domingo, 13 de febrero de 2011

ALAS PARA VOLAR





Llena de aire tus alas
y dejate llevar,
hasta donde no existan lo recuerdos,
hasta donde dejes de llorar,
y suelta el yunque que cargas
para que puedas despegar.




Autora: Nuria L. Yágüez


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miércoles, 9 de febrero de 2011

CUANDO LA SONRISA QUISO SER MAS QUE UNA SONRISA

         En esos tiempos vivía la sonrisa feliz porque era una sonrisa y las reglas de las sonrisas decían que debía ser feliz y sonreír, sobre todo sonreír. Caminaba por todos lados alegrando a quien se cruzaba con ella y buscando otra sonrisa para confirmar la belleza de una sonrisa. Cuando la sonrisa se encontraba con la apatía, esta terminaba sonriendo. Y aunque con el paso del tiempo recuperaba su condición de apatía por lo menos por un segundo había sonreído.

Un día la sonrisa se encontró con el beso. El beso sonrió y se mostró tan agradecido, que besó a la sonrisa. Así la sonrisa descubrió un sentimiento nuevo que nunca había experimentado. Había descubierto la emoción del amor. Pasaron los días y ese sentimiento no desaparecía. Se sentía turbada, pues a ella siempre la habían dicho que una sonrisa debía ser feliz. Pero ahora además de ser feliz había descubierto que también podía amar.



Entonces corrió en busca de otra sonrisa para pedirle consejo. Al encontrarse con ella, esta le explicó que aparte de ser feliz se podía sentir otros muchos sentimientos. Yo soy jovial y activa. Pero ahora estoy pasando por una etapa de transición y en ocasiones me encuentro triste y desorientada. Necesito hallar el equilibrio emocional que me falta y se que mi condición de sonrisa me ayudará en este nuevo camino. En los días que pasó con ella aprendió algo que le hicieron plantearse muchas cosas. Porque ella siempre había sido feliz siendo una sonrisa, pero se había sentido tan bien sintiéndose amada,..., Se le había despertado una sensación de desasosiego que le hacía sentirse incómoda, quería aprender de todos esos sentimientos que nunca había notado. No entendía como una sonrisa podía estar triste y desorientada sin dejar de ser sonrisa. Pero en realidad ella estaba sintiéndose amada e incluso un tanto confusa por aquella nueva revelación.

Había tantos sentimientos por descubrir que sintió la necesidad de aprender.

La joven sonrisa empezó a observar su entorno aquí y allá. Empezó a intuir los sentimientos que se encontraban detrás de la seriedad, del silbido, del beso, de la negación y del suspiro. Descubrió sentimientos muy bonitos y algunos muy duros, pero ninguno le inspiró como para dar sentido a su felicidad.

Entonces se encontró con otra sonrisa muy adulta y sentados en un banco del parque hablaron. La sonrisa joven pacientemente escuchó cada una de las palabras que la sonrisa mayor pronunció. No pasó por encima de sus palabras. Las esculpió dándoles forma con sus labios como el artista que sabe que está creando una obra para el futuro. Puso todo su amor en cada letra, en cada acento y en casa silencio, para dar ritmo de bolero a su suave canción. Pausadamente explicó con bellas palabras, sin tratar de enseñar, si no de que la joven sonrisa descubriera por si misma, el sentido de los sentimientos.

“Los sentimientos –explicó sin decir- no son para conocerlos, si no para dejarse invadir por ellos” La joven sonrisa nunca supo si aquella lección se la habían enseñado a propósito o no. Solo le hizo mirar dentro de sí misma, para reconocer que la búsqueda había terminado. Este sentimiento que anhelaba era la humildad, la intuición y la pureza de espíritu. Y que lo único que necesitaba era la serenidad y el equilibrio para reconocerlos y disfrutarlos.

Lloro de alegría por saber la riqueza que albergaba en su corazón.

Se rodeó de sabios en el tema y realmente aprendió muchas cosas. Pero ella se sentía diferente a todos aquellos maestros y en su empeño empezó a parecerse más a ellos que a sí misma. Había trabajado buscando la paz espiritual, la serenidad y el equilibrio pero notó que cuanto más se acercaba a ellas más se alejaba de la expresión que siempre le había caracterizado. Estaba dejando de ser sonrisa y entonces dudó.

No muy lejos de allí andaba el abrazo y este como siempre atento a la debilidad, acudió corriendo a abrazarle. La sonrisa recuperó su exquisitez como sonrisa. El abrazo dulce, amoroso, sensible le habló con la sabiduría que le otorgaba haber pasado ya por esa fase del aprendizaje. Nunca pierdas tu sentido de ser –le dijo- busca siempre lo que deseas poniéndolo primero en ti.  Convéncete de que eres sereno y encontrarás serenidad en todo lo que te rodea. Pero no dejes de ser tu mismo. Nadie puede decir que una sonrisa no pueda ser serena. Otros pensarán que una sonrisa no puede ser intuitiva porque si intuye la tristeza de la apatía podría contagiarse. Así que si te lo propones, tú puedes ser lo que tú quieras, pero nunca, nunca trates de ser igual que los demás, sino como tú sientas y necesites ser.

