miércoles, 1 de diciembre de 2010

SAN BORONDON


         A la tía Jose la habían bautizado como Josefina, pero decidió que la llamáramos Jose, cuando notó que el “fina” lo iba perdiendo conforme ganaba kilos. Pasaba de los 120 y eso que la faltaba una pierna. Mi hermano Carlos y yo siempre quisimos pesarle la otra, para ver cuanto podía llegar a pesar en total, pero ella nos decía que no quería quitársela pues la había llegado a tomar cierto cariño y temía dejársela olvidada en cualquier rincón. Carlos y yo sabíamos perfectamente como la había perdido pero nos encantaba escuchar sus historias, que en ocasiones cuando nos daba contestaciones así, y se quedaba tan fresca, nos dejaba boquiabiertos. En la época en que perdió la pierna ella vivía en las Islas Canarias, donde había emigrado siguiendo a un novio que una vez enrolado en un buque mercante, nada más volvimos a saber de él. Unos años después volvió para visitar a los abuelos y allí se quedó para ayudarlos pues ellos ya eran mayores. Cuando papá fue llamado para hacer la guerra, donde desapareció sin que nadie supiera si andaba vivo o muerto, nosotros nos mudamos a la casa de los abuelos, donde pasé los mejores años de mi vida. Era una casa grande de dos plantas, donde hasta la luz se perdía, por eso casi todas las habitaciones eran oscuras.

         En las tardes de verano a la hora de la siesta las mujeres salían al porche que daba al jardín a coser y Carlos y yo nos escondíamos tras las grandes pilistras para escuchar sus conversaciones. A veces eran aburridas pero en otras ocasiones teníamos que hacer grandes esfuerzos para no reírnos o enmudecer nuestras expresiones de asombro. Una tarde mamá le pidió a tía Jose que no nos calentara la cabeza con sus historias sobre marinos e islas que no existían y tía Jose contestó que si era mejor que creciéramos pensando en padres perdidos en una guerra que nadie entendía. Mamá se enfadó “eres una solterona que vive de recuerdos inventados sin bajar de las nubes”, le gritó mamá, “envidiosa” contestó la tía, entonces las dos gritaron hasta que la hermana muda de la abuela, que también vivía con nosotros, golpeó el suelo con su bastón y ambas se sentaron y siguieron cosiendo en silencio, rumiando sus pensamientos. Desde entonces valorábamos más sus clandestinas historias, contadas a oscuras en los dormitorios, en el hueco de la escalera o detrás de las pilistras, pero sobre todo a escondidas de mamá. Aprendimos a diferenciar el sonido del bastón de la hermana muda de la abuela, del de las muletas de la tía Jose, para poder avisarla que todavía no nos habíamos dormido y pasara así a contarnos otra de esas historias que hacían volar nuestra imaginación infantil hasta límites infinitos.
-          Tía cuéntanos otra vez la historia de cómo perdiste tu pierna.- Pidió Carlos un día que mamá salió con las dos abuelas a comprar panecillos blancos y leche en polvo de contrabando. Yo adoraba aquella historia y era casi capaz de contarla a la vez que ella y con sus mismas palabras. Pero prefería escucharla en silencio mientras me adormecían el susurro de sus pensamientos.
-          Yo, en aquellos entonces, era una joven moza en edad casadera,- así empezaba siempre la historia de la pierna perdida,- que había salido huyendo del abrigo del abuelo para perderme en el desaliento de un novio que nada quiso saber de mi.

