miércoles, 7 de septiembre de 2011

EL SECRETO

Era la primera vez que iba a conocer cómo era la vida en un pueblo; se ilusionó aún más cuando oyó que iba a poder ver vacas, ovejas y caballos, por no tenerla que explicar detalladamente qué eran los burros, que es lo que realmente iba a ver. Fueron un día antes, con la casa prácticamente vacía, y junto a su madre aprovecharon para disfrutar lo que era la vida en un pueblo, que para ellas era algo bastante desconocido. Rachel estaba la mar de contenta desde que a su entrada ya vio, a primera mañana, a las vacas sentadas por los campos verdes. Pronto se hizo la dueña de la casa, y apenas se separó de la vieja perra, que aguantó pacientemente todo tipo de cariños y abrazos desmesurados de la niña. Fue decenas de veces a ayudar al abuelo de la casa a preparar leña para la fría noche; mientras serraba los troncos, Rachel llevaba, de dos en dos, los más menudos a casa al lado de la chimenea. Por la tarde dieron un paseo por el monte, y Rachel pudo ver todo tipo de animales nuevos para ella, como la burra de una vecina cercana a la casa de sus padres a la que llamaba “caballo raro” (Bianca explicó que era un caballo pero de peor calidad. Es muy complicado explicar a los niños ciertas cosas), y lo que era la tranquilidad de un ambiente campechano. También vieron chuzos colgando de algunos tejados y ventanas. Las enseñé que antiguamente se chupaban como preciados caramelos helados. Por la noche, Rachel se acostó la primera, más por orden de su madre que por propia voluntad. La peque tenía preparada su cama en la antigua habitación donde yo dormía años atrás. Aún estaban los libros de cuentos y fábulas en la estantería, que nos leía mi madre antes de dormir. Como no daba indicios de querer dormirse, quizá porque no era su cama de siempre, opté por probar el mismo truco y empecé a narrarle una historia que escogí al azar:

<< En el reino de Lordstenord había un pequeño lago, o bien dicho, un gran charco de agua que se acumulaba con el paso de un riachuelo, que desembocaba en el gran río Tedla. Era calmo, y el suelo estaba cubierto de piedras redondeadas por el agua con el paso de los años, donde se podía pisar sin miedo a cortarse. Allí iba todas las tardes la pequeña hija del Rey a bañarse como todos los demás niños de la aldea; pero cuando ella entraba en las aguas nadie podía entrar salvo sus guardas y cuidadoras para que no peligrara la rica futura heredera del trono. Incluso dejaban un margen de tiempo antes de que la dama pusiera un pie en el agua para asegurarse de que, con la pequeña corriente del riachuelo, verdaderamente estuviera renovada y limpia, después de haberlo tocado los sucios niños de la plebe. Todos los niños contemplaban de lejos el baño de la preciosa niña de pelo dorado como el sol. Todos soñaban con tener una amiga así, o eso es lo que las niñas de la aldea parecían interpretar, lo cual a veces las hacía enfadar y tener un poco de envidia. Una de esas tardes de verano, cuando la joven Rosalie de Lordstenord salió del lago, mientras le restregaban una toalla por cada pierna y una toalla por cada brazo, y una mujer por cada toalla, descubrió que en el dedo anular le faltaba su anillo. Exigió rápidamente a los cuatro guardias de la corte que la acompañaban que dieran de inmediato con él mientras sus cuidadoras la seguían hasta la plaza del pueblo donde junto a su padre presenciaría un espectáculo de títeres, antes de una suculenta cena de celebración del solsticio, que todos los pobres siempre ansiaban algún día poder disfrutar. Los guardias, cuando se alejó la bella Rosalie, decidieron que no querían mojarse, y ofrecieron a todos los chavales unas monedas y unos pedazos de pan a cambio de encontrar la preciada joya. Todos sabían que eran muy avaros y mentirosos, y la pobre aldea no era tan pobre para ahogarse por un pedacito de pan o unas míseras monedas de cobre de muy escaso valor, pero pensaban que sería más beneficioso poder entregar el anillo en mano a su propietaria; la recompensa podría ser mucho mayor. Incluso los padres cuando se enteraron de la noticia pensaron que quizá, como compensación, podrían tener el placer de degustar la jugosa cena que se esperaba para el festín nocturno, solamente para los más privilegiados, y por qué no, a lo mejor un par de moneditas de oro, muy caras de ver entre los pobres; y animaron a todos sus hijos a buscar. Entonces todo se convirtió en una competición desesperada, llena de empujones y válidas peleas cuando creían ver algo brillante en el agua; todo por aspirar a alguna clase de bienes de la corte. Jonathan no buscaba un botín, ni sus padres esperarían ser tan gratificados como muchos de sus vecinos pensaban. Como no era muy competidor en lo que se refiere a fuerza y habilidad, puesto que muchos de ellos eran muy bestias y en esa clase de circunstancias solía ganar siempre el más fuerte, no pensó siquiera en intentarlo y esperó a que todos terminaran desistiendo en su búsqueda para él poder cumplir su cometido inicial: nadar al sol del atardecer. No tardaron mucho en comprender que la corriente le habría llevado ya al río Tedla, en el que era imposible investigar dada la profundidad del mismo. Puesto que todo estaba ya bien inspeccionado palmo a palmo, no merecía la pena seguir buceando a pleno pulmón. La princesita, mientras peinaban su húmedo pelo, se impacientaba por no recibir aún noticias de su anillo. La reina la consoló con la promesa de regalarle uno mejor. El joven Jonathan siguió solo nadando por las aguas mientras…>>.

