domingo, 21 de noviembre de 2010

LOS OJOS DE LA OSCURIDAD

Hoy es mi corazón el que cabalga entre mis costillas. Hoy soy yo la que se ha esforzado por sorprender tu alma. Hoy me he levantado temprano con el deseo de ver tu sonrisa ilusionada. Me he preparado un gran desayuno casi a oscuras y me he sonreído ante el espejo. Soy esa que me ha devuelto la sonrisa con entusiasmo. Al salir a la calle, vi el sol anaranjado saliendo por el horizonte y me he dicho que este será un gran día. Y hoy, es un gran día.

Ahora espero en la estación del metro. Siento una emoción casi incontrolable por verte y que me veas. Aquí, esperándote, con el nerviosismo que me provoca la propia alegría de estar aquí. Todavía no has llegado y me entretengo mirando las caras dormidas e inexpresivas de la gente. Y pienso que soy la única que siente una inmensa felicidad de estar aquí, en esta estación gris, fría e impersonal. Viene un tren con cientos de seres acostumbrados a pasar por aquí a diario, que caminan como autómatas en su rutina. Te retrasas y empiezo a preguntarme si será esta la estación que me dijiste. Pero creo que sí, así que sigo esperando.

Me parece que fue ayer mismo cuando hablamos de este lugar y hace casi ya tres meses. Tu esperabas en el ascensor y yo me acerqué a ti por detrás. Al abrirse las puertas me cediste el paso y yo me sorprendí porque pensaba que no me habías visto. Tu sonrisa como siempre radiante y tu exquisita educación volvieron a reflejarse en tus palabras.
- Hola Nora ¿Cómo estás?
- Bien gracias. A casa a descansar que ya es hora- Te dije por no decirte que estaba hasta las narices de trabajar.
- Eso está bien, hoy hemos trabajado duro y nos merecemos un buen descanso.- Tu siempre eres correcto y aunque ahora me encanta, al principio me irritaba que siempre tuvieras en la recámara las palabras que yo esperaba escuchar.




De pronto el ascensor se detuvo entre dos pisos y todas las luces se apagaron. No había movimiento. El pánico había entrado con nosotros en el ascensor sin ser visto y ahora se había abalanzado sobre mí sin compasión. Tú no hablabas. Mi respiración empezó a acelerarse como si en vez de bajar los doce pisos que habíamos bajado en ascensor lo hubiera hecho a pie.
- Nora. -Creo que estaba rezando en alto, como siempre hago cuando el terror me invade con sus horribles tentáculos y eso a ti te pareció insólito.- ¿Nora?- Tus manos torpes avanzaron por la oscuridad hasta tocar mi hombro.- No te asustes, no pasa nada.- Entonces fui yo la que se aferró a  tu brazo mientras gritaba.
- Nora, no pasa nada, Nora, tranquila.- susurraste mi nombre.
- Son las once y media, no creo que quede nadie en el edificio. ¿Quién nos va sacar?
- Esto es un apagón momentáneo, enseguida vendrá la luz y continuaremos bajando.
- ¡Por un apagón de luz no se para el ascensor, imbécil!- Yo chillaba como una rata histérica mientras tu tratabas de mantener la calma por los dos. Cosa que me irritaba más todavía.

Fue entonces cuando comprendiste hasta que punto estaba asustada y cuando yo comprendí que además de los nervios estaba a punto de perder mi puesto de trabajo. Tu no dijiste nada. Me abrazaste con fuerza y empezaste a chistar como una serpiente en mi oído.
- Schissss. Venga tranquila. Te aseguro que no pasará nada. Schisssss. Posiblemente haya habido una sobrecarga de luz y el ascensor se habrá parado como método de seguridad.- Decías mientras me acariciabas el pelo.- Schisss, mientras estemos abrazados no pasará nada.
- Tengo fobia  a los sitios cerrados. Pero es la oscuridad la que me descontrola.- Conseguí decirte algo más calmada.
- Schisss, no pienses ahora en eso. No pienses en nada, schisss.- El simple contacto contigo me había hecho relajarme pero tus palabras como siempre oportunas aclararon en gran parte mis dudas.
- Prométeme que no pasará nada.- Te pedí.
- Schisss, -seguíamos abrazados y el aire que se escapaba entre tus dientes acariciaba mi oído.- No va a pasar nada.- Tus palabras transmitían seguridad y poco a poco iban apaciguando mis nervios. De pronto me dijiste- ¿Puedes recordar mi rostro?
- ¿Qué?- Pregunté sin saber que pretendías.
- Verás, yo describiré tu rostro y luego tú el mío.