Yo imaginaba a la tía con setenta kilos menos, las dos piernas y una figura como las de las chicas que salían en los anuncios de Soberano, pero siempre fui incapaz de ponerle cara, a ese chulo que dejó a mi tía sola en una isla desconocida para ella. Pero como siempre se acordaba de decirnos después de lo de “porque yo siempre me he enamorado como una loca pero nunca he llorado por un hombre” y antes de lo de “y por eso hice mías las siete islas conocidas y aquella a la que muchos ni siquiera se atreven a ponerla nombre”, a ella “nunca se la ponía nada por delante y salió de la tristeza en los brazos de otro hombre".
-          Así que un día, mientras yo esperaba en el puerto como tantas tardes a mi novio fugado, bajó un marinero de un barco y me dijo “que estrella se habrá apagado hoy en el cielo que la luna ha perdido su sonrisa”. Me dio un bombón y a partir de ahí fuimos amigos. Cada lunes yo recibía en mi casa una caja de bombones. Miraba los papeles de colores brillantes donde siempre ponía su nombre Elgorriaga.

Mi tía llamaba a aquel señor, que nosotros adoptamos como tío para que tuviese una familia conocida, Gorriaga, porque decía que el artículo, sólo lo lleva el palo de la escoba y la pata de la cama.
-          Y por fin un día me dijo que dejaba su sueño de toda una vida porque había algo en tierra que le hacía imposible alejarse de allí. Unas semanas después me dijo que tenía una sorpresa para mí. Cuando llegamos al puerto, el intenso sol se reflejaba en el casco blanco de un precioso velero. Deseé con los puños y los ojos cerrados que esa fuera la sorpresa y cuando pude ver el nombre de la placa me quedé petrificada. “Este es el sueño para el que llevo ahorrando toda mi vida, te presento al Santa Josefina”. Cuando el viento hincho las velas y el sol se reflejó en la arboladura, hicieron de la vela mayor la vela más blanca que jamas había visto.

>>  Al principio navegábamos guiándonos por la costa y cuando calló la noche nos guiábamos por las estrellas. Yo le veía manejar el sextante y las cartas náuticas; buscaba la estrella Polar, Altaír y Vega, hacía sus cálculos mediante la altitud y su posición y así sabía donde estábamos. Para mí era todo un misterio. Y por más que él se empeñara en explicarme yo no conseguía entenderle. De pronto una noche el cielo se cubrió de arena. No veíamos nada, que no produjera nuestra imaginación. En unas horas llegó el viento para llevarse la arena pero lo que trajo fueron unas olas enormes que bailaban a varios metros sobre nuestras cabezas. Habíamos recogido las velas y yo, mareada como un ratón en un barril de ron, me balanceaba de babor a estribor sin poder ayudar en nada. -Tengo que aclarar que cuando mi tía contaba las historias de sus novios siempre utilizaba términos marineros para meternos en la historia.- Entonces intenté agarrarme al palo mayor según llegaba de un paseo por la proa, pero la botavara me golpeó en la cabeza haciéndome caer al agua. Un momento después al Santa Josefina se lo tragó una ola. Por la mañana amanecimos en una playa trozos del forro del barco, el foque y parte de mí.

En aquellos entonces mi madre ya se había encargado de romperme todas mis ilusiones, contándome que la tía Jose jamás había estado en aquellas islas, que siempre había estado gorda y que la pierna se la habían cortado por culpa de la gangrena después de que la atropellara un carro cuando era solo una niña. Pero yo seguía amaneciendo tirado en la playa junto a ella cada vez que oía esa historia.
-          Aquella isla, llamada San Borondón, jamás existiría para nadie más,..., que para mí.- En esa frase su voz siempre se quebraba un poco y necesitaba tomar un poco de aliento para no soltar la lágrima que debía permanecer colgada en el lagrimal hasta el final de la historia.- Como me explicaron después, me habían dejado llegar allí, porque había sido la única persona capaz de sobrevivir a los colmillos del tiburón que custodiaba la isla, en la pelea solo había perdido mi pierna, pero me había ganado la posibilidad de vivir en el paraíso a cambio de un precio que jamás me revelarían. Porque la isla de San Borondón, es un paraíso con palmeras tan altas que rascan la barriga de las nubes y una arena tan blanca que en ocasiones daña los ojos, pero depende de nosotros mismos que siga siendo así.