Con el paso del tiempo, mucho trabajo y constancia un día se sorprendió al ver una bella sonrisa, radiante de plenitud, serena y llena de los más bellos sentimientos que jamás conoció.  Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa de inmediato. Deseó ser tal y como ella era, no pondría ni quitaría nada. Quería para si todos y cada uno de los sentimientos que observaba e intuía.
-          Que linda sonrisa eres- le dijo.
-          No soy una sonrisa, soy solo un espejo. Y reflejo lo que veo.

Aquel día y de aquella forma la joven sonrisa descubrió que su etapa de aprendizaje estaba dando sus frutos, pero la humildad que siempre había llevado dentro le hizo reconocer que no había concluido.




 Autora: Nuria L. Yágüez


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lunes, 31 de enero de 2011

FELICIDADES DOCTORA

Hoy quiero hacer una excepción, en honor a una buena amiga, porque me siento muy orgullosa de ella.

La espiral resiliente: Los ritos de paso

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PROMETETE CONMIGO EN MI CAMA



Pro-métete conmigo en mi cama.
Sólo si sientes lo que sentías.
Porque tu piel me recl-ama,
porque la mía se queda fría.
 
Sólo  si estás a-sintiendo
tu amor con la misma alegría.
Y es tan amplia tu mirada
como veo en el espejo la mía.

Pro-téjete una tela con mis manos
que dibujan tu cuerpo menudo,
garaba-te-ando tus curvas de memoria,
imaginándolo siempre desnudo.

Siempre desnudo.


Pero si ya no re-cuerdas el mío
sofocado por tu presencia,
habla solo con tu silencio
y entenderé la evidencia.


Si es así,
siente lo que te late.
Cómete la manzana aunque esté mordida,
Rompe tu coraza.
Aletea y vuela libre.
Agárrate a la vida.
Agárrate a la vida.





Texto creado por: Nuria L. Yágüez


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domingo, 30 de enero de 2011

CULPABLE DE INOCENCIA


Acerina fue desde que nació criada como una princesa. Princesa de una isla con forma de pubis en la cual nunca vivió. Ese era su reino. Un reino que ni conocía, ni reconocía como propio.
-Serás princesa y como princesa vivirás.

        Era princesa por el nombramiento de unos padres que nunca fueron reyes, y todo el mundo la conocería como princesa, a partir de ese momento.

                Solo había una cosa que la princesa Acerina no conseguiría con su cargo y era su propio reconocimiento como soberana.

                A ella le gustaba. Y siempre revindicaba  su nombramiento. - “Soy princesa de una isla bonita, pero reino,.., no. No tengo reino”,- solía decir.  Y solo lo hacía por la impresión que causaba en los demás ese título. Esa frase dicha con sutileza, tal y como ella lo decía,…, causaba admiración. Era esa primera impresión, la que cegaba a todo el mundo, ante la presencia de una princesa, aunque careciera de reino, de trono y de lacayos.
- ¡Santo Dios! ¡Estamos ante una princesa! ¡Y con eso basta!- Gritaban como encantados, aquellos que con ella se topaban.

                Acerina empezó a crear su propio feudo de fantasías y a comportase como la princesa que los demás querían ver. Se vestía como princesa, miraba discretamente como una princesa, sólo hablaba cuando debía hacerlo y acertaba en sus palabras tal y como lo haría una princesa. Eso cegaba a quien la miraba y admiraba. Y a Acerina, tal y como a quien tenía en frente ¡Con eso le bastaba!

Pronto, Acerina empezó a dedicarse a admirar la belleza que otros hicieron. -Quiero viajar- dijo un día. Y viajó a tierras lejanas a aprender del arte de aquellos que ya no podían seguir haciendo arte. Acerina tenía su propia maestría interna, pero admiraba tanto la de los demás, que era incapaz de plasmar su valía interior. La poca gente que era capaz de ver tanta belleza, a pesar de sus esfuerzos por esconderlo, eran rápidamente apartados de su mirada por ella misma. -¡Locos, son locos! Yo soy una princesa, vivo en la realidad no en la fantasía de aquellos que crean.

Cada vez le gustaba más las sensaciones del personaje y menos las de la persona. Por lo que la joven princesa, fue apartando con mayor asiduidad a la joven y mostrando únicamente a la princesa. Y solamente cuando estaba a solas,…, la joven sentía el bienestar de aquellas palabras. Se regodeaba en el sentimiento que despertaba en los demás. Y se esforzaba por que los otros, aquellos que no habían advertido su destreza, demostraran el interés suficiente para reconocerla, y terminar apartados como dementes. Eso la hizo crearse un aura de modestia y simplicidad de la cual carecía, e hizo que la gente le admirara más todavía.

Así la princesa de aquel reino que nadie hallaba, se convirtió definitivamente en un personaje que no existía, y poco a poco empezó a vivir una vida inventada. Vivía como la protagonista de su propio cuento por el día, que era la única Acerina que los demás conocían, y una chica atormentada y de lo más normal por la noche, de la que nadie había oído siquiera hablar.

