martes, 9 de agosto de 2011

LA TORTUGA MANOLITA

La tortuga Manolita era un animal muy tranquilo, el más querido en el jardín en el que vivía. Iba todos los días de la sombra del árbol a la charca con paso firme y tranquilo. Nada impedía su lento y seguro caminar. Cuando notaba que había algún peligro metía todo su cuerpo dentro de la concha y así se sentía segura.
 
La habían criado una sirena y un elefante marino. A su padre (el elefante marino) le encantaba reposar en la playa y dormitar largas siestas al sol y a su madre arreglar los corales que conformaban la casa, pescar y recolectar algas durante todo el día. Recordaba que mamá sirena no paraba de trabajar y preocuparse de todo (de papá, de la casa de coral en la que vivían, de la educación de la su hija,…). Formaban una pareja muy atípica y aún cuando todos veían muy feo a papá, mamá no dejaba de quererlo y velar porque estuviera feliz.

Papá también trabajaba, solía irse mar adentro porque necesitaba perseguir a los bancos de peces y comer mucha cantidad para mantener su enorme barriga. Aparte había descubierto un extraño placer. En una de sus visitas al fondo marino, cerca de la casa descubrió un barco y en sus bodegas unas botellas con un extraño líquido. Ese líquido producía un efecto muy placentero y le hacía ver las cosas de otra manera.

A la tortuguita le divertía ver como su padre, bajo los efectos de aquella sustancia decía cosas graciosas y hacía piruetas muy divertidas. Pero a la mamá sirena no le gustaba y solía ponerse triste. Un día la mamá sirena escondió el tesoro de botellas de papá y este se enfadó mucho. Entonces Manolita descubrió que papá quería más a su tesoro que a mamá, que por alguna razón no era feliz y buscaba la felicidad en aquellas botellas.

Manolita pensó que, a lo mejor, ella era la culpable. Y se escondió en su caparazón y se puso triste. Dos lágrimas salieron de sus ojillos mientras veía cómo mamá también lloraba.

Con el tiempo la mamá y el papá de Manolita se distanciaron y ella perdió el contacto con su padre. Su madre seguía igual, pero parte de su felicidad se había perdido. Puso todo su empeño en Manolita y su educación. Manolita se hizo muy lista y responsable para evitar que su mamá sufriera. Decidió que no tenía papá… que estaban solo su mamá y ella en el mundo.

Pero su mamá no entendía que ella no era sirena. Su mamá podía sumergirse por largo tiempo en el agua sin salir a respirar porque tenía branquias, pero Manolita tenía que salir cada rato porque sus pulmones no aguantaban tanto como los de su madre. La sirena quería que Manolita hiciera lo mismo que ella y quiso llevársela a vivir bajo el mar para siempre. Pero la tortuguita aunque lo intentó no pudo… casi se ahoga y empezaron a salirle costras en su lindo caparazón.

La sirena no entendía el por qué Manolita no podía vivir en el mar, algo tan maravilloso para ella y que tanto beneficios le reportaba. Pero la tortuguita sentía que aquello no era para ella. Pasaron los años y la sirena y Manolita habían establecido una forma de vida mitad marina, mitad terrestre. Pero ni a la sirena le gustaba la tierra, ni a la tortuguita el mar.

Manolita creyó que el problema podría ser de ella. Había visto que otras tortugas se manejaban muy bien en el mar y su madre le había dejado caer que ya podría ella tomar ejemplo. Así que fue a consultar con el Gran Buho.

El Gran Buho, tenía mucha fama entre los animales. Era un ser muy sabio de grandes conocimientos al que todos consultaban sus problemas. Manolita le relató su pena y el buho la miró fíjamente. Luego pensó durante un rato y le preguntó:

-¿has vivido siempre en el mar?
- Si – respondió Manolita tímidamente.
-Pues no pareces una tortuga marina. Yo más bien creo que eres una tortuga de jardín.
Así que por mucho que te lo propongas nunca serás una tortuga marina.

Manolita se fue pensativa y meditó sobre lo que el buho le había dicho, consultó libros acerca de las tortugas de jardín y se sintió identificada con ellas. Sólo de pensar en descansar su cuerpo bajo la sombra de un árbol y entre la hierba se sentí feliz. Así que le planteó a su madre que quería abandonar la playa. La madre no entendía a dónde podría ir su tortuguita, en dónde se iba a sentir mejor que con ella. Pero Manolita estaba decidida y aunque su madre lloró y rogó ella hizo su equipaje y se fue a vivir a un jardincillo que había cerca de la playa.

Así que aquí está de nuevo nuestra Manolita. En su jardín y disfrutando de su charquita, porque aunque el agua salada la molestaba la dulce le encantaba. Y lucía hermosa su caparazón.

Había hecho muy buenas migas con otros animales del jardín, los pájaros que se acercaban a beber de la charca la saludaban y charlaban con ella. Y ella era feliz coleccionando piedritas. Porque tenía piedritas de todas las tonalidades.