>>  En aquella isla vive el espíritu de cada uno de nosotros y allí vamos a parar después de nuestra muerte, los que en vida se lo han ganado. Nadie puede verlos porque nadie jamas ha estado allí. En aquella isla sólo vive San Borondón, que fue quien cuidó de mí hasta que las heridas de mi pierna cicatrizaron por si solas. Cuando el sol brilla todos los espíritus salen a jugar con los rayos del sol, bucear con los delfines y corretear por la playa volando cometas invisibles como ellos. Y pueden oírse sus risas y ver sus pisadas aparecer como por arte de magia sobre la arena blanca. Sin embargo cuando uno de nosotros hace el mal, una nube negra cubre toda la isla, y una tormenta como la que me llevó allí, descarga miles de litros de agua y los espíritus no pueden salir a jugar. Por eso cuando nos portamos mal luego nos sentimos tristes por dentro, porque nuestro espíritu se aburre. Además hacemos que los demás sufran también, porque sus espíritus deben aguardar a que escampe, para poder jugar con nosotros.

Esta era la moraleja del cuento pero a pesar de que nosotros la conocíamos perfectamente ella siempre nos la explicaba con pelos y señales.
-          El caso es que una noche mientras dormía en la playa, en una hamaca que me había hecho con el foque, se levantó una gran tormenta de aire. El foque sobre el que dormía, que no pudo olvidar que había sido vela, se hincho haciéndome volar por los aires, y llevándome de vuelta a casa. No tuvieron tiempo de cobrarse ese alto precio del que me hablaron por sobrevivir al naufragio, pero siempre desee saber que habría podido yo pagar en aquellas circunstancias. Del pobre Gorriaga nunca más volví a saber, sin embargo las cajas de bombones seguían llegando, quizás desde el fondo del mar. Nadie creyó mi historia y yo jamás pude encontrar la isla de nuevo, por eso volví a casa cuando el abuelo enfermó. Ya nada me retenía allí. Sin embargo los bombones empezaron a llegar a esta nueva dirección, de la que Gorriaga nada sabía.

Desde el primer día que oí esa historia, no pude entender porque la gente no había creído a mi tía. De acuerdo que cueste un poco creer que el foque no se hubiera olvidado de que había sido vela, que los espíritus fueran invisibles y sus pisadas aparecieran en la arena y sobre todo que Gorriaga siguiera mandándola bombones desde el fondo del mar,..., Pero si mi tía lo había visto es que existía.  Quizás exagerara un poco algunos detalles, como que las olas bailaran a varios metros sobre su cabeza o como que las palmeras acariciaran la barriga de las nubes, pero eso era sólo su forma de contarlo. Cuando mamá me dijo que la tía jamás había salido de casa de los abuelos empecé a ver algunas grietas en la historia, pero aún así me encantaba escucharla y guardé el secreto para que Carlos no sufriera la crueldad de mamá como la había sufrido yo.

Nunca había vuelto a pensar en aquella historia de la tía pero hace unos días tuve la suerte de que mi barco tomara puerto en una de las Islas Canarias. Las historias de la tía volvieron a mi mente y hace un rato tuve que detener mi paseo, al escuchar a un viejísimo mendigo que contaba cuentos a los niños a cambio de unas monedas en la plaza de Santa Ana, donde hasta las palomas se habían parado a escuchar.
-          Tardé tres semanas en llegar a allí. Y al cuidado de un viejo santo me curé de mis heridas. No había tenido tiempo todavía de acomodarme a mi ceguera para salir en busca de mi amada cuando la vela sobre la que descansaba se hincho por efecto de viento y me trajo aquí de vuelta. Ya hace muchos años de aquella historia. Pero no me moriré antes de conseguir volver a aquella isla, donde perdí mi vista, un brazo y lo que más valía, mi gran amor.
-          ¿Cómo es la isla de San Borondón?- Pregunté, y mis palabras hicieron que el viejo se detuviera un momento a pensar.
-          Es un paraíso donde pueden oírse las risas de los niños a todas horas. Las palmeras son tan altas que rascan la barriga de las nubes y la arena es tan blanca que hace daño en los ojos.
-          Pero si tú eres ciego ¿cómo puedes saberlo?
-          San Borondón no aparece en los mapas, ni en los libros, pero si cerramos los ojos todos podremos verla. San Borondón es una isla que todos llevamos en nuestro interior, es como nuestra conciencia y de nosotros depende que sea algo bello como el paraíso o algo horrible como la isla de las tempestades. Así como tú la veas, así es la isla de San Borondón, y así será tu interior.