Tratabas de alejar mi atención del problema y lo estabas consiguiendo. Empezaste a describir mi cara con una precisión extrema. Parecía como si lo estuvieras viendo en ese momento. Cada detalle de mi cara lo explicabas con paciencia y ternura, con seguridad, sin titubear.  Tu hablar pausado, educado, dulce, casi meloso iba embaucándome. Como una balsa que se mece en la corriente, al vaivén de las olas, ora arriba ora abajo, cadencioso, sereno. Tus palabras hipnotizaban mi mente y desnudaban mi alma. Ya no podía escuchar lo que decían. Tu voz llegaba a mis oídos desde muy lejos, como el rumor del viento en la rendija de una ventana. No conseguía comprender su mensaje, pero su tono grave alejó mis miedos.
- Ahora te toca a ti.- Volví a la realidad.
- ¿Qué? No ,..., no, no me atrevería.- Conseguí decir tartamudeando.

Sin verte, se que sonreíste. Entonces tus dedos ciegos tocaron mi boca y mis labios desearon besar los tuyos. Nos amamos lentamente sin rozarnos, nos dijimos cosas maravillosas en silencio y permanecimos abrazados toda la noche. Casi sin rozarnos. Cuando por la mañana abrieron la puerta, el jefe de comerciales y la secretaria del director salieron con rostros cansados y se fueron a sus respectivas casas. Pero en nuestro interior habíamos experimentado algo más. Algo que jamás olvidaré. Había nacido una gran amistad.

Fue así como aprendimos a besarnos con la mirada y amarnos con la sonrisa. Pero si a vista de los demás, incluida la nuestra, no podíamos amarnos, en nuestras mentes no teníamos límite.

Me extraña que no hayas llegado todavía. Miro el reloj y me pregunto si será el primer día en toda tu vida que llegues tarde. Justamente hoy que te estoy esperando. He visto llegar a tanta gente que no sé si te habrás ido sin llegar a vernos. Tal vez estés enfermo. Podría ser. Tal vez no fuera ésta la estación donde me dijiste que cogías el metro. Sólo hablamos una vez de ello, pero puedo recordarlo como si fuera ayer. Si no vienes antes de que llegue el siguiente tren optaré por irme, no puedo seguir esperando o seré yo la que llegue tarde.

- No puedo creer que recuerdes mi cara con tanta exactitud.- Te dije cuando nos sentamos cansados sobre tu abrigo.
- Siempre me he fijado en ti.- Tu voz seguía adulando mi cuerpo y alabando mi ego.-  Tienes una clase especial.
- Yo nunca había pensado en ti de esta forma. Te veía tan,..., inaccesible.
-  ¿Inaccesible?- Preguntaste incrédulo.
- Tú eres jefe. Tu tienes un despacho y una plaza de aparcamiento reservada. No creo haberte visto nunca en la parada del autobús.
-  No soy como los otros jefes.- Aseguraste con total convencimiento.- Yo vengo en metro, porque el autobús te deja más retirado. Como en el comedor de empleados  y no creo haberte visto nunca allí, por eso no creo que seas ,..., inaccesible.- Por primera vez te veía ponerte a la defensiva, y me gustó importunarte.
- Ahora ya lo sé, pero a mí me lo parecías.- Dije restándole importancia al asunto.
- ¿Porqué vienes en autobús?
- Es más cómodo.- Te mentí, sin conseguir que lo creyeras.- Lo cojo en la puerta de casa y me deja ahí mismo.
- Pero tienes que coger dos autobuses. El metro sin embargo es directo. Si bajas un par de calles puedes cogerlo en Argüelles. Y desde allí viene directo.
- Mario, ¿sabes donde vivo?- Hablabas como si realmente lo supieras.
- A cuatro manzanas de mi casa. Te he visto varias veces. Pero no te dije nada porque me parecías una persona ,..., - dudaste un momento y añadiste con una pícara sonrisa- ,..., inaccesible.

Me parecía mentira que supieras tantas cosas sobre mi vida. Hablamos toda la noche, sin pasar de las palabras. Sin embargo en nuestras mentes aprendimos a querernos. Fue después; casi cuatro días más tarde, cuando llegó a la oficina un ramo de rosas con una nota anónima. “Esta tarde estaré en el Afnac a las 19:30, busca el disco de Luz Casal, necesito verte otra vez a solas.” Mi forma de ser es asustadiza por naturaleza. El miedo volvió a atenazarme el estómago y pasé muy mal día. ¿Quién necesitaba verme otra vez? ¿Quién me había visto alguna vez a solas? ¿Quién estaría allí? Mi mente no paraba de hacerse preguntas y no podía concentrarse en su trabajo. Recuerdo que al pasar por mi mesa comentaste “bonito ramo, es una pena que haya algunas rosas que se marchiten”. Pienso que viste la duda en mi rostro e intentaste darme una pista. El caso es que sin saber porque a la hora acordada me encontraba  tras un expositor mirando hacia la esquina donde me habían dicho que estaba ese disco. Pasaban ya diez minutos y nadie conocido se detuvo en ese lugar. Por fin me acerque con desconfianza y al buscar el disco, que me habías dicho, vi una nota. "Gracias por venir, ahora si tú también quieres verme, ve al área de lectura, te estaré esperando. Mario”.  Sonreí como una tonta y corrí hacia donde me habías dicho. No se porque pero supe que tenías la seguridad de que iría. Cuando llegué me besaste en los labios como si lo hubieras hecho toda la vida. Reconocí el brillo de tus ojos, sabor de tus labios, reconocí el olor de tu perfume, la suavidad de tu tacto y la dulzura de tus palabras. Fue como llegar a mi hogar, a ese lugar donde siempre había estado antes. Nos fuimos a tu casa cogidos de la mano e hicimos el amor lentamente.

- Siempre te he querido.- Me susurraste al oído.
- Yo siempre te he esperado.- Después apagaste la luz y notaste como mi cuerpo se tensaba. Acariciaste mi espalda mientras chistabas.
- Schiss. ¿Te atreverías ahora a describir mi cara?
- No.- Dije con mucha tensión.
- Schiss, no hace falta que lo hagas con palabras. Piensa en alguna parte de mí que te guste y trata de imaginarla en movimiento. Siempre que tengas miedo piensa en algo que te guste.

Yo recordé tus ojos. Parpadeaban lentamente. Almendrados, claros, brillantes, pero sobre todo sinceros. Me habías regalado el disco y me dijiste que la segunda canción la podías haber escrito para mí, pero que le dejaste el privilegio a Luz Casal. Me gustó. Sonaba lenta, a un  volumen moderado, hablaba de que siempre confiarías en mi. Después de hacer el amor tenía tu aroma impregnado en mi cuerpo y desnudos sobre las ropas de la cama seguíamos abrazados. Cantabas la canción como si la hubieras escuchado muchas veces. Me enamoraste por segunda vez.

Ya no puedo esperar más cuando llegue al trabajo buscaré un momento para llamarte. Estoy preocupada, me extraña tanto que no estés ya aquí ,..., . Alguien se ha parado a mi espalda y sé que eres tu. He vuelto a olerte. Tu perfume me está abrazando por la espalda. Me hago la remolona y disimulo como si no lo hubiera notado. Por fin me doy la vuelta sonriendo, pero no eres tu. He perdido la sonrisa y decido irme en el siguiente tren.

Nuestros encuentros siempre fueron así. Cada vez más esperados pero en el fondo, sorpresivos y sorprendentes. Me llegaba una entrada de teatro por correo y casualmente tú tenías la de al lado. Volvíamos a vernos. Un día aparecía sobre mi mesa un billete de tren y un bono de hotel. Siempre ese hotel al lado del mar. El día del viaje, casualmente tú ibas sentado a mi lado y no tenías donde dormir. Me gusta ese tipo de sorpresas, porque ahora sé que vienen de ti. Me regalas la ilusión del amor cada día. El que en la oficina nadie lo sepa me gusta pues cuando nos miramos nos decimos cosas que sólo tu y yo comprendemos. Es un aliciente más.

