jefe le saco de sus pensamientos-
- Si,…, diga jefe.
- Alfredo, el trabajo ya esta echo puedes irte a casa, el tiempo invita a pasar una buena tarde en casa leyendo un buen libro con un whisky al lado, o bien viendo alguna película interesante.
- La verdad es que si, -contesto Alfredo- si no quiere nada mas jefe, hasta el lunes, que tenga un buen fin de semana.
- Adiós Alfredo hasta el lunes, que lo disfrutes tu también.
Provisto de gabardina, bufanda guantes y paraguas, Alfredo salió a la calle a pelearse por conseguir un taxi que lo llevase a su domicilio.
- Eh taxi- gritó, pero antes de cruzar la calle para abordarlo, otro, mas avispado se había colado en el coche y se lo había birlado. Levantó la mirada y vio que venía otro-
- Taxi - volvió a gritar. El auto paro y cuando iba a abordarlo, por la puerta del lado opuesto una señorita intentaba hacer lo mismo. - Ah eso si que no, yo lo he parado y es para mí.
- De eso nada, yo he llegado la primera -le espeto la señorita- y el taxi es para mí.
- ¿Bueno que, se ponen de acuerdo? Por qué no suben los dos, primero llevo a uno y después al otro.
- Primero se tendrá que decidir el caballero, ni que hubiese comprado el taxi.
- Bueno vale -dijo al fin Alfredo-, el día no está para diálogos- Nos estamos mojando como mentecatos.
- El mentecato lo será usted, -dijo la señorita mientras entraba en el taxi- no te digo.
En el interior del coche, Alfredo dio la dirección de su casa, mientras, ella se quitaba el sombrero empapado que cubría su cabeza. También Alfredo mientras hablaba, se había bajado el cuello de la gabardina y quitado la bufanda. Al mismo tiempo se miraron haciendo una exclamación de asombro-
- ¡Alfredo!
- ¡Julia! -se dieron un fraternal beso con un abrazo.
- Anda, pero si encima se conocen. -Masculló el taxista. Al llegar a la dirección el coche paró.
- Julia quédate a comer, si quieres después te acerco a tu casa con mi coche, tengo algo que contarte, también quiero que me cuentes algo.
- Bien Alfredo acepto.
- Dígame que le debo, nos bajamos.
- Toma y encima ahora pierdo un cliente, hay Señor como está el mundo.
En la casa, Alfredo se afanaba porque todo saliese bien: no me perdonaría que si después de tanto tiempo, el azar de la lluvia me la ha traído otra vez aquí, la volviese a perder, por una metedura de pata mía como la última vez. Estaba en la cocina intentando preparar algo para comer, lo cual no estaba saliendo nada bien por el nerviosismo que le embargaba: Alfredo serénate un poco, pensó, o lo echaras todo a perder y el día no está para salir a comprar algo preparado, así que si no lo remedias hoy no comemos.
Mientras tanto Julia, se había refugiado en el cuarto de baño desprendiéndose de sus ropas mojadas, se miro en el espejo y se echo a llorar.
- Alfredo oyó algo y se acerco, toco la puerta, todo bien Julia.
- Sí, si todo bien Alfredo.

El volvió a la cocina y continuó con sus preparativos culinarios.
Julia se metió en la ducha que la ayudo a relajarse, estuvo un buen rato dejando correr el agua templada por todo su cuerpo, cuando su interior se había serenado y su cabeza encontró otra vez el equilibrio, salió de la ducha, busco una tohalla con que secarse, pero allí no había, entreabrió un poco la puerta y llamó,- Alfredo,- este no la oía por el chisporrotear de una sartén que freía unos filetes, -Alfredo, volvió a llamar más fuerte, a la tercera vez, Alfredo percibió que le estaba llamando. Ya voy, mierda que se me queman los filetes, retiró la sartén del fuego dirigiéndose al cuarto de baño y toco la puerta.
- Julia necesitas algo.
- Una tohalla para secarme, aquí no hay. Alfredo se acerco con una limpia, entreabrió la puerta lo suficiente para que entrase su brazo con la tohalla, cuando notó que ella la cogía, cerró marchándose a la cocina.
Julia le sorprendió preparando una ensalada, él se volvió viéndola en el quicio de la puerta con su bata de baño puesta.
- Julia estás preciosa.
- Será que tú me miras con buenos ojos.
- No, no, es de verdad, estas preciosa.