Pero he aquí que un día las piedritas, la charquita y el ir y venir del árbol al agua e ir a visitar a mamá cada tanto a la playa, ya no hacía feliz a Manolita. Notaba que necesitaba algo, se sentía sola. Necesitaba a alguien con quien compartir su jardincito y que le acompañara siempre. Claro que tenía miedo, miedo de que pasara como con mamá y la cosa no terminara bien. Pero quería intentarlo.

Habló con los ratoncillos y preguntó si había alguna tortuga cerca. Los ratoncillos le indicaron que las tortugas que conocían estaban todas emparejadas. Intentó enamorar a una de las carpas que vivía en la charca. A principio la carpa la esperaba todos los días, cuando ella iba a tomar su baño y Manolita se sentía feliz porque sentía un calorcillo muy especial dentro de ella cuando estaba en el estanque con aquella hermosa carpa dorada. Frotaban sus cuerpos y se daban besitos. Pero un día, cuando Manolita acudió a la charca la carpa ya no la esperaba como siempre, y cuando la buscó no la encontró. Se sentó a la orilla y lloró. Entonces la carpa apareció en medio del agua y le dijo:

-Lo lamento Manolita, pero he vuelto con mi novia. Lo habíamos dejado, pero me ha pedido otra oportunidad y yo sigo enamorada de ella.

A Manolita se le rompió el corazón en mil pedazos. Se alejó de la charca y metió todo su cuerpo dentro de su caparazón. Sus amigos los pajaritos y los ratoncillos decidieron animarla, le cantaban y le traían insectos para comer. Pero a Manolita nada la podía animar.

Un pajarito vino a decirle un día que había otro animal en el jardín del vecino que también estaba triste y quería conocer a otros animales. Manolita se dijo que vale.
Así que al día siguiente Manolita se preparó para la visita. Esperaba que fuera una tortuga (como ella) pensaba. Pero lo que apareció por la hierba era un animal de lo más raro.
 
Todo alargado, sin naríz, sin patas y arrastraba su cuerpo por el suelo para caminar.

-Hola! Me llamo Yayi
-Hola! Manolita para servirte.

Manolita decidió invitar a comer a Yayi. No sabía que podía gustarle y la llevó a comer insectos como los que ella comía. Le atraía mucho el brillo de las escamas de aquel cuerpo (le recordaba a la carpa). Así que aquel fue el primero de muchos encuentros entre nuestra tortuga y Yayi (la serpiente).

Manolita desconfiaba de Yayi, temía que pudiera dañar su corazón y abandonarla como la carpa y vivía temerosa de cualquier otro animal que se acercara a su amiga. Yayi era muy divertida descubrió Manolita. A la tortuga le encantaba ver como Yayi movía su cuerpo sinuoso por la hierba, era feliz compartiendo su tesoro de piedras con ella e incluso había dejado que Yayi durmiera dentro de su caparazón. Se sentía dichosa cuando esto pasaba y compartía gustosa su caparazón con su amiga.

Claro está que también Yayi se pasaba en alguna ocasión y enroscándose en torno al cuerpo de Manolita le daba la vuelta y la dejaba patas arriba.

-Ja, ja, ja, ja – Reía Yayi

Manolita, acomplejada pensaba que Yayi se reía de ella y se ponía triste. Pero Yayi le hacía reír diciéndole que tenía que divertirse y pasarlo bien porque la vida era eso.

Yayi tenía más amigas y cuando Manolita le preguntaba sobre ellas. Yayi le decía que no tenía una amistad como la que tenía con ella. Que sólo eran amistades superficiales. Pero Manolita se sentía, en las ocasiones en las que Yayi la había llevado con ella a las fiestas, desplazada. Porque Yayi estaba toda la noche bailando y divirtiéndose mientras Manolita sufría de celos.

Manolita notaba como cada día aumentaba más las ganas que tenía de ver a Yayi. Pero Yayi no quería vivir con ella en su jardín porque quería conocer más jardines y más amigas. Manolita sufría. Pero sabía que habría de encontrar la solución igual que la encontró cuando no se sentía bien en la playa.

Un día se acercó a la charca del jardín y mirando en el agua vio su imagen reflejada. Mirando fijamente a su imagen vio como esta cambiaba (se transmutaba) parecía otra tortuga diferente a ella misma.

- Hola tía ¡qué pasa! – le dijo la imagen

Manolita dio un respingo, sacudió su cabecita y pensó que se había vuelto loca. Miró de nuevo y allí estaba su imagen aunque con un aire diferente.

- Oye tú! Que te hablo a ti
- Perdona – dijo Manolita- pero no sé lo que eres.
- Cómo que no sabes lo que soy. ¡Coño tía! Soy tú misma jajaja
- No entiendo.
- Tú nunca entiendes. Eres siempre tan correcta. Por eso te pasa lo que te pasa.

Manolita empezó a sentirse mal. Definitivamente no le gustaba aquella imagen.

- Tienes que ser mas lista ir a tu bola. Pasar de la gente. Hacer lo que te apetezca.
- No sé que me apetece.
- J aja j aja. ¡Cómo vas a saber lo que te apetece! Siempre haciendo lo que quieren los otros. Manteniendo a mamá contenta. Espavila!