Por fin llega el metro. Viene lleno y nos apretujamos unos contra otros. Eso me altera un poco, pero cierro los ojos y los tuyos aparecen en mi mente. Vuelven a parpadear con esa cadencia lenta con que siempre suelen hacerlo. De pronto me sonríen. Entramos en el túnel y mi corazón sonríe como tus ojos. Lo he superado. He superado mis miedos y me hubiera gustado enormemente que hubieras estado aquí para verlo.

Llegamos a la siguiente estación y nos detenemos. El siguiente túnel lo pasaré con los ojos abiertos. Es todo un reto pero sé que lo superaré, porque aún puedo ver tus ojos. De pronto abro los míos y te veo allí, sonriendo. Me alegro contigo desde la distancia pero tu desvías la mirada con nerviosismo. La mujer que va a tu lado, te habla al oído y tu ya no te atreves a mirarme. Sigues con la mirada ausente. Ahora es ella la que se ríe pero tu no consigues levantar la vista del suelo, que no puedes llegar a ver por las apreturas. Te besa en la oreja y tú la rehuyes pero ya está todo claro. Entramos en el túnel y con los ojos abiertos, veo los tuyos que parpadean lentamente. Pero ellos ya no sonríen, yo sin embargo sí. No te guardo rencor. Me has dado algo que vale más que todos los besos que pudieras darme en toda tu vida y tu sin embargo ni siquiera lo sabes.

Al llegar a la oficina, preparo mi trabajo como todos los días. Tú te has hecho el remolón y has llegado cinco minutos después. Cuando entras te miro sonriendo como siempre. Desde que te conozco, siempre lo he hecho. Tú no te atreves a mirarme. Al pasar junto a mi mesa te digo como todos los días.

- Buenos días Mario.
- Hola.- Susurras escuetamente. Yo sonrío, pero tu no.

 
 Autora: Nuria L. Yágüez

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jueves, 18 de noviembre de 2010

¡¡¡¡ HEMOS NACIDO !!!!

Hoy ha nacido el hermano pequeño de Esperando a Gala. Por eso estamos celebrándolo. Gracias por tu apoyo para llegar hasta aquí. Sin ti no hubiera sido posible. GRACIAS, GRACIAS Y MIL VECES GRACIAS

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sábado, 13 de noviembre de 2010

CANCIONES PARA EL OLVIDO

Estaba componiendo un tema maravilloso, "Canciones para el olvido" -dijo con orgullo- hubiera sido un éxito pero,..., se me olvidó el final.




Autora: Nuria López Yágüez

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lunes, 8 de noviembre de 2010

CORAZON DE ARENA

Cuando Ramón bajó del avión y vio su radiante BMW aparcado junto a la pista esperándole tal y como había ordenado, supo que nada iría mal. Esbozó una sonrisa radiante de orgullo y se deleitó mientras bajaba la escalerilla sintiéndose observado y envidiado. Su mujer que bajaba junto a él tuvo una impresión completamente distinta de aquel momento. Ella sabía lo efímero de su reino. Sabía que aquella avioneta privada, aquel coche y sus vestimentas no eran más que una fachada falsa, pues en realidad ellos vivían del dinero, que su suegro había ganado durante años de despacho y del que Ramón estaba dando buena cuenta. Sin embargo todo en la vida tenía un límite y sentía que el de aquella cuenta estaba cerca. Ramón había iniciado sus propios negocios sin la supervisión de su padre hacía un par de años, sin embargo estos no habían pasado de un par de ventas que habían originado casi más gastos que ganancias. Pero ahora había puesto toda la carne en el asador en aquella transacción, que según decía, sería el negocio de su vida. Decía que si salía bien ganarían suficiente dinero al año como para retirarse, cosa que a los treinta y cinco años, ella lo veía como mucho correr. El, por su parte, no parecía poner mucha atención a todo lo que allí se jugaba.

Junto al coche esperaban el traductor y el secretario de su futuro socio marroquí. El dúo observó la bajada del matrimonio con total admiración. Cuando llegaron al pie de la escalerilla, en un descenso que sólo a ella se le hizo largo, Ramón extendió su brazo para dar la mano a las personas que por ellos esperaban y estos le devolvieron el saludo, pero cuando lo hizo ella, los dos bajaron la cabeza en señal de respeto, pues su religión les impedía el contacto físico con una mujer y menos en público. Así que se quedó con la mano suspendida en el aire, confirmando lo que para ella antes era solo una sospecha, y era que no quería estar allí. Ramón sonrió con ironía y eso no ayudó a que se sintiera mejor.

Con la excusa de no sentirse bien después de un viaje tan movido, pidió que la dejaran sola en el hotel y nadie puso ninguna objeción. En aquella preferida soledad, se dedicó a intentar una comunicación telefónica que no consiguió, a solicitar en tres idiomas diferentes que la hicieran llegar un equipaje que no obtuvo y a llorar de desesperación por haber consentido de nuevo, que su marido decidiera por ella en su vida.

Tres horas después, que a ella le parecieron tres días, llamaron a la puerta. Al abrir, el traductor que su marido había contratado para aparentar pues ella hablaba perfectamente varios idiomas, le informó con perfecta corrección que su marido se retrasaría un poco. Sin embargo dos minutos después estaba intentando forzarla a una relación no consentida. Cuando ella consiguió zafarse de su abrazo y echarle por las malas de la habitación tomó la decisión que hacía tiempo debía haber tomado. En ese momento empezaría una nueva vida de independencia, donde nadie la dejaría con la mano tendida por respeto cuando minutos después intentara llevarla a la cama. Una nueva vida donde nadie decidiría por ella.

Cuando salió del hotel dispuesta a tomar el primer avión que la devolviese a Madrid, llegó Ramón ceñudo, en un coche destartalado. Le dirigió una mirada que ella supo interpretar como un “no me preguntes”, pero ella que estaba harta de no preguntar, pregunto. Después de fulminarla con otra mirada, escupió lo que consideraba una respuesta.
- Ya no hay ningún puto jeque árabe, no hay ningún puto negocio, ni hay dinero.
- ¿Y el coche?
- Tampoco hay coche. Me lo han robado. Voy a alquilar un Mercedes y mira lo que me han dado.
- Un Mercedes es. Aunque más que Merche, es la Sra. Mercedes, por la cantidad que años que tiene.
- No me jodas eh!, no me jodas. –Gritó él bastante alterado.
- Adiós.- Dijo ella suavemente sin dejar que su mal carácter la afectara, como pasaba normalmente. Y con la misma suavidad añadió.- Me voy.
- ¿Tú estás loca? ¿Dónde te crees que vas?- Como única respuesta, Ramón recibió una sonrisa.- ¿Pero quién habrás pensado que eres?
- Yo soy,..., yo soy lo mejor que tengo. Lo mejor que he tenido nunca. Y lo que tendré.- afirmó suavemente tratando de invadir a su marido con su tranquilidad.
- Tu no vas a ninguna parte sin mi.- Ella sonrió orgullosa por volver a sentir la protección de su marido, sintiendo que lo estaba consiguiendo.
- Entonces vayámonos juntos.- Dijo ella con cariño.
- Tengo que recuperar mi coche.- Gruñó Ramón mientras cerraba de un portazo.
- Nos íbamos a ir de aquí ricos y mira lo que tienes, una cuenta arruinada.
- Mucho cuidadito que aún tengo lo de mi padre.
- Una vieja tartana que ni siquiera es tuya.
- Yo tengo un BMW – vociferó- Solo tengo que encontrarle.
- Y lo que es peor por no tener no tienes ni el valor de verte arruinado.- Empezaba a sentir que las malas vibraciones de su marido podían afectarle, suspiró profundamente y se decidió.
- Un verdadero hombre de negocios resurge de la nada. Y aunque no esté pasando mi época más boyante, verás como recupero todo lo que he perdido.
- Promesas, promesas y más promesas.-Se la oía decir a ella cuando se dio la vuelta y se fue.
- ¿Dónde vas?- Gritó él- Ven aquí. ¡Ven inmediatamente!- Pero no fue, y él se quedó solo.- Y a ti ¿qué te pasa?- le gritó a un viejo que sentado en el suelo había visto la escena y sonreía.
- Es curioso- dijo el viejo- ver como la gente se aferra a lo que ya no tiene.
- ¿Y tú? ¿A que te aferras tú? ¿A un viejo paraguas que se cae a cachos?
- Yo por lo menos se lo que tengo. Mi viejo paraguas me protege del sol, a ti tu gran BMW ya no te lleva a ningún lado. Yo tengo lo que más vale y nunca lo perderé.

Ramón paso un día entero poniendo denuncias, ante unos policías a los que no entendía, pero que le hacían parecer más culpable que a los auténticos ladrones. Recorriendo barrios de miseria donde en vez de encontrar su coche casi pierde la vida. Y comiendo tierra de desierto y bebiendo sus propias lágrimas porque allí no tenía para nada más y el dinero de su padre no llegaba.

Conducía camino de un pueblo donde según le habían dicho llevaban coches robados. Donde para llegar había que atravesar el desierto, entre pistas de tierra y dunas, y cuando quiso darse cuenta se había perdido. Perdido de todo y hasta de si mismo. El coche no respondió más allá de su propia optimismo y a pocos kilómetros de la nada detuvo su lento caminar. A un largo trecho de que su optimismo le abandonara perdió su voluntad y cansado de subir dunas y bajar dunas, su cuerpo se desplomo entre la arena y el sol. Y lo poco de consciencia que quedaba en su cuerpo se deshidrató bajo el abrasador sol del desierto.

Tiempo después, ni él ni yo supimos cuanto, se despertó sin saber porqué. Cuando consiguió abrir los ojos, solo pudo ver una sombra negra que se alejaba de él. Su boca no estaba tan seca como su conciencia por lo que supo que algo de agua había bebido pero seguía teniendo sed. Descansaba bajo un paraguas negro y destartalado pero le faltaban ciertas cosas como la cartera y las llaves del coche.
- ¡Maldito viejo! No puedo creerme que me haya seguido hasta aquí para robarme la poca miseria que me quedara. No era nada pero era lo único que me quedaba. ¡Maldito ladrón! ¡Maldito avaro!

La misma rabia incapaz de contener que le hacía gritar y gritar se fue convirtiendo en lástima que trajeron un río de lágrimas que rodaron por sus mejillas y se secaron en el mismo instante en que tocaron la abrasante arena. Estafado, maleado y engañado no pudo más y se dejó caer de rodillas en la más clara señal de abatimiento que un hombre de negocios como él se podía consentir. En este momento volvieron a su mente las palabras que le escuchó decir al viejo: “Yo por lo menos se lo que tengo. Mi viejo paraguas me protege del sol, a ti tu gran BMW ya no te lleva a ningún lado. Yo tengo lo que más vale y nunca lo perderé.” Se aferró al paraguas y se levantó de nuevo con un brío nuevo, riendo a carcajadas.
- ¡Mira! Ya has perdido lo único que tenías ¡Viejo loco! Ahora el paraguas es mío. Ahora yo soy el sabio, el paraguas me tapa a mi del sol y sin embargo el coche que piensas robar no anda ¿Quién es el loco ahora? ¿Eh? ¿Quién es el loco?

Mientras pronunciaba estas palabras vio a sus pies la cantimplora vacía del viejo, estaba seguro de haber bebido y su camiseta estaba humedecida. “¿Por qué le habría dado el viejo el poco agua que le quedaba en la cantimplora?” Y como el mismo había gritado, era a el a quien cobijaba el paraguas de los rayos del sol. ¿Habría entendido aquel viejo chiflado ese trueque como un pago por su coche? ¿Habría tratado de ayudarle? ¿Y porque a él?

El sol empezaba ya a derretirse bajo la línea del horizonte cuando una figura humana tirando de un camello apareció en lo alto de una duna. Ramón se levantó como pudo y sacando fuerzas de flaqueza corrió hacia él pidiendo ayuda. Pero débil y deshidratado sus piernas perdían equilibrio a cada paso. Cuando comprendió que aquella persona caminaba hacia él comprobó que era el dueño del paraguas al que se aferraba. Cuando el anciano llegó hasta él, le ayudó a subir al animal sin decir una palabra.
- Mi nombre es Ibrahim, no temas nada vengo a ayudarte.
- Siento haberte roto el paraguas.- Dijo Ramón cuando consiguió reunir el valor suficiente.- El viejo sonrió y un hueco dejó ver que había perdido el diente de oro que antes brillaba en su boca.
- No pasa nada. No es imprescindible.
- Pero era lo único que tenías.- Dijo totalmente avergonzado.
- Te equivocas, eso era solo un lujo con el que me permitía cargar. Pero como todos los lujos de la vida, esas cosas que guardamos por si acaso, no son más que lastres que te anclan al suelo y te impiden volar.
- ¿Un lujo?- Preguntó sin entender sus palabras.
- Por supuesto, la vida es como el desierto. Y en el desierto solo hay tres cosas imprescindibles. Una cantimplora llena que solo se bebe hasta la mitad (necesario para el cuerpo), un corazón lleno de amor que solo se da hasta la mitad (necesario para el espíritu) y algo que no pese y valga lo suficiente como para salvar una vida (necesario para salir de un apuro).- Ramón no entendía a que se refería si no era su paraguas, los dos sonrieron y él se avergonzó más todavía.
- Gracias por estar dispuesto a perder tu diente por mi, gracias por la mitad de tu cantimplora pero ¿y el corazón? En el amor yo opino que es mejor darlo todo.- Esa charla en el atardecer del desierto estaba siendo lo más valioso que Ramón jamás aprendería.
- No amigo, tanto en el corazón como en la cantimplora hay que poner la mitad para ti y la mitad para el prójimo.
- ¿Para el prójimo?- Se extrañó Ramón- Tu viajas solo ¿por qué guardar la mitad para el prójimo?
- Si aparece no tendré miedo a dárselo porque es suyo y si no aparece tal vez sea yo quien lo necesite y si no lo he guardado corro el peligro de morir como tu, de sed y de tristeza.
- Tu dijiste el día que nos vimos, que sabias lo que poseías y no lo perderías nunca, Pero ahora todo me lo has dado a mí. Me diste tu agua, cambiaste tu diente por un camello que te ancla al suelo y estás malgastando tu amor conmigo. ¿Qué harás ahora que lo has perdido todo?
- ¿Sabes a que me refería cuando te dije que yo tenía lo que más vale y no lo perdería nunca?- Se acercaban ya a un campamento de tiendas, donde supuso se quedarían pues la noche empezaba a cubrirlo todo con su oscuro manto.
- A tu cantimplora, a tu diente de oro, a tu ,...,
- No. Eso es imprescindible pero no es lo que más vale. Lo que más vale es la mitad del amor que guardo para mí. Pues ese amor por ti te puede hacer conseguir todo aquello que desees, una cantimplora, un diente de oro,..., Sin embargo nada, absolutamente nada material puede hacer que te ames a ti mismo por encima de todas las cosas. Y lo bueno del amor es que nunca se acaba y nunca se malgasta.

Ramón levantó la mirada y observó una figura se acercaba a darles la bienvenida. Sólo cuando estuvo a su lado reconoció a su mujer. Parecía otra persona de la que él dejó en la puerta de aquel hotel. Parecía distinta de la persona con la que compartió sus mejores años. No solo sonreía su boca, también lo hacía con el corazón, con los ojos. Parecía exhalar sonrisas por cada poro de su piel. Supo entonces que ella se amaba más de lo que él la había amado hasta ese momento por eso fue capaz de huir a sanar sus propias heridas, pero la otra mitad de su amor era sólo suyo por eso no pudo más que volver a darle lo que solo a él le pertenecía.

Autora: Nuria L. Yágüez

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sábado, 6 de noviembre de 2010

POR BEBER DE TU VENENO

Quiero caracolear en tu melena,

rizadas olas de un mar que me lleva.
Mecerme en tus pestañas,
arriba y abajo, como el bálsamo de mis entrañas


Beberme el dulce jugo de tu boca.
Me vuelvo loca.
¡Dios mío! ¡Me vuelvo loca!


Que te aparten de mi mente
y de mis manos que te imaginan.
Que se lleven lejos este veneno
¡Lejos! Lejos de mi vida

Texto creado por: Nuria L. Yágüez

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