viernes, 11 de noviembre de 2011

CUMPLEAÑOS

Mi padre ya no cree más en nada, ni en nadie. Le cuento que acabo de asociarme a Greenpeace a través de un trámite rápido por Internet. Que apenas me bastó teclear mi nombre, apellido, número de documento y la fecha de nacimiento. Él, con todos sus dientes manchados al desnudo, dice que ya creyó bastante en toda su historia, y que, salvo honrosas excepciones, siempre resultó defraudado. Señala que siempre hubo intereses escondidos, mejor dicho, una red de intereses escondidos que se entrelazan de manera intrincada.


Yo le digo que con Greenpeace es distinto, que no acepta dinero de los gobiernos, ni de las empresas, solamente contribuciones de particulares para mantener cierta independencia a la hora de denunciar y presionar a los responsables de los problemas medioambientales.



Mi padre sostiene que todo es una mierda, una mentira. Se encrespa y dice que por culpa de la confrontación el mundo está irremediablemente dividido, con pocas posibilidades de poner sentido común. Como los políticos que manipulan a la opinión pública para hacerles creer que sus gestiones son únicas e irrepetibles y de esa manera se perpetúan en el poder, un poder al que se pegan como sopapas porque el día que dejen de ejercerlo les caerá todo el peso de la Ley por sus acciones de corrupción.



Dice, con la mirada fija hacia adelante, concentrado como quien deshilvana el hilo de los recuerdos, un recuerdo que aparece tan destructor como un huracán, que él creyó en los peronistas cuando siendo obrero logró subir de escala social, pero que luego esos mismos peronistas le quitaron lo poco que había ganado.



Dice que después creyó en los militares, con su causa de pacificación nacional, una desgracia si se considera la enorme cantidad de personas desaparecidas, militantes sociales, políticos, gremiales, comprometidos con cambios estructurales, algunos de los cuales, aún hoy, no se saben a dónde están, y que también creyó en la justificación de Galtieri para hacerle una absurda guerra a Inglaterra en pos de recuperar las Islas Malvinas. Con facilidad pierde la paciencia y dispara sin miramientos a quienes nos condujeron hacia la ruina, la locura y la muerte. Después, como si se liberara definitivamente de algo, defenestra a Alfonsín, a Menem, a los que están. A todos les encuentra defectos.



La lista es interminable, pareciera estar revisando la historia. La revisión de un hombre que bajo ese ejercicio se topa de pronto con otra verdad, distinta a la que tuvo, o a la que creyó tener. Se da cuenta de que ha sido engañado por la fuerza mediática de la era de la comunicación, y que, sin quererlo, esa comunicación lo ha llevado como un barrilete de un lado para el otro.



Cuánto más recuerda, cuantas más explicaciones encuentra, tanto más nervioso se pone.



Mi hermana interviene en la conversación. Explica, con un modo y un tono que intenta tranquilizarlo, que lo de Greenpeace es otra cosa, que no hay posibilidad de abuso de poder porque el organismo apela al compromiso de los ciudadanos, y que mantiene su independencia a la hora de denunciar y presionar a los responsables de los problemas medioambientales.



Pero mi padre se mantiene firme en su tesitura. Que en caso de que él decidiera hacerse socio de Greenpeace se estaría comprometiendo con los ataques contaminantes a la naturaleza, pero que mientras tanto nadie estaría poniendo algún compromiso para con sus propios problemas. Nadie considera la miseria de paga que reciben los jubilados, a quienes no les alcanza para llegar a fin de mes, dice con unos labios que arden.



Son los jubilados, prosigue, quienes se enferman y necesitan remedios para ser curados, unos remedios que al comprarlos uno tiene que desembolsar la mitad de lo que cobra, y que por todo eso -por vivir en la miseria y por tener que depender de los demás- llegar a viejo es la peor desgracia que le puede suceder a un ser humano.



Mi padre es un hombre que trabajó desde los trece años y su único capital es la casa que habita, una casa humilde, pero limpia, cálida y confortable, y cuya prolijidad rompe con la premisa de que los hombres que viven solos tarde o temprano se abandonan. Es la misma casa acomodada de mi madre que falta desde hace cuatro meses.



En una de las paredes, detrás de un viejo televisor, hay una foto de Italia, de la región de Le Marche donde él nació. Es un paisaje con flores blancas, parejas y tupidas, apenas inclinadas y enrolladas como papel por la fuerza del viento. Las cortinas, el tapizado del sofá, las servilletas y hasta el felpudo de la puerta son azules. Todos los azules son idénticos y están gastados de la misma manera.



Estamos en el comedor calefaccionado con una estufa a kerosén, enfrente de platos con resto de arroz y pollo. En la radio suena Solo le pido a Dios de León Gieco. Es el cumpleaños setenta de mi padre que hoy tiene los ojos más tristes que nunca. Tanto mi hermana como yo no queremos que se enoje, así que no le seguimos la corriente y nos quedamos por un momento callados para no arriesgarnos a una discusión que podría prolongarse hasta altas horas de la noche. Queremos que tenga una velada feliz y que se sienta querido y respaldado por sus hijos.



Mi padre destapa una sidra y apaga las velitas de la torta, entonces cantamos el feliz cumpleaños al ritmo de la respiración áspera de mi padre, y luego brindamos chocando los vasos. Es difícil estar solo, dice. Le damos un beso, lo abrazamos, le infundimos optimismo porque sabemos lo que el duelo le cuesta. Le digo: si aflojás se te acaba la vida, sin pensar que probablemente es eso lo que él desea. Logramos calmarlo un poco y nos volvemos a sentar, pero enseguida nos quedamos en silencio esperando que mi padre esboce una idea, algún recuerdo, algo excepcional, quizás un milagro que le saque una sonrisa.






 Autor: Walter Gasparetti



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