Se quedó dormida, con la misma sonrisa con la que estaba escuchando la historia, pero era normal que acabase rendida después de un día tan agitado. Pero continué la noche siguiente:

<< El joven Jonathan siguió solo nadando por las aguas mientras los demás ya habían optado por ver el espectáculo de marionetas en la plaza mayor del pueblo; otros, los más rudos, apostaron por seguir el curso de la corriente hasta el gran río sin cejar en su empeño. Los últimos rayos de la tarde reflejaban en las aguas los brillos más dorados y bellos que podían contemplarse, y sin explicación alguna el anillo resurgió del fondo como si una mano lo hubiese empujado de nuevo a la superficie. Giraba lentamente y emitía unos brillos sorprendentes. Hubiera esperado a la delicadeza de introducir una de sus falanges en el aro, pero todos sabían que el lago guardaba corrientes en su interior y, por no arriesgarse a perder de vista lo que estaba viendo, no se pudo resistir a cazarlo rápidamente con sus dos manos. Cuando unió sus palmas, procuró mantener su estabilidad a flote aún con la necesidad de confirmar que realmente lo había cazado. Sí, notaba algo sólido, y no podía ser otra cosa que lo que quería ver. Era precioso, limpio, brillante, y mucho más sabiendo que venía de unos dedos de sangre azul. No se detuvo mucho más en contemplarlo y cerró el puño con toda su fuerza, y con la otra mano nadó para regresar a la orilla. Se sentía alguien importante, porque poseía lo que podía mantener en vilo a toda la corte en esos momentos. Cualquier otro chico hubiera salido enseguida a entregarle el anillo a la joven princesita para recibir su premio, pero Jonathan no lo vio así. Se sentó en una piedra y pensó bien la responsabilidad que podía tener entre sus manos. Jonathan era muy astuto y, como buen hijo de un humilde mercader, sabía que no todo podía ser una ganga como pudiera al principio parecer. Todo parecía muy bonito, hacer la entrega del anillo y ser condecorado por las masas, y ella se enamoraría y haría de él su príncipe azul, y con ello riqueza, y poder ser generoso con los más pobres; eso es lo que pensarían muchos de ellos, sin pensar que era prácticamente imposible quedar a dos pasos de ella y burlar el exigente control de sus guardias, que se harían antes con la joya para obtener ellos los bienes. Y en el caso de poder dárselo en mano, el Rey no iba a ser tan generoso como ya había demostrado en otras ocasiones; tan sólo unos mendrugos de pan y luego vete de aquí, y luego volvería a ser el mismo Jonathan débil y poco competidor de siempre. Y no vio nada mejor que quedarse con el anillo y con su fiel secreto; y no sentirse tan débil, sino importante por lo que guardaba para sí mismo. A fin de cuentas, en poco tiempo el anillo ya no le valdría en su dedo a la rica heredera, pero para él siempre sería una joya de la corona.
Desde que su mano portó ese anillo, su cabeza no dejaba de dar continuas vueltas, porque nadie más que él lo sabía, y no sabía si eso servía para algo más que para sentirse desdichado. Y no pudo aguantar un segundo más sin decirlo y sin sacar provecho de ello, y cuando se sintió objeto de burla, como en muchas otras ocasiones por parte de sus amigos, lo dijo para presumir que en algo no era inferior a ellos, sino que incluso le hacía aún mejor. Su confesión sólo provocó que todos se echaran a por él y desgarraran todas sus ropas, y que cada día le vigilasen incluso en su propia casa hasta que el anillo por fin le fue arrebatado. Y se lamentó como nunca por haber perdido su tesoro como por los destrozos que ocasionaron en casa, que supuso muchos gastos a sus padres. Se acordó del momento en que se sentó en la piedra, tranquilo, mientras portaba el deseo de cualquiera de las personas de allí. Se arrepintió por haber hablado, ya no tenía nada. Cuando los impostores le fueron a entregar el aro real a su propietaria, ésta alegó que ese no era su anillo, y por ello fueron castigados con unos azotes por su mala artimaña>>.

