jueves, 27 de octubre de 2011

YO DIGO

Mírame, no hables, no me escuches. O escúchame porque no tengo la certeza de cuanto tiempo me quede.
Se me ha olvidado suspirar y se me está volviendo olvidar hablar.
Recuerdo lo que solías decirme pero no puedo pronunciarlo. En estados de ansiedad constante debo saciarme mordiendo mis labios.
Y llegó el momento en el que debo mutilar mi silencio, en el que debo masacrar las palabras. No quiero escribir ni con tinta ni con vino, sino con mi sangre. Esa sangre que corre por el piso cuando masacro mi silencio. Cuando asesino mi secreto.
No puedo romper el silencio hablando porque no tengo ganas de hablar.
¡Sonreír duele!
Podré mirar todo lo que sea necesario, pero no puedo ver si quiera mi propia oscuridad. Y es que hasta en la oscuridad, mi sombra me abandona.
Quema, quema, quema, pero me quema de frío y de lejanía.
El tiempo ha sido mi aliado y mi enemigo. ¡Qué hipócrita e inconstante! Pero cuan imparcial es.
Sollozante es el viento que roza mi cara y tapa mis oídos.
Tengo más agrado en ver el paisaje en blanco y negro, los colores recuerdan el brillo de tus ojos y me ciegan.
He resecado mis manos con lágrimas y sudor.
He escondido mis manos al saludo, al tacto corporal.
Hasta lo que satisfacía mis ganas lo perdí.
¡Extraño volver a encontrarme en este punto del que constantemente huí!
Y aún despierto más de dos veces en las noches por sólo imaginarte a mi lado.
Y aún estrecho entre mis brazos esa almohada de plumas que cobijó tus sueños.
Porque tu respuesta fue el silencio cuando pedí que te quedarás.
Y mi respuesta fue el silencio cuando preguntaste qué sentía. Mi silencio,…, que te ama.




Autora: Ida Inciarte


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