lunes, 19 de septiembre de 2011

ANGARICA

Me paso las tardes tirada en la cama. Mirando el techo. Relacionando grietas y desconchados, sombras y texturas, con el fin de redescubrir imágenes que motiven mi cerebro a encontrar nuevos recuerdos y escribirlos una y otra vez para que te detengas a leerlos. La temperatura enrarece el aire, las moscas se revuelven en torbellino para refrigerarse. No hay nada que hacer, nada que decir, nada que oír. No queda nada. Porque ni siquiera las emociones surgen de los recuerdos. Esperar solo eso: Que pase el hambre y así me duerma. Quizá hoy pueda soñar con algo agradable que contarte. Así pasan los días como quien espera un acontecimiento que cambie de pronto las circunstancias. Pero no llega. No ocurre nada.

No quiero que toquen a mi puerta, que ninguna vecina me pida nada porque nada tengo que ofrecer, nada tengo que compartir. Si pudiera saldría temprano en la mañana como hacía cuando iba a trabajar, con mi saya y mi blusa verde avena jalonada con galones brillantes. Caminaba por 23 mientras los hombres me acosaban con esas miradas lascivas, siempre respetando mi condición de militar de alto grado. Algún negro descarado me dedicó alguna frase indecorosa que en lugar de molestarme me aportaba seguridad. La de una hembra decidida, útero fértil y poderoso, senos blancos de pezones suculentos, caderas de gran yegua y sexo de miel caliente con aroma de cedro, brazos poderosos y muslos blancos que se empeñaban en desbaratar mi saya sometida a la turgencia de mis carnes.

Treinta y ocho años de servicio a la Patria. Porque aquí las mujeres hemos construido la Patria. Toda una vida dedicada a salvaguardar nuestros valores. Trabajo voluntario, reuniones de equipo, salidas al campo, confinamientos en los pantanos acompañada de mosquitos perturbadores, noches en vela y más reuniones. Actos contra los gusanos. Discursos eternos y encuentros con los compañeros. Viajes a Angola, clases de ruso, controles de emigración, educación a la población para protegerse del asedio enemigo. Siempre motivada y entregada a mi trabajo. Reconocida por la sociedad y amante recompensada por los hombres que acompañaron mi travesía batalladora. ¿Te acuerdas?

Fui una mujer bella. Alimentada con manzanas rojas que llegaban de Canadá. El aceite español, la mantequilla y la leche en polvo, los melocotones... Recuerdo los secadores de pelo rusos y las máquinas de aire acondicionado. Aquella abundancia con la que crié a mis hijos. La solvencia con la cual la Patria abrió escuelas, fundó hospitales, remozó teatros, concedió honores y cuidó de los niños, el futuro de nuestro proyecto, izando la bandera en el patio de la escuela, sacando a gritos el deseo infantil de ser como el Che. ¿Dónde cojones quedó todo aquello?

Mi hijo Omarito se fue a los Estados Unidos. Salió en lancha. Gloria se casó con un piloto canario que se la llevó del país. El papá de Omarito sigue bebiendo. Todavía se le escucha gritando en su borrachera. Vive a unas cuadras de mi casa. Mi esposo Alberto murió unos meses después de que su hija abandonara la casa para irse a vivir a España con su repulsivo esposo. Ni una noticia desde hace doce años. Mis hijos no han vuelto a enviar dinero. Sin cartas. Sin llamadas. No se supo nada. Dos difuntos más que ocupan mi alma en armonía con todos aquellos que partieron de mi lado. Mi esposo me reprochaba que abandonara la maternidad por mis labores como militar hasta que murió, abatido por ese cáncer, cuando yo todavía lucía mi uniforme verde avena. Pero el Ministerio decidió dejarme ir y cesarme en mis funciones sin argumento ni justificación alguna.

Ahora soy una jubilada desatendida. Alcanzo 249 pesos mensuales de pensión. Recolecto papel en el que escribir todo lo que a nadie le interesa leer o escuchar. Compro los cigarros por la cuota y los vendo a peso en Prado. Me paso el día sentada en las escalinatas esperando que algún extranjero mareado extravíe un peso convertible en mis manos arrugadas a cambio del Granma de la jornada. Canjearlo en la Cadeca del Hotel Sevilla mientras disfruto de ese aire acondicionado y fresquecito me transporta lejos del ruido de las calles y el olor a combustible malo que desprenden todos los carros de esta Habana sobrecogida. 

