lunes, 24 de enero de 2011

NACIDA DE LA TIERRA

Estando Adán el viejo cuentacuentos, sentado en las rocas donde los jóvenes iban a cantar a sus enamoradas, sintió que alguien caminaba hacia él. Esperó pues supo que no tardaría en llegar y antes de que nadie dijera nada, saludó.
-          Buenas tardes May.- May volvió a preguntarse, aún sabiendo que ella no tenía respuesta a tal misterio, ¿cómo podía Adán saber quien se acercaba a él, si era ciego de nacimiento? Y con la certeza de que Adán si tenía la solución a tal pregunta, prefirió no preguntárselo. Solo dijo.
-          Adán me alegro de verte.- Y le iluminó el corazón con una de esas sonrisas que solo ella sabía regalar, espléndida, abierta, jovial y alegre, sobre todo alegre. May era la mujer con mejor sonrisa que Adán conoció nunca y en ese momento no lo sabía, pero sería la mujer con mejor sonrisa que nunca conociera. Adán práctico como siempre si preguntó a quien le podía aclarar sus dudas.
-          Lo se, se que te alegras de verme. Tu sonrisa siempre me lo dice. Pero también me dice algo más. Me dice que tras tu enorme sonrisa se esconde una pena. ¿Qué te ocurre May?
-          Yo creo que no hay ninguna pena,  es solo añoranza.
-          ¿Por qué o por quién sientes añoranza?- Adán se levantó y guiado por el brazo y el abrazo de May, caminaron descalzos por la arena húmeda.
-          Del amor, del cariño, de la compañía de un ser querido y la soledad, añoro una comida en el campo con mis amigos, una hoguera que me caliente los pies por las noches, una tierra que me consuele,..., Añoro tantas cosas,...,
-          Tú tienes el secreto de la felicidad pero no lo sabes.
-         
¿Yo tengo el secreto de la felicidad? Pensaba May cuando Adán dijo.
-          Te voy a contar un cuento que me contó mi sobrina Ana María y me parece muy apropiado para ti. – Como siempre May dejó volar su imaginación llevada por la voz de Adán, que le transportó lejos, muy lejos, al país de la imaginación.- Contaba Ana que hubo una vez un Mago malo, que por alguna razón no encontraba la felicidad por ningún lado, y detestaba las risas y las sonrisas de todos aquellos que fueran más felices que él. Es decir, de todos. Contaba Ana que aquel mago gruñón decidió convertir a cada persona feliz que encontrara en una rosa negra cuajada de espinas. Donde cada espina fuera una pena honda en el alma. En poco tiempo a los pies de su castillo había un jardín de rosas negras.
Paseando por su jardín, un día descubrió una seta roja con grandes pintas blancas. No pudo permitir una nota de color en su jardín de penas negras y fue rápidamente a arrancarla. <No por favor> escuchó una voz que suplicaba < ¿Qué es ese alboroto? ¿Quién está hablando?> Gruñó el mago malo. <No arranques esta seta, es mi casa.> Y por fin descubrió a la dulce Aniel, una pequeña elfo que vivía alegre en su jardín de penas. <No es nada personal, pero no puedo permitir una nota de color en mi jardín de rosas negras. Debes marcharte a otro lugar o te convertiré en una de ellas.> < ¿Rosas negras? Yo no veo ninguna rosa negra. Con tu magia podrás convertir a mujeres en gatas, a príncipes en ranas y  a personas en flores, pero nunca podrás quitar el color de sus pétalos. Yo aquí veo alegres pensamientos multicolor, margaritas blancas, gerveras amarillas, rosas, naranjas,..., claveles rojos, petunias, y todas las flores de todos los colores del arco iris, pero el negro solo está en tu corazón. Es por eso que no puedes ver el color de este lindo jardín.>
-          Quieres decir Adán, ¿qué mi corazón es una rosa negra cuajada de espinas? – Preguntó May.
-          No cariño, quiero decir que el color que refleja tu sonrisa es porque lo guarda tu corazón. Sólo existen los colores que uno ve. Y aunque a veces tu sonrisa se marchite, no debes afligirte pues pronto florecerá de nuevo. Y el candor y el color de tu sonrisa es tu mayor tesoro.  Crea amor y vivirás en el amor.



Había pasado el tiempo y May volvió a encontrar lo que quería. Tomó la enseñanza de Adán al pie de la letra y convirtió el cuento de Ana en su propia existencia. Buscó la tierra que le consolara. Encendió una hoguera que le calentara cada noche. Construyó una casita a la que llamó hogar y la decoró con sonrisas. Aquella mañana en que yo la recuerdo, trabajaba la tierra con sus propias manos. Una tierra mullida y fértil que regaba cada día con su esfuerzo y su trabajo. De ella comía y se sustentaba. Una tierra que le daba lo que pidió.

Estaba apelmazando la tierra que había puesto en el hoy cuando su hija llegó a su encuentro.
-          Mamá ¿qué haces descalza?
-          Siente la tierra en tus pies- sugirió May- Ella nos parió, ella nos mantiene y ella nos espera. Es tu madre y la mía.- Naira lo hizo, se descalzó, cerró los ojos y sintió, y juntas sonrieron con complicidad desde los ojos hasta el corazón.- Esta tierra es y será tu cobijo.
-          ¡Ya lo has plantado! ¿Por qué no me esperaste?
-          Estabas cansada y no podía dejar que el sol arruinara sus raíces.
-          Vamos a regarlo juntas.

Como aprendió del cuento de Ana, May solo necesitaba ver con sus propios ojos, que tenía todo aquello que pidió. Buscó una tierra a la que llamó suya, y plantó en ella una flor por cada día que fue capaz de sonreír con el color de su corazón en los labios y un árbol por cada amigo que le fue a visitar a su casa, otro por cada viaje que su hija realizó para pedir o dar consuelo, un molinillo de viento de vivos colores por cada comida que hizo con sus amigo en el campo. Así descubrió que tenía el amor de sus hijos, el cariño de sus amigos,  la compañía de sus perros y la soledad que le proporcionaban sus gatos, el consuelo, la hoguera, la tierra y la felicidad de su propio corazón.

Cogieron el cubo y regaron el árbol que su hija había aportado en aquella ocasión. May suspiró y caminaron de nuevo al hogar bajo un sol maravilloso, un bosque dejaba a su espalda, un jardín ante sus ojos y una casa vestida de todo lo que ella deseó encontrar en ella.







Dedicado a la nueva casa,
A la nueva vida, y sobretodo, a la nueva May.
Así es como yo te veo, porque así para ti lo deseo.

 



 Autora: Nuria L. Yágüez


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