La tortuguita empezó a sentirse muy pequeña, muy pequeña…. Cómo si acabara de salir del huevo por vez primera. Entonces apareció otra imagen en la charca. Era otra tortuga pero esta tenía otra expresión en la cara.

- No te preocupes Manolita. No te sientas mal. No hagas caso a lo que dice esta bruta.
- Bruta yo? Bruta no tía. Realista
- Pues chica las cosas se dicen de otra forma. Estás lastimando a Manolita.
- Muy sensible la pobre. Brrrrrr

Manolita vió como la primera tortuga le sacaba la lengua. Definitivamente no le gustaba aquella tortuga.
- Manolita. El amor, la paciencia y la confianza en ti misma te ayudarán a salir poco a poco de tus dificultades.
- Pero…. – empezó Manolita tímidamente – me encuentro perdida en este mar de confusión de sentimientos.
- Se trata de encontrar Manolita ese punto en el que con amor a ti misma y al otro. Encuentres el equilibrio. Tu amiga es serpiente y no tortuga. Tú eres tortuga y no serpiente. Ambas diferentes. ¿Recuerdas cuándo vivías con mamá? Ahora tú experimentas lo que ella… Pero has estado en ambos lados. Puedes ver más.

Manolita escuchaba atentamente. Esta tortuga hablaba un lenguaje que tranquilizaba su espíritu.

- Paparruchas! - Dijo la primer tortuga.- Yayi no hace sino utilizarla y ella no se da cuenta

Entonces las dos tortugas de la charca empezaron a discutir y Manolita decidió irse a un rincón y bien metida en el caparazón reflexionar sobre eso.
A su mente vinieron escenas de su infancia. Recordaba lo que le dolía los silencios de papá cuando se aislaba en su paraíso gracias a aquellas botellas mágicas y como mamá apenas tenía tiempo entre sus obligaciones para atenderla. Recordaba lo sola que se encontraba en aquella época. Pero también recordó que sola aprendió muchas cosas. Aprendió a observar el ir y venir de las corrientes marinas, a disfrutar de los cálidos días de sol en la playa. Y vio que si pensaba cosas positivas mitigaba un tanto la pena de su corazón y si pensaba en cosas negativas la pena se hacía mayor.

Se fue de nuevo a ver a su amigo el Buho. Le consultó su caso. Y el buho le dijo:

- Amiga Manolita. En la vida nuestra mente es un campo por sembrar. Los pensamientos son semillas y uno como labrador ha de decidir que semillas ha de plantar y si nace alguna mala hierba o mal pensamiento hemos de estar prontos para arrancarlo. Descubrirás con el tiempo que lo que pienses acerca de las cosas determinará tu manera de verlas.
- No entiendo muchas cosas de las que me dices.
- No importa tortuguita. Las entenderás con el tiempo. Y utiliza los malos momentos como obstáculos para aprender.- Dijo el Buho

Manolita pensó: “ Yayi necesita conocer más gente, ella es sociable. Yo soy menos sociable. Si es mi amiga estará ahí. Aunque no siempre cumpla mis expectativas. Puede que le demande mucho. Puedo disfrutar de ella y de algunas cosas de ella, pero puedo hacer más amigos con los que aprender otras cosas”

Con este nuevo pensamiento Manolita ya no se sintió tan sola. Aprendió que ella como tortuga estaba bien. Que su amiga Yayi volvería cuando quisiera, sin obligaciones. Y que la amistad ha de ser libre y no impuesta por los miedos al abandono y la soledad. Si Yayi cambiara ya no sería la Yayi que ella quería y si ella cambiara ya no sería la tortuguita con la que Yayi quería estar. Tortuga y serpiente amigas siempre. Y siempre sería mientras ambas quisieran estar y compartir. Las imposiciones no vienen bien. Igual que a ella no le había venido bien adaptarse a la forma de vida que su madre (con buena voluntad) había querido para ella. Todas tenemos derecho a la FELICIDAD. A partir de ese día Manolita decidió que estaba bien conocer otros animales pero tendría que conocer otras tortugas para poder averiguar quien era.


Autora: Carmen Lorenzo


3 comentarios:

Aniagua dijo...

Me encanta tu blog. Un cuento precioso, eres una gran escritora
Saludos

María H.M.Meneses dijo...

Tod@as llevamos un@ niñ@ en nuestro interior,que de vez en cuando "hay que sacarla a pasear",en este caso en forma de cuento,pero la "enseñanza"que nos das,Carmen,no es para echarla al saco del olvido,nunca debemos olvidar que nuestra felicidad comienza por conocernos y QUERERNOS a nosotras mismas...y crecer...y seguir creciendo para/con nuestros valores personales.Felicidades,Carmen,otra vez tu alma se expresa,y tod@s tenemos el gusto de "escucharte" .Besos

Alberto López Yepes dijo...

Muy bonito cuento que encierra una infancia que todos añoramos, y que cuando la expresamos, sirve para alegrar a los más pequeños.
Sigue con este estilo para poderte considerar la Gran Gloria Fuertes de éste tiempo.
Felicidades.