En aquel espectáculo que ella llamaba vida, viajó al reino de Gamá. En aquel reino habían tres regiones bien diferenciadas, una habitada exclusivamente por hombres, otra por mujeres y una tercera por gente que estaba de transito, entre la región en la que nació y aquella que quería habitar. Era un tiempo de revoluciones, de cambios. Un tiempo en el que aquel reino luchaba por expandirse y conquistar el resto del mundo. Y día a día, batalla a batalla, lo estaba consiguiendo. Y empezaron a ver y ser vistos.

La princesa Acerina había asistido en varias ocasiones a muestras de arte íntimo en estado femenino y le habían gustado. Pero cuando llegó a Gamá el brillo de unos ojos y la sensibilidad de una sonrisa, le hizo desviar por unos segundos la atención de si misma. En dos ocasiones se encontró cara a cara con aquellos ojos. Pero el destello que reflejaban era tan grande, que le impidió ver al personaje que había tras ellos. No lograba ver más allá y eso le llamó la atención de forma especial.
- Son como antorchas en la noche.

Acerina volvió a su reino. Pasaron varias lunas llenas y ella seguía preguntándose que ser podía mirar de aquella forma. Fueron cuatro los lunas llenas, cuatro lunas durante las que volvió a sacar a la princesa que llevaba dentro, pero algunas noches descubría a la joven pensando en aquella sonrisa, en aquella mirada, en el sentimiento que se despertaba en ella cuando la recordaba.
- ¿Por qué miran así? ¿Qué se esconde tras ellos? ¿Por qué sonríen? ¿Quién ve a través de esa estrellas?

Así, que volvió a Gamá y movió sus fichas de modo que aquellos ojos fueran hacia ella, como haría una princesa delicada. Y lo consiguió. Sin mucho esfuerzo lo consiguió, pues también estaban llenos de curiosidad.

Pero había algo tras aquellos ojos que la conmocionó más que su brillo.

Acerina montó su propio espectáculo íntimo al que la poseedora de aquella mirada fue invitada. Todo transcurrió tal y como ella había previsto. Observó con estupor que el ser, que miraba de aquella forma no era un personaje inventado como el que ella mostraba, si no una persona que vivía de forma coherente como una simple mortal, mostrándose tal y como era. -¡Que osadía! –se dijo a si misma- ¡Qué peligro! ¡Exponerse de esa forma, sin máscara, ni armas, ni armadura!

La noche se tornó en juegos,….,  y los juegos,…,  en seducción.

La princesa cometió un grave error. El espectáculo se alargó demasiado y llegó un momento en el que la princesa, fue perdiendo su forma de princesa. Se fue diluyendo el efecto de aquel brebaje mágico, llamado imaginación, que la llevaba al estado de princesa. Y conforme la niebla del personaje se deshacía,…, iba apareciendo la joven Acerina.
- ¡Dios como puede ser! Esos ojos siguen mirando del mismo modo. Incluso horas y horas mas tarde,.., ¡brillan más todavía! ¡No me mires así!- Llegó a suplicar.
- ¿Cómo? – preguntó con una sonrisa extrañada.
- ¿Cual es tu brebaje? ¿Quién es tu hechicero?
- ¿Mi hechicero? -pero entonces comprendió- Mi hechicero es el amor, mi brebaje la honestidad.

                Mareada por la invasión de sentimientos, la joven Acerina que había aparecido aquella noche salió corriendo en busca del abrigo de su mentira. Se cobijó en la soledad de sus aposentos donde recomponer a la princesa. Durmió su desconcierto y a la mañana siguiente los padres de la princesa, aquellos que nunca fueron reyes, terminaron de alentar su cuento de princesa, para reparar los daños sufridos.
- No quiero verte más, no quiero volver a saber de ti.- Decía la nota que dio a su mensajero para que entregara a los ojos que desmontaban su cuento. -Yo no soy la princesa que tú ves.- La respuesta no se hizo esperar.
- Conozco a la princesa, conozco a la plebeya, respeto y suspiro por las dos. Y así lo he demostrado en todo momento. Sólo deseo que no sufra ninguna de ellas, y que aprenda cada una a convivir con la otra. Deseaba que las tres pudiéramos terminar de conocernos en armonía pero si ninguna de las dos lo deseáis así,…, partiré discretamente y abandonaré hasta el último recoveco de tu memoria.

                La joven Acerina sintió miedo de si misma. Un miedo más grande que aquel que le había hecho inventar a la princesa. Había conocido a una soberana a una auténtica princesa que solo dejaba ver su lado de plebeya. Y solo los que la conocían y ella se dejaba conocer, disfrutaban con la presencia de la princesa, la Princesa de los ojos tristes.  

      Acerina sintió un escalofrío se difuminó en sus mentiras en aquellas tierras lejanas donde nadie ponía en duda su palabra, donde ni siquiera eran capaces de preguntarse quién era la princesa Acerina, y sentenciaron que la mentira vivía en el reino de la princesa de los ojos tristes. Sentencia: ¡CULPABLE!



 Autora: Nuria L. Yágüez


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