miércoles, 15 de diciembre de 2010

VIENDO LA VIDA PASAR


Lina llevaba muchos años de misionera en la mayor selva de la tierra. Era una selva tan espesa que en ocasiones era difícil encontrarse a si mismo. Ella decía que si te parabas a pensar, la vegetación podría cubrirte y los animales anidarían en tu seno. Por eso siempre había que estar haciendo cosas, porque en aquel lugar lo que no faltaban, eran cosas que hacer.

Los hermanos de su orden la habían mandado allí, a la misión más inhóspita que mantenían, con la esperanza de quitársela de encima, pues sus ideas revolucionarias les estaban volviendo locos. Sin embargo, ella que era capaz de encontrar la belleza hasta en el mismísimo infierno, había encontrado el lado bueno a su misión. Llegó como sustituta de aquel hermano que se perdió en la soledad y nunca nadie, ni siquiera el mismo, volvió a saber nada de él. Nadie le explicó que dejó aquel hermano perdido y que encontraría ella. Pero no hizo falta. Supo nada más llegar, cual era su trabajo y se dispuso con ahínco y entusiasmo a llevarlo a cabo. Al poco tiempo, recibió un comunicado de su congregación pidiéndola informes y explicándole, que su trabajo en aquella misión era convertir a aquellos pobre infieles al catolicismo. Cuando terminó de leer el comunicado lo devolvió al sobre poniendo dentro también los recuerdos que de él tenía y con mucho cuidado, lo perdió donde jamás nadie pudiera encontrarlo. Siguió haciendo con esmero lo que ella consideraba que era su trabajo. Cuidar a los enfermos, aliviar a los afligidos de espíritu y repartir lo que les sobraba a algunos, entre los que le faltaba de todo. Pero poco había que repartir y mucho que pedir.

Así pasaron los años y su congregación le mandó un comunicado con los motivos de su expulsión de la orden. En él escribieron palabras como insubordinación, rebeldía, desobediencia y falta de espíritu cristiano, pero la selva no entendía de las leyes de la civilización, y perdió la carta en lugares tan recónditos que nunca hubiera podido recordar si lo hubiera intentado.

Bernardo, un joven indígena que acudía asiduamente a la misión a ayudar a Lina con las labores más duras, la tomó de la mano y la juró que la amaría el resto de sus días. <No puede ser>- respondió Lina, <yo soy religiosa y estoy casada con Dios.> y siguió hablando para si misma <hubiera podido amarte la vida entera y más allá de la muerte, pero ¿dónde estabas cuando el señor me pidió la mano?> Después de aquello no pudo volver a mirar a Bernardo con los mismos ojos. Su corazón se aceleraba con su simple presencia. Lina dudaba cada noche de su condición religiosa. Pensaba que con tanto espesor de vegetación Dios no podría ver los pecados que allí se cometieran. Entonces cogía la Biblia y se ponía a rezar. Hacía demasiado tiempo que no recibía noticias de su congregación y solo en ese momento deseo tenerlas.

Una noche durante un pulso perdido con el sueño, pidió a Dios una señal. <Comprendo>- le dijo a su Señor- <que desde el momento que he dudado de Ti, no merezco tu ayuda, pero me encuentro muy sola y necesito un apoyo para seguir en pie.> Por la mañana decidió ir al pueblo con teléfono más cercano, que estaba a varios días de viaje, con la firme decisión de concluir de la forma más correcta, con lo que ella deseaba que fuera, una etapa terminada. Determinó quién se quedaría al cargo de la pequeña misión y salió caminando, en busca del lugar del río, donde tomaría la barca que la condujera por ese primer tramo, intransitable de otro modo. Pero antes de llegar vio un sobre en el suelo y le sorprendió ver su nombre en él. Se agachó, lo recogió, y desdobló el papel con sumo cuidado pues por el paso del tiempo y lo mojado que estaba se rompía con facilidad. La tinta estaba corrida en muchos sitios donde la selva no quiso que ella leyera, pero algunas palabras aún podían descifrarse. Catalina, falta de obediencia, que Dios la bendiga, no le hizo falta leer más. Supo que esa era la señal que Dios le había mandado. Un divorcio divino.

Corrió de vuelta al poblado en busca de Bernardo pero un kilómetro antes de llegar, se detuvo a beber agua y sintió un dolor del que ya le habían hablado. Miró y vio las hormigas caminando por su cuerpo. Una especie de hormigas, que pueden llegar a paralizar el miembro afectado e incluso a provocar la muerte. Se sacudió los pequeños animales pero no consiguió más que enfurecerlas. Corrió hacia el poblado. Pero su pierna fue lo primero en paralizarse, entonces siguió avanzando a rastras. Poco a poco y sin poder definir el orden en el que llegó, la parálisis fue se apoderó del resto de sus miembros. A unos pocos cientos de metros del poblado quedó tendida en el suelo sobre su espalda. Pensó que si la parálisis llegaba al corazón moriría y el miedo lo ocupó todo.

Podía ver algunos rayos de sol peleando con la espesa vegetación para abrirse un hueco entre el follaje. Ella siempre se había dicho que esa era la mirada de Dios, y supo que no podría verla. Un recuerdo volvió a su mente. Recordó como tantas y tantas veces había tranquilizado a los moribundos con dulces palabras de acogida en el reino de los cielos. Solo entonces supo el poco valor que tenían para el que las recibía. Sin embargo a ella le sirvieron para relajarse lo suficiente como para observar que la vida seguía su curso a su alrededor, y por tanto lo seguiría haciendo cuando ella no existiera. Escuchó el canto de los pájaros, pero no pudo localizarlos. Escuchó el aullido de los monos, el susurro del viento silbando entre los árboles, y la serenidad de su corazón. Sintió como una rana, ignorando su presencia, saltaba sobre su mano y a pesar de la repulsa que sentía hacia ellas no pudo apartarse. Observó con detenimiento la planta que quedaba sobre su cabeza y como se enredaba en otras utilizándolas para ganar altura, pues su fino tallo no la permitiría hacerlo sin algo que la sujetara. Comprendió que cuando ella se fuera todo seguiría su camino, sin saber si ella había estado allí, pero que mientras ella estuviera podía modificar mínimamente el carácter salvaje de una selva que se alimentaba de las esperanzas muertas de sus habitantes. Y se dijo yo lucharé.

De pronto un perro se asomó sobre su cabeza y lamió su mejilla mientras lloriqueaba, como tratando de decirla algo. Ladró. Y ella entendió que aquella llamada de aviso le traería la ayuda que necesitaba. Ella conocía al perro y por supuesto a su dueño. Inmediatamente Bernardo apareció ante sus ojos. Y esa presencia le calmó parte de los terribles dolores que sentía en todo su cuerpo. Deseo besarle, pero no consiguió moverse, deseo gritarle que le besara, pero las palabras murieron en su mente. Sus ojos se encontraron y ella reconoció el miedo en los de él. La tomó en brazos y corrió hacia el poblado, entró en la enfermería y robó la última dosis del  antídoto que allí quedaba para pinchársela. Su respiración ya era débil y esperó acariciándola y rezando tal y como la había visto hacer a ella en otras ocasiones, mientras le enseñaba a leer. Las horas se hacían interminables para ambos. Y solo cuando Lina recupero el habla, Bernardo escuchó decir en un susurro “Si salgo de esta, me casaré contigo; si no, te esperaré en el cielo y Dios oficiará la ceremonia” Y sonó un beso esperado que sonó a un “que así sea”.



 Autora: Nuria L. Yágüez


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