sábado, 6 de agosto de 2011

LA ESPERANZA

Todas estas frases y otras pasaban por su cabeza. Recordaba cómo había conocido a Elena. Acababa de terminar con Mari José y recibió un mensaje de contactos chueca de una chica joven que decía quería conocerla. Leyó su perfil y se fijó en que indicaba que quería amistad y lo que surgiera. Y empezó, un poco dejándose arrastrar por la desilusión de aquella pena, y para distraer su mente de la enorme sensación de soledad que la embargaba. Ahora se preguntaba cómo era posible que Elena hubiera causado tanto impacto en su vida y cómo dejaba que ella fuera la que decidiera siempre cuándo encontrarse, cómo y dónde. Allí estaba Lourdes siempre esperando que sonara el teléfono y fuera Elena para decirle que la echaba de menos y quería verla. Ya no sabía si esto lo hacía cuando le habían fallado otras alternativas. La torturaban los celos, alimentados por Elena que nunca le aclaraba nada y jugaba a mantenerla en la incertidumbre de lo que era el resto del tiempo que no pasaban juntas. En el fondo de su alma quería estar confundida, que estuvieran confundidas su hermana y su amiga Eva que le decían que Elena le ponía los cuernos y que ella se sintiera libre de hacer lo mismo. Pero Lourdes no era de implicarse sexualmente con alguien sino le movían sentimientos. Ante Elena siempre se mostró como era, con sus defectos y virtudes, o al menos lo seguía intentando, mientras Elena parecía cada vez tener más secretos e intimidades que no compartía con ella. En una de tantas discusiones sobre el tema Elena le dijo que ese tipo de cosas sólo se comparten en pareja y que cómo no lo eran no podía exigirle que compartiera esa parte de su vida. Y terminó argumentando que ella siempre le había sido clara al respecto y le había dicho que no quería compromiso. ¿Qué hacer ante esto? No podía dar una respuesta que le satisficiera. Si dejaba la relación se arriesgaba de nuevo a estar sola aunque ahora no lo estaba menos. Pero estaba la esperanza, la maldita esperanza de pensar que ella se daría cuenta… Aunque una voz interior le indicaba que esa no era la forma. Se quedó dormida en el sofá y se sumergió en un sueño muy profundo.

 




Autora: Carmen Lorenzo

 


0 comentarios: