sábado, 13 de noviembre de 2010

CANCIONES PARA EL OLVIDO

Estaba componiendo un tema maravilloso, "Canciones para el olvido" -dijo con orgullo- hubiera sido un éxito pero,..., se me olvidó el final.




Autora: Nuria López Yágüez

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lunes, 8 de noviembre de 2010

CORAZON DE ARENA

Cuando Ramón bajó del avión y vio su radiante BMW aparcado junto a la pista esperándole tal y como había ordenado, supo que nada iría mal. Esbozó una sonrisa radiante de orgullo y se deleitó mientras bajaba la escalerilla sintiéndose observado y envidiado. Su mujer que bajaba junto a él tuvo una impresión completamente distinta de aquel momento. Ella sabía lo efímero de su reino. Sabía que aquella avioneta privada, aquel coche y sus vestimentas no eran más que una fachada falsa, pues en realidad ellos vivían del dinero, que su suegro había ganado durante años de despacho y del que Ramón estaba dando buena cuenta. Sin embargo todo en la vida tenía un límite y sentía que el de aquella cuenta estaba cerca. Ramón había iniciado sus propios negocios sin la supervisión de su padre hacía un par de años, sin embargo estos no habían pasado de un par de ventas que habían originado casi más gastos que ganancias. Pero ahora había puesto toda la carne en el asador en aquella transacción, que según decía, sería el negocio de su vida. Decía que si salía bien ganarían suficiente dinero al año como para retirarse, cosa que a los treinta y cinco años, ella lo veía como mucho correr. El, por su parte, no parecía poner mucha atención a todo lo que allí se jugaba.

Junto al coche esperaban el traductor y el secretario de su futuro socio marroquí. El dúo observó la bajada del matrimonio con total admiración. Cuando llegaron al pie de la escalerilla, en un descenso que sólo a ella se le hizo largo, Ramón extendió su brazo para dar la mano a las personas que por ellos esperaban y estos le devolvieron el saludo, pero cuando lo hizo ella, los dos bajaron la cabeza en señal de respeto, pues su religión les impedía el contacto físico con una mujer y menos en público. Así que se quedó con la mano suspendida en el aire, confirmando lo que para ella antes era solo una sospecha, y era que no quería estar allí. Ramón sonrió con ironía y eso no ayudó a que se sintiera mejor.

Con la excusa de no sentirse bien después de un viaje tan movido, pidió que la dejaran sola en el hotel y nadie puso ninguna objeción. En aquella preferida soledad, se dedicó a intentar una comunicación telefónica que no consiguió, a solicitar en tres idiomas diferentes que la hicieran llegar un equipaje que no obtuvo y a llorar de desesperación por haber consentido de nuevo, que su marido decidiera por ella en su vida.

Tres horas después, que a ella le parecieron tres días, llamaron a la puerta. Al abrir, el traductor que su marido había contratado para aparentar pues ella hablaba perfectamente varios idiomas, le informó con perfecta corrección que su marido se retrasaría un poco. Sin embargo dos minutos después estaba intentando forzarla a una relación no consentida. Cuando ella consiguió zafarse de su abrazo y echarle por las malas de la habitación tomó la decisión que hacía tiempo debía haber tomado. En ese momento empezaría una nueva vida de independencia, donde nadie la dejaría con la mano tendida por respeto cuando minutos después intentara llevarla a la cama. Una nueva vida donde nadie decidiría por ella.

Cuando salió del hotel dispuesta a tomar el primer avión que la devolviese a Madrid, llegó Ramón ceñudo, en un coche destartalado. Le dirigió una mirada que ella supo interpretar como un “no me preguntes”, pero ella que estaba harta de no preguntar, pregunto. Después de fulminarla con otra mirada, escupió lo que consideraba una respuesta.
- Ya no hay ningún puto jeque árabe, no hay ningún puto negocio, ni hay dinero.
- ¿Y el coche?
- Tampoco hay coche. Me lo han robado. Voy a alquilar un Mercedes y mira lo que me han dado.
- Un Mercedes es. Aunque más que Merche, es la Sra. Mercedes, por la cantidad que años que tiene.
- No me jodas eh!, no me jodas. –Gritó él bastante alterado.
- Adiós.- Dijo ella suavemente sin dejar que su mal carácter la afectara, como pasaba normalmente. Y con la misma suavidad añadió.- Me voy.
- ¿Tú estás loca? ¿Dónde te crees que vas?- Como única respuesta, Ramón recibió una sonrisa.- ¿Pero quién habrás pensado que eres?
- Yo soy,..., yo soy lo mejor que tengo. Lo mejor que he tenido nunca. Y lo que tendré.- afirmó suavemente tratando de invadir a su marido con su tranquilidad.
- Tu no vas a ninguna parte sin mi.- Ella sonrió orgullosa por volver a sentir la protección de su marido, sintiendo que lo estaba consiguiendo.
- Entonces vayámonos juntos.- Dijo ella con cariño.
- Tengo que recuperar mi coche.- Gruñó Ramón mientras cerraba de un portazo.
- Nos íbamos a ir de aquí ricos y mira lo que tienes, una cuenta arruinada.
- Mucho cuidadito que aún tengo lo de mi padre.
- Una vieja tartana que ni siquiera es tuya.
- Yo tengo un BMW – vociferó- Solo tengo que encontrarle.
- Y lo que es peor por no tener no tienes ni el valor de verte arruinado.- Empezaba a sentir que las malas vibraciones de su marido podían afectarle, suspiró profundamente y se decidió.
- Un verdadero hombre de negocios resurge de la nada. Y aunque no esté pasando mi época más boyante, verás como recupero todo lo que he perdido.
- Promesas, promesas y más promesas.-Se la oía decir a ella cuando se dio la vuelta y se fue.
- ¿Dónde vas?- Gritó él- Ven aquí. ¡Ven inmediatamente!- Pero no fue, y él se quedó solo.- Y a ti ¿qué te pasa?- le gritó a un viejo que sentado en el suelo había visto la escena y sonreía.
- Es curioso- dijo el viejo- ver como la gente se aferra a lo que ya no tiene.
- ¿Y tú? ¿A que te aferras tú? ¿A un viejo paraguas que se cae a cachos?
- Yo por lo menos se lo que tengo. Mi viejo paraguas me protege del sol, a ti tu gran BMW ya no te lleva a ningún lado. Yo tengo lo que más vale y nunca lo perderé.

Ramón paso un día entero poniendo denuncias, ante unos policías a los que no entendía, pero que le hacían parecer más culpable que a los auténticos ladrones. Recorriendo barrios de miseria donde en vez de encontrar su coche casi pierde la vida. Y comiendo tierra de desierto y bebiendo sus propias lágrimas porque allí no tenía para nada más y el dinero de su padre no llegaba.

Conducía camino de un pueblo donde según le habían dicho llevaban coches robados. Donde para llegar había que atravesar el desierto, entre pistas de tierra y dunas, y cuando quiso darse cuenta se había perdido. Perdido de todo y hasta de si mismo. El coche no respondió más allá de su propia optimismo y a pocos kilómetros de la nada detuvo su lento caminar. A un largo trecho de que su optimismo le abandonara perdió su voluntad y cansado de subir dunas y bajar dunas, su cuerpo se desplomo entre la arena y el sol. Y lo poco de consciencia que quedaba en su cuerpo se deshidrató bajo el abrasador sol del desierto.

Tiempo después, ni él ni yo supimos cuanto, se despertó sin saber porqué. Cuando consiguió abrir los ojos, solo pudo ver una sombra negra que se alejaba de él. Su boca no estaba tan seca como su conciencia por lo que supo que algo de agua había bebido pero seguía teniendo sed. Descansaba bajo un paraguas negro y destartalado pero le faltaban ciertas cosas como la cartera y las llaves del coche.
- ¡Maldito viejo! No puedo creerme que me haya seguido hasta aquí para robarme la poca miseria que me quedara. No era nada pero era lo único que me quedaba. ¡Maldito ladrón! ¡Maldito avaro!

La misma rabia incapaz de contener que le hacía gritar y gritar se fue convirtiendo en lástima que trajeron un río de lágrimas que rodaron por sus mejillas y se secaron en el mismo instante en que tocaron la abrasante arena. Estafado, maleado y engañado no pudo más y se dejó caer de rodillas en la más clara señal de abatimiento que un hombre de negocios como él se podía consentir. En este momento volvieron a su mente las palabras que le escuchó decir al viejo: “Yo por lo menos se lo que tengo. Mi viejo paraguas me protege del sol, a ti tu gran BMW ya no te lleva a ningún lado. Yo tengo lo que más vale y nunca lo perderé.” Se aferró al paraguas y se levantó de nuevo con un brío nuevo, riendo a carcajadas.
- ¡Mira! Ya has perdido lo único que tenías ¡Viejo loco! Ahora el paraguas es mío. Ahora yo soy el sabio, el paraguas me tapa a mi del sol y sin embargo el coche que piensas robar no anda ¿Quién es el loco ahora? ¿Eh? ¿Quién es el loco?

Mientras pronunciaba estas palabras vio a sus pies la cantimplora vacía del viejo, estaba seguro de haber bebido y su camiseta estaba humedecida. “¿Por qué le habría dado el viejo el poco agua que le quedaba en la cantimplora?” Y como el mismo había gritado, era a el a quien cobijaba el paraguas de los rayos del sol. ¿Habría entendido aquel viejo chiflado ese trueque como un pago por su coche? ¿Habría tratado de ayudarle? ¿Y porque a él?

El sol empezaba ya a derretirse bajo la línea del horizonte cuando una figura humana tirando de un camello apareció en lo alto de una duna. Ramón se levantó como pudo y sacando fuerzas de flaqueza corrió hacia él pidiendo ayuda. Pero débil y deshidratado sus piernas perdían equilibrio a cada paso. Cuando comprendió que aquella persona caminaba hacia él comprobó que era el dueño del paraguas al que se aferraba. Cuando el anciano llegó hasta él, le ayudó a subir al animal sin decir una palabra.
- Mi nombre es Ibrahim, no temas nada vengo a ayudarte.
- Siento haberte roto el paraguas.- Dijo Ramón cuando consiguió reunir el valor suficiente.- El viejo sonrió y un hueco dejó ver que había perdido el diente de oro que antes brillaba en su boca.
- No pasa nada. No es imprescindible.
- Pero era lo único que tenías.- Dijo totalmente avergonzado.
- Te equivocas, eso era solo un lujo con el que me permitía cargar. Pero como todos los lujos de la vida, esas cosas que guardamos por si acaso, no son más que lastres que te anclan al suelo y te impiden volar.
- ¿Un lujo?- Preguntó sin entender sus palabras.
- Por supuesto, la vida es como el desierto. Y en el desierto solo hay tres cosas imprescindibles. Una cantimplora llena que solo se bebe hasta la mitad (necesario para el cuerpo), un corazón lleno de amor que solo se da hasta la mitad (necesario para el espíritu) y algo que no pese y valga lo suficiente como para salvar una vida (necesario para salir de un apuro).- Ramón no entendía a que se refería si no era su paraguas, los dos sonrieron y él se avergonzó más todavía.
- Gracias por estar dispuesto a perder tu diente por mi, gracias por la mitad de tu cantimplora pero ¿y el corazón? En el amor yo opino que es mejor darlo todo.- Esa charla en el atardecer del desierto estaba siendo lo más valioso que Ramón jamás aprendería.
- No amigo, tanto en el corazón como en la cantimplora hay que poner la mitad para ti y la mitad para el prójimo.
- ¿Para el prójimo?- Se extrañó Ramón- Tu viajas solo ¿por qué guardar la mitad para el prójimo?
- Si aparece no tendré miedo a dárselo porque es suyo y si no aparece tal vez sea yo quien lo necesite y si no lo he guardado corro el peligro de morir como tu, de sed y de tristeza.
- Tu dijiste el día que nos vimos, que sabias lo que poseías y no lo perderías nunca, Pero ahora todo me lo has dado a mí. Me diste tu agua, cambiaste tu diente por un camello que te ancla al suelo y estás malgastando tu amor conmigo. ¿Qué harás ahora que lo has perdido todo?
- ¿Sabes a que me refería cuando te dije que yo tenía lo que más vale y no lo perdería nunca?- Se acercaban ya a un campamento de tiendas, donde supuso se quedarían pues la noche empezaba a cubrirlo todo con su oscuro manto.
- A tu cantimplora, a tu diente de oro, a tu ,...,
- No. Eso es imprescindible pero no es lo que más vale. Lo que más vale es la mitad del amor que guardo para mí. Pues ese amor por ti te puede hacer conseguir todo aquello que desees, una cantimplora, un diente de oro,..., Sin embargo nada, absolutamente nada material puede hacer que te ames a ti mismo por encima de todas las cosas. Y lo bueno del amor es que nunca se acaba y nunca se malgasta.

Ramón levantó la mirada y observó una figura se acercaba a darles la bienvenida. Sólo cuando estuvo a su lado reconoció a su mujer. Parecía otra persona de la que él dejó en la puerta de aquel hotel. Parecía distinta de la persona con la que compartió sus mejores años. No solo sonreía su boca, también lo hacía con el corazón, con los ojos. Parecía exhalar sonrisas por cada poro de su piel. Supo entonces que ella se amaba más de lo que él la había amado hasta ese momento por eso fue capaz de huir a sanar sus propias heridas, pero la otra mitad de su amor era sólo suyo por eso no pudo más que volver a darle lo que solo a él le pertenecía.

Autora: Nuria L. Yágüez

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sábado, 6 de noviembre de 2010

POR BEBER DE TU VENENO

Quiero caracolear en tu melena,

rizadas olas de un mar que me lleva.
Mecerme en tus pestañas,
arriba y abajo, como el bálsamo de mis entrañas


Beberme el dulce jugo de tu boca.
Me vuelvo loca.
¡Dios mío! ¡Me vuelvo loca!


Que te aparten de mi mente
y de mis manos que te imaginan.
Que se lleven lejos este veneno
¡Lejos! Lejos de mi vida

Texto creado por: Nuria L. Yágüez

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viernes, 5 de noviembre de 2010

LAGRIMAS DE HIEL

¿Acaso tienes una perdida en tu vida?
¿Acaso pasaste un amanecer a solas?
¿Acaso sabes del dolor de quien a olvidar obligan?
Entonces no me cuentes porque lloras

Autora: Nuria L. Yágüez

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jueves, 4 de noviembre de 2010

CARICIAS AGRIDULCES

Llegaba a tiempo una de esas caricias que levantan el ánimo y animan. Que enternecen el corazón cuando lo miran. Que te sacan del lodazal cuando ya no caminas.
Llegaba a tiempo.

Olga se hundía en la parte más oscura de su corazón desde hacía mucho tiempo y había estado a punto de tirar la toalla. No podía recordar cuando había cambiado su forma de ver la vida. Perdió su sonrisa en algún lugar, en algún momento, y lo más triste es que nunca la había echado de menos. Sólo cuando Sito la tumbó en la cama y acaricio su espalda en la más absoluta oscuridad añoró aquellos momentos. Una lágrima recorrió su garganta e inundó su corazón pero la soledad que había sentido, y de la que había tenido que defenderse, impidió que sus ojos se humedecieran. Olga permanecía tumbada de espaldas a los pies de la cama, y él apoyado sobre su codo, la acariciaba con ternura.
- ¿Qué ves?- Preguntó Sito.
- Nada, está todo a oscuras.- Se dio la vuelta para hablar con él.
- Para mí también y yo si veo. Veo mucha tristeza y veo que estás llorando. No por tus ojos, pero si en tu interior.
- Eres muy sensible, Sito. Pareces el príncipe de un cuento.- Sito le besó la cuenca de los ojos como siempre hacía. Ahuecó su pelo y le acarició el rostro. Adoraba aquel tacto. Sentía como Olga temblaba por el frío de aquella habitación. Él mismo estaba inquieto y no podía parar sus manos, que recorrían con entusiasmo aquella anatomía femenina.- Me encanta como me acaricias.
- Nunca te he pedido nada.- Empezó Sito a hablar con dulzura.- Nunca te he ofrecido nada. No lo hice por miedo a que lo rechazaras.- Medía sus palabras, pronunciándolas lenta y pausadamente por el miedo que tenía a decirlas.- Pero hoy si voy a hacerlo.- Acarició su rostro de nuevo.- Me voy y quiero que vengas conmigo. Quiero pasar el resto de mi vida junto a ti. Te necesito para respirar.
- ¿Dónde vas?- Preguntó como si fuera lo más importante ignorando el resto de su monologo.
- De ti depende. Si tú vienes iremos al paraíso. Y si no vienes iré lejos de todo lo que me recuerde a ti.- Por primera vez en mucho tiempo Olga exteriorizó sus sentimientos y una lágrima rodó por su mejilla.
- No me conoces, Sito. ¿Cómo puedes pedirme algo así?
- Porque me importas más que yo mismo. La parte que conozco de ti es tan bella, que no creo que hubiera nada de aquello que desconozco, que me hiciera cambiar mi forma de verte. Necesito tanto estar a tu lado que podría ir al infierno si tú estuvieras allí. Y sentirme cómodo.
- Te repito que no me conoces.- Sito suspiró cansado.
- Eso es lo que te pido, que me des la opción de conocerte para demostrarte lo verdadero que es mi amor.
- Te adoro.- Olga besos sus labios que tardaron en reaccionar y cuando Sito buscó su boca ella se había tumbado de nuevo. Él buscó su cara y acaricio sus labios en busca de lo que quedaba de aquel beso robado. Mendigo los restos de aquella esencia y suspiró de amor.
- Si es verdad que me adoras, y yo se que es verdad; ven conmigo.- Cada vez que Sito la pedía que fuera con ella una nueva lágrima brotaba de sus ojos.- No llores; es muy fácil, solo tienes que decir que sí.- Olga sonrió con ironía.
- No lo entiendes. No puedo.- Susurró.
- ¿Estás cómoda?
- Sí.
- ¿No ves? No es tan difícil. Acabas de decirlo. Sí; sí; no es tan difícil. Juntas los dientes y dejas que salga el aire. Es más fácil decir “sí” que decir “no”.- Olga sonreía de nuevo.
- No desvaríes. No puedo irme contigo. Mi lugar es este.

Sito abrazó el cuerpo flácido de Olga. Beso su cuello. Ella se dejó besar sin mover un solo músculo de su cuerpo, con los brazos lánguidamente extendidos en cruz. Abandonada a la desgana. Sito buscó su boca y la beso con firmeza, mordió sus labios y acarició su tacto con la lengua. Ella le cogió la cabeza y le beso con sentimientos fingidos. Sito lo intuyó e intentó apartarse pero ella se abrazó a él con fuerza.
- No me beses así. Se que hasta ahora no he sido nada para ti pero ahora quiero ser tuyo.
- Sito por favor. Yo solo,...,
- No Olga, no. No lo digas. Nunca te había besado con pasión porque nunca busqué un beso forzado. Nunca hicimos antes el amor porque no quería sexo, sino amor. Y si lo hicimos el último día que nos vimos, antes de tu viaje fue por amor. O por lo menos yo pensé que era amor, pero ahora creo que me equivoqué.
- No, amor mío. He entendido todo lo que trataste de decirme con gestos, pero no soy más que una ,...,- Olga se detuvo y sentenció- Soy una puta. ¿Sabes lo que es eso?
- Esa será tu profesión pero tus sentimientos hacia mí están muy lejos de eso.- Olga suspiro profundamente pues sabía que era verdad. Estaba ciegamente enamorada de Sito, pero en su cabeza había una tremenda barrera que siempre le había impedido sentir amor por un cliente. Su amor era incapaz de saltar ni derribar aquella barrera pues con el paso de los años ella se había encargado de reforzarla. Sito no dejaba de acariciar su cara y sentía en ella la tensión.- Sobre todo no me ignores.- Suplicó Sito.- Te lo pido por favor, no ignores lo que sientes.
- Vale, es cierto, te quiero más que a nada en el mundo. Pero amo la parte de ti que conozco, no se si podría amar al resto de tu ser como te amo a ti.- En realidad Olga solo había necesitado una cosa de Sito y ya la tenía. Ahora le adoraba por lo que le había enseñado pero lo que le había enseñado era justamente que no necesitaba a nadie. De Sito aprendió que por muy triste que pareciera su vida en ese momento, era su vida porque ella la había elegido para si. Y que cuando ella quisiera podía cambiarla. Porque en su mano estaba el poder hacerlo.- Creo que no te amo como tú me amas a mi y no quiero hacerte daño.
- Probémoslo.- Sito no quería darse por vencido.- Hiéreme, yo se que quien juega con fuego se quema, pero yo tengo el mechero en mi mano y quiero jugar con él. Soy adulto como para decidir si quiero quemarme o no.
- Pero Sito no nos conocemos.- Insistió ella.
- Alfonso Celesner y ¿usted? Olga García ¿Verdad?- Dijo tendiéndole la mano. Se levantó, encendió la luz y sirvió dos vasos de Ron-miel. Él seguía con su mano extendida y ella le puso en ella uno de los vasos. Sito lo bebió de un trago y se dejó caer en la cama de espaldas abatido por la negativa. Él sabía que siempre la había esperado a ella. No sabía porque, pero eran muchos pequeños detalles los que le hicieron saber desde el mismo momento en que los presentaron, que siempre que pensó en una mujer lo hizo en ella. Pero no sabía como hacérselo ver. Temía que si se lo decía directamente ella se asustara y saliera corriendo sin más y la perdiera para siempre.- Tú no lo entiendes pero te necesito a mi lado Olga.

Olga bebía lentamente, en silencio, sentada en el silloncito azul de raso que había junto al tocador. Le miraba y sentía auténtica lástima por él. Ocultó su cara entre las manos y lloró en silencio. Él habló desde su apartado retiro.
- Recuerdo la primera vez que nos vimos. Tú habías ido a la fiesta de un amigo. Yo pude ver desde el primer momento que tu corazón pedía amor. Y tú presentiste con acierto que el mío pedía compañía. Y te detuviste durante veinte minutos, después de tu baile para hablar conmigo. Cuando te levantaste de mi lado empecé a echarte de menos. Y a los diez minutos de irte ya tenía tu teléfono en mis manos. Te llamé y una fría recepcionista me ofreció la tarifa de tus servicios. Yo pregunté “¿Y casarme con ella? ¿Cuánto me costaría casarme con ella?” Ella no sonrió siquiera, pero me dio cita para la noche siguiente. Tú te asombraste cuando después de cenar te dejé en la puerta del taxi sin acariciarte la cara siquiera. Así un día tras otro. Hoy ha sido la primera vez que has venido tú a mí. Es nuestra primera cita sin dinero de por medio. ¿Por qué lo has hecho? Mira en tu interior y dime si no es amor lo que has sentido para llamarme y quedar conmigo.
- Sólo he venido a decirte que no volveremos a vernos nunca más. Te pido que si algún día alguien te pregunta a quien amaste, no le hables de mí. Miente y di que nunca encontraste el amor en tu vida. Nunca pienses en lo que no te pude dar.- Sito sintió como si le atravesaran el corazón con un hierro incandescente.- Quiero que sepas que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero con locura y tú lo sabes. Yo por mi parte, simularé con una sonrisa en los labios, si alguien me pregunta, que nunca te conocí. Y cuando mi hijo me pida que le cuente un cuento, le contaré la historia de una princesa que se enamoró de un trovador ciego que vio una noche en un sueño y que desde entonces vivió para soñar cada noche con él. Y por eso la creyeron loca.
- ¿Tienes un hijo?
- No, todavía no.

Se mantuvieron por un momento absortos en sus pensamientos. Después él se levantó y buscó en el suelo su bastón blanco. Buscó torpemente a Olga en un espacio que le era desconocido, tropezando con todo lo que encontró en su camino. Se arrodillo delante del sillón y se abrazó a ella, puso su cara entre sus piernas y dijo.
- Si quieres que me vaya, muy a mi pesar, me iré. Pero no me pidas que te olvide, porque eso si que no podré hacerlo nunca.
- Vale, no me olvides pero no me recuerdes con el amor con que lo haces ahora, porque me destrozas el corazón.

Estuvieron abrazados toda la noche. Acariciándose con un amor que se les escapaba entre los dedos. A la mañana siguiente abandonaron el hotel y con un abrazo sentenciaron el final de un amor que ninguno de los dos pudo dar por terminado. Un taxi se llevó a Olga y Sito se dio la vuelta para no verlo.

Autora: Nuria L. Yágüez
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