domingo, 28 de agosto de 2011

MI QUERIDO MONSTRUO

     Cuando te conocí ya tú me advertiste que no eras buena. Que otras te acusaban de ser oscura. Me contaste de tu desdicha porque la gente no te comprendía, de tu sensación de soledad. Generaste en mí la necesidad de cuidarte y arroparte, de quererte y compensarte por todas aquellas que no lo hicieron. En alguna ocasión vi tus colmillos brillar y tus garras miedo me dieron, pero pensé que era fuerte y te podría dominar. Todo a cambio de proteger aquella fragilidad y aquella sensibilidad de niña herida que veía a través de tus ojos. Me pediste el oro y el moro y yo te lo di, todo con tal que te sintieras feliz a mi lado. No te enamores de mí (me advertías) cuando notabas mi mirada de cordero degollado.
      Las veces que contigo me enfadé, sobre todo al principio, llorabas desconsolada y me pedías que no te abandonara. Yo cedía y volvíamos otra vez pero porque quería y porque me gustaba aquella sensación de ser necesaria para ti.
     Yo me fui convirtiendo en la esclava que satisfacía todos los caprichos de "la reina". Todo a cambio de migajas. Esa fue la sensación que empecé a tener. Reclamaba tu amor y tú me lo negabas. Me fui colocando en la posición de demandante y tú te engrandeciste ante mí y empezaste a tiranizarme. Cada vez menos me dabas. Los abrazos medidos, los encuentros estudiados. "Yo decido" (me decías) y yo no podía reclamarte porque entonces menos obtenía. "No me gusta que me manden" era tú excusa. Un dolor constante se anidó en mi corazón y empecé a ver tu cara de monstruo sin piedad. La sensación de indefensión y de impotencia se anidó en mí. Te rogaba, te explicaba, te daba lo que querías y eso hacía que tú más te enfadaras. Yo con mi actitud reforzaba en ti tu comportamiento. Y sabía que tenía que huir, que refugiarme en mi soledad, esa soledad tan temida. Me sentía abandonada, asustada como una niña, no sabía cómo manejarme.
      Yo sólo quería que me quisieras. Había hecho todo lo posible, lo que estaba en mi mano porque esto se diera. Y ahora te perdía. La sensación era horrorosa. Nadie lo entendía, todas y todos me decían que debía dejarte, que debía olvidarte. Pero yo sólo veía a esa niña indefensa y asustada que había detrás de tus ojos y no me daba cuenta que no eras tú.
     Era mi reflejo en tus ojos lo que yo veía.
                   Esa niña asustada era yo misma.



Autora: Carmen Lorenzo

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