viernes, 10 de diciembre de 2010

A TRAVES DE TUS MIEDOS

Os voy a contar un cuento que contaba un cuentacuentos en algún cuento que me contaron cuando era muy, muy pequeño. Transcurría en un palacio, que yo imaginé, porque nunca había visto un palacio, con pasillos, estancias y patios tan grandes, que había que contar los cuentos a puerta cerrada porque, si no corrían el riesgo de perderse en algún rincón y no llegar a oídos de quien debía escucharlo. Aquel cuentacuentos contaba que había vivido en aquel palacio desde que su mente podía recordar, en un principio como hijo del cuentacuentos y después como el cuentacuentos real. El ya era viejo cuando sucedió lo que os quiero contar. Como cuentacuentos había contado cuentos a todos los niños que habían querido escucharle y a algún adulto que otro.

Una tarde en la que había perdido su bastón y se movía torpemente sin su enésimo dedo como el le llamaba, se coló sin intención alguna en la estancia del rey. Este se sorprendió de su presencia pues hacía tantos años que no veía a aquel pobre ciego, que pensaba que habría muerto.


-        ¿Adán que hace aquí?

-          ¡Pequeño Alejandro! Hacía muchos años que no te veía, si mis torpes pasos me trajeron hasta ti es que, seguramente necesitas un cuento.
-          ¿Un cuento? Adán, ahora soy el rey, ya no queda nada en mi del pequeño Alejandro. Ya no tengo edad para cuentos.- Dijo enojado.- No tengo ningún interés en escucharlos.
-          Los cuentos son buenos, nos ayudan a superar nuestros miedos y conocernos mejor.
-          Pero yo no tengo miedo. Yo soy el Rey.
-          Todos tenemos miedos.- respondió el anciano.
-          ¡Yo no tengo miedos!- insistió con dureza y decisión.
-          Tal vez te pase como al pequeño Francisco.
-          ¿El pequeño Francisco? ¿Quién es el pequeño Francisco?
-          Era un pastorcillo. Un pastorcillo joven, que cuidaba de su rebaño desde muy temprana edad, pues su padre anciano y enfermo, no podía hacerse cargo ya de sus animales. El caso es que Francisco salía cada día con sus ovejas, sin importarle si llovía o tronaba. Un día su viejo vecino le advirtió. “Ten cuidado pequeño Francisco, ahora que el invierno aprieta y los conejos ya no salen apenas de sus madrigueras, puede ser que los lobos pasen hambre y bajen cerca del pueblo en busca de alguna oveja o algún joven pastorcillo”. “Yo no tengo miedo a los lobos” contestó él ofendido. “Pero tus ovejas si”.”¿Mis ovejas?- dijo el joven Francisco- no tienen nada que temer, yo las defenderé hasta con mi propia vida”. Así con aquella decisión partió el pequeño Francisco al monte. No habían llegado aún el tenue sol de invierno a lo más alto, cuando un lobo apareció entre los matorrales y enseñando sus horribles dientes amenazó al rebaño y al pastor. Las ovejas fueron las primeras en huir, su perro ladró y ladró para mantener al lobo alejado de si y cuando ya solo quedaba el joven Francisco paralizado por un miedo atroz, el lobo solo tuvo que acercarse a él, para comerle una mano. Cuando el joven pastor se hubo repuesto volvió al monte con las ovejas. “No te alejes mucho- volvió a advertirle su vecino- recuerda que a veces no tenemos todo el valor que necesitamos para defendernos de aquello que nos da miedo” “Yo no tengo miedo a nada- respondió terco como un mula- ya he superado un encuentro con los lobos y se como ahuyentarlos” A la misma hora y en el mismo sitio, volvió a aparecer aquel hambriento animal. Las ovejas huyeron despavoridas, el perro ladró y ladró, pero Francisco tuvo tal ataque de miedo que no pudo huir hasta que el lobo se fue con la otra mano del chiquillo en la boca. Así el joven Francisco perdió un brazo, después el otro, luego una pierna y un día el pequeño Francisco desapareció del pueblo y se dieron cuenta cuando volvieron los animales solos.- El rey había escuchado la historia con atención pero no entendió lo que el viejo cuentacuentos le quiso trasmitir.
-          Pero si las ovejas y el perro tenían más miedo que el pequeño Francisco porque el lobo no se las comía a ellos.
-          Porque los animales sabían que tenían miedo y el propio miedo les permitía defenderse, como el perro o correr lejos del lobo, como las ovejas. Si embargo el cobarde Francisco tuvo miedo hasta de reconocer que tenía miedo y cuando debía enfrentarse a él se paralizaba pues no sabía como afrontarlo.
-          Pero aquí no hay lobos.
-          Los lobos de cada uno son sus propios miedos. ¿Tienes algún lobo en tu vida o tienes tanto, tanto miedo, que eres incapaz de reconocerlos hasta el día que se te presenten?

El poderoso rey miró en su interior y poco a poco su gran capa de terciopelo y piel de armiño se le fue quedando grande. Colgaba de sus alicaídos hombros y arrastraba por el suelo. Una lágrima rodó por su mejilla. Y terminó por esconder la cara entre las manos.
-          Mira lo que has hecho- le reprochó el rey al cuentacuentos- como va a reinar un rey, que llora de puro miedo. No quiero que nunca más me vuelvas a contar un cuento.
-          Tal vez debas hacer como la valiente Eva.
-          ¿La valiente Eva? ¿Quién es la valiente Eva?
-          La valiente Eva era una mujer guapa y menuda, de aspecto frágil y espíritu fuerte que conocí en una ocasión. Ella vivía feliz en una casita de cristal, rodeada de mucha, mucha gente que vivía en casitas de cristal. Un día Eva descubrió que tenía miedo a algo. Un miedo ilógico que la impedía salir de su casita de cristal. Al principio salía deprisa de su casita de cristal para esconderse en las casitas de cristal de otras personas. Pero pronto comprendió que aquellas casitas eran frágiles y tuvo miedo. Entonces eran las demás personas las que venían a su casita de cristal. Al ver gente en su casita de cristal empezó a temer que pudiera romperse y poco a poco y con sus propias manos se fue construyendo una casa con paredes de hierro y rejas en las pequeñas ventanas. Allí solo dejó entrar a algunas personas, pero cuando las veía dentro, sentía miedo. Y en poco tiempo Eva vivía en la más absoluta soledad, sin salir de su casa de hierro. Allí se encontraba segura pero acobardada. Una noche soñó con una niña casi igual a ella que la cogía de la mano. La miró y la dijo, “soy tu valentía y vengo a acompañarte por el resto de tu vida.” Así que al despertar se dijo a si misma. “Eva eres valiente y vas a salir de aquí” Agarró el pomo de la puerta y ,..., Se echó a llorar pues no se atrevió a salir de su casita de hierro. Al día siguiente se miró en el espejo y se dijo “Eva eres muy valiente y vas a salir de aquí tu sola” Así un día tras otro. Un día tras otro. Hoy Eva vive en una casita de cristal, junto a su querida familia.
-          No lo entiendo,- protestó el rey- ella se negó a si misma que tenía miedo, como hacía el joven Francisco. Porque a ella no le comieron sus lobos.
-          Porque ella no se negó que tuviera miedo. La valiente Eva tuvo la fuerza para reconocerse autosuficiente y afrontarlos. Eva en ningún momento olvidó cuales eran sus miedos, sencillamente pasó a través de ellos.




Dedicado a los valientes
que son capaces de reconocer que tienen miedo.


 Autora: Nuria L. Yágüez







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