Pensé que la niña se había vuelto a dormir, pero cuando paró de leer el relato se dio cuenta de que aún permanecía despierta, visualizando la historia y disfrutando tanto como él, pidiéndole que siguiese.

<<Pensó que el hecho de que no fuera el auténtico anillo aún daba alguna esperanza de remendar su negligente acción en caso de encontrarlo; si el lago le entregó una vez un anillo quizá podría entregarle también el verdadero. Pero eso era muy difícil, como difícil era huir de nuevo de los malhechores que regresaron enfadados y dispuestos a devolverle el castigo que habían recibido. Por suerte, cuando se vio terriblemente amenazado, se despertó en su cama con una mano a la altura de la almohada, cerrada con insistencia para retener lo que creyó haber perdido por hablar más de la cuenta. Se sintió alegre por no ser el punto de observación, el eje de todas miradas portando el preciado tesoro. Soñó con perder lo que por un momento le hacía grande, haciéndole dueño otra vez de la nada, y despertó dueño de su secreto, que para un niño infravalorado como Jonathan lo era casi todo. Desde entonces, cada tarde de verano, después del baño en el lago, se sentaba en la piedra a pensar lo feliz que era guardando dentro de él algo que ocupaba muy poco pero que le llenaba mucho de felicidad, y nunca más se sintió inferior a nadie. Y desde entonces, creyó que todas las personas eran importantes, porque quizá podrían guardar un bonito secreto, de esos que es mejor no revelar>>… Así que todas las personas son importantes, sean como sean -añadí.

Rachel sonrió dando por hecho que le había gustado la historia, y empezó a extraer sus propias conclusiones que desembocaron en preguntas:
-¿Y los todos los animales también son importantes?
-Claro que sí.
-¿Y los burros pueden tener secretos?
-Puede que lleven algún tesoro, aun sin saberlo.
-¿Y ser mejores que los caballos?
-Los burros son como Jonathan en el cuento, un niño pobre, pero afortunado por dentro, pero aunque no se tengan secretos todos somos importantes. Puede que tengan a alguien que les quiera mucho, eso les hará ser felices.
Temí que sus interminables preguntas hicieran confusa la moraleja del cuento, incluso en contradecirse por las improvisadas respuestas que me venían a la cabeza, y Rachel continuó con su interrogatorio:
-¿Tú tienes algún secreto?
Sonreí y la arropé para que se durmiese.
-No me has contestado.
-Sí. Pero no puedo contártelo, es un secreto.
-Yo quiero tener un secreto.
Cuando apagué la luz de su habitación y procedí a cerrar la puerta, regresé a la cama de Rachel a decirle unas palabras al oído.

Lo que dije, no lo puedo contar……. Es un secreto.


Autor: Pedro J. Echevarria


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1 comentarios:

Nuria L. Yágüez dijo...

Que bello cuento Pedro, me encantó. Yo tengo un secreto, que no se si me hace más importante pero que por si acaso tampoco lo contaré.