Se volvió y siguió con la ensalada. Ella, se le acercó por detrás acariciando su nuca. Se volvió, la vio tan cerca, que no pudo contenerse besándola en los labios con un apasionado beso. Ella le correspondió con otro y esas caricias que solo ella sabía hacer. Alfredo dejó escurrir sus manos por debajo de la bata acariciando con ardor sus pechos, su cuerpo. La bata, se fue deslizando cayendo al suelo, él se quedó mirando, contemplando su cuerpo desnudo. Pensó, no es la misma que yo conocía, pero la sigo queriendo. La tomo en sus brazos, y la llevó hasta su cuarto tumbándola en la cama, contemplándola mientras se desnudaba, al tumbarse junto a ella le preguntó.
- ¿Te apetece? -Ella le contestó.
- Te deseo.
Revivieron el amor que se habían tenido, en sus besos, sus abrazos sus caricias, haciendo el amor una y otra vez hasta saciar sus deseos, como temiendo perderse el uno al otro, o como si fuese un sueño, así fue pasando el tiempo hasta que llego la noche y la lluvia empujada por el viento, golpeaba en la ventana como si quisiera entrar en el cuarto a contemplar de cerca, aquel cuadro de amor que allí se estaba viviendo. Encendieron un cigarrillo, Alfredo se levanto y cerró la persiana, encendió las lámparas de las mesitas de noche, quedando la habitación, con esa media luz que invita al amor.
- Quieres beber algo, yo voy a tomarme un vino.
- Si cariño, ponme otro a mí.
Con las copas de vino en las mesillas, fueron fumando los cigarrillos hasta extinguirlos, se acomodaron sentados en la cama apoyadas sus espaldas en las almohadas.
- Alfredo, me dijiste que querías preguntarme una cosa.
- Es una cosa muy personal y delicada, bueno si crees que me puedes contestar lo haces, y sino guarda silencio, ¿Qué tal te fue con Luis?
Julia alteró todo su sistema nervioso temblando como temerosa, asomando en sus ojos sendas lágrimas que rodaron sobre sus mejillas. Alfredo la abrazó, besando sus ojos y limpiando con su boca las lagrimas.
- Lo siento mi amor, no era mi intención hacerte daño. Ella le beso cariñosa.
- No mi amor, no es nada, ahora te cuento.
- Luis es un cerdo, perdona la expresión pero es que lo es, me ha maltratado, me ha humillado, me ha golpeado y cuando quería hacerme el amor, más que amor eran violaciones - se la volvieron a saltar las lágrimas, Alfredo la apretó contra su pecho- tranquilo amor, ya se me pasa.
- Siento habértelo recordado.
- Es mejor así, tenía que echarlo fuera, perdóname tú a mí por haberte abandonado por un sin alma como ese. Alfredo mi amor quiero regalarte el mejor fin de semana que hayas tenido nunca.
- Gracias mi amor, me siento tan feliz a tu lado.
El lunes de mañana el temporal había amainado. Alfredo sentado delante de su ordenador vio entrar a su jefe.
- Hola Alfredo buenos días, ¿Qué tal el fin de semana? -Alfredo le contestó con sequedad.
- Buenos días Luis, bien. - Se quedo mirándolo en silencio pensando, hijo de mala madre, te odio, te odio tanto que a la menor oportunidad que tenga te arruinaré.
Trascurrido algún tiempo, un domingo Alfredo y Julia estaban desayunando, Julia ojeaba el noticiero mientras Alfredo leía el deportivo. Julia comentó.
- Que noticia más triste y que alegre a la vez, escucha, “El financiero Luis Bóuzas al verse arruinado se suicida.”
Alfredo, escudado detrás de su periódico, esbozo una sonrisa maligna.
Autor: Alberto López Yepes

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