Arrastro una casa habitada de soledad que se viene abajo como se cae mi pelo. Como se cae mi carne. Como me caigo yo misma. Mi estructura ósea no resiste el peso de la piel y los dolores se asientan cada vez más adentro. La médica del consultorio no me da solución. No queda diclofenaco en la farmacia. No tengo pesos para comprarlo por la izquierda. Solamente las infusiones de seso vegetal y un trago de ron blanco me hacen olvidar los males. ¡Qué más le puede pasar a un pobre vieja sola como yo!

Esta noche voy a hacer un “bocujonda”. Yo me entiendo. Es una comida en la que pongo de todo. O mejor, un poco de todo de lo poco que tengo. Arroz partido, frijoles colorados, chícharos, sal, agua y presión en la olla china animada por la candela. Trinidad aparece tras la puerta cuando los olores de mi “bocujonda” alcanzan sus narices dilatadas de negra africana envuelta en estampados estridentes. Y se sienta conmigo a comer sin tener nada que decirnos. Solo mirarnos y empujar la cuchara hasta que la olla no nos deja sacar más de su redonda panza. Otra vieja como yo. Sola, loca, descompuesta y calva. Si esta noche viene la brindaré con una cerveza que compré en la taberna. ¡Ja! ¡Dieciocho pesos que me costó la condenada cerveza! Aunque no puedo permitírmelo. O quizá deba permitírmelo por si no quedan más oportunidades de refrescarse la garganta. ¡Qué cojones! ¡Si lo que me queda es morirme!

Y todavía me pregunto qué fue de todo aquello. Por qué me quedé sola, por qué las Mujeres no me volvieron a convocar a otra reunión. Con todo lo que ofrecí y todo lo que aporté a la Patria.

Hoy fui a buscar el picadillo de soja. Caridad, la nueva bodeguera, es una descarada abusadora. Me vendió la grasa mezclada con agua. El arroz está malo en la bodega desde que llegó Caridad. El jabón de lavar esta desaparecido. Ya no viene la pasta de dientes y mi ropa no resiste un lavado más. ¡Con lo que me gustaba a mí, lavar a mano! En los campamentos me llamaban “puño de oro” porque restregaba con fuerza y gracia hasta que la ropa quedaba blanca impecable y mis manos permanecían sanas y sonrosadas.

Esta es la última vez que te escribo. No quiero que te ofendas. Ya tienes bastante con las más de doscientas cartas que te he escrito últimamente. No he faltado ni un solo día. Me he sentado aquí hasta que la tinta de la pluma no me dejaba continuar. Sabes que me encanta ordenar palabras. Buscar la mejor combinación entre ellas para provocar tus sentidos y trasmitirte los míos con el objetivo de mantenernos lúcidas y al frente del final de esta larga batalla que deseo concluya. Temo por mi vida. No quiero que me den por loca. Deseo terminar mis días en casa, rodeada de mis fotografías, de mis libros, de mis cartas. No soporto la idea de terminar en Mazorra o en la Quinta Canaria, acosada por locos de verdad que gritan y se pasean deambulando por lo patios del psiquiátrico, sin sentido ni referencia. Debo dejar de escribirte pero no sé si soportaré la pérdida, pues la idea de mantenernos en contacto me ha mantenido viva en este marco doliente que me invade. 

Por último, te diré, para que no te olvides arrastrada por el deseo de seguir escribiendo, que el cartero me ha descubierto. Le escuché hablando con la presidenta del CDR. Ella asentía dándole la razón mientras observaba la última carta que recibiste. Destinataria y remitente con la misma identidad. Mi obsesión por cumplir con las normas de uso del correo me ha delatado. Luego, me entregó la carta la propia presidenta para hacerme saber que estaba enterada de la situación. Eso es lo que me obliga a despedirme de ti. A decirte adiós en esta última noticia que te envío de mi vida. No temas por mí. Sabré mantenerme como hice tantas otras veces. Continuaré en la lucha. Sola y valiente. Eso aprendí y eso me queda.

Autor/a Desconocido/a

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