Me detuve un momento y me quedé mirando a aquel viejo con grietas horadadas en su rostro y ojos blancos y ciegos derretidos por el sol. Solo unas pobres monedas descansaban sobre su caja vieja de bombones. Saqué los pocos billetes que tenía en mi cartera y se los puse en la mano.
-          Toma Gorriaga, pero a ella ya no la encontrarás allí.

Su mano se aferró a mi brazo con fuerza y permaneció en silencio, perdido en sus recuerdos. Con la otra mano acarició mi cara y su respiración se aceleró con cada gesto. Los niños se levantaron del suelo y siguieron con sus juegos, pues como ya conocían la historia de memoria, sabían que había concluido. Las palomas echaron a volar y allí nos quedamos solos, agarrados el uno al otro y a nuestros buenos recuerdos. Por fin él me preguntó.
-          ¿Volveré a verla?
-          Si, te lo aseguro, volverás a verlas,..., a las dos. Cuando llegues a San Borondón ella te estará esperando.


 Autora: Nuria L. Yágüez



Seguir leyendo(...)


domingo, 28 de noviembre de 2010

VIVIENDO CON LO PUESTO

Río, brinco y salto,
y casi nunca me lamento,

disfrutando lo que tengo
aunque viva con lo puesto.

Brindo, siento y canto,
y de todo me sorprendo.

Si siento que algo he perdido
es porque un día me fue dado
y como vivo el día a día
seguro lo he disfrutado.


Texto creado por: Nuria L. Yágüez

Leer más de la autora      Leer más poesía

Seguir leyendo(...)


jueves, 25 de noviembre de 2010

CONDENA AL MALTRATO DE GENERO


25N Día internacional contra el maltrato

Hola cariño, se que estas en casa y borras los mensajes porque de no ser así hace veinte días que
se habría agotado la cinta.  Por favor cógeme el teléfono,...,   No podemos seguir así, no podemos
seguir eludiendo nuestras responsabilidades.  Si tu no quieres hablar conmigo deja por lo menos que
hable yo con ella ,..., Si cambiaras de opinión llámame. Un beso


Hola Amanda soy yo otra vez. Hoy me he pasado por casa Y he visto luz. Se que estáis ahí aunque no quieras hablar conmigo, pero tu contestador es terco y me sigue la corriente. Creo que tengo algún derecho aunque solo sea por los años que viví contigo. Tengo derecho a ver a mi hija y a verte a ti porque siempre serás mi esposa. Tengo derecho a que me des una explicación y me digas exactamente qué ha pasado para que estemos así. No me creo lo de ese amante tuyo. Creo que es mentira lo que pasa es que es más fácil decirme eso. Me dices que hay otro para que me enfade y no insista. Lo malo es que duele, aunque piense que es mentira duele. Quiero ver a mi hija. Necesito ver a mi hija. Ya no por mí, sino por ella. Pienso que se la romperá el corazón, si no está conmigo, si no habla conmigo. Sabes que siempre hemos estado muy unidos. Os hecho tanto de menos,..., Hecho de menos aquellos besos y aquellas caricias, pero ya no es solo eso. Te echo de menos a ti. Aquel juramento de querernos hasta la muerte sigue vivo en mí. Y sé que en ti también, aunque no quieras reconocerlo.


Hola Amanda estoy aquí de nuevo al otro lado de la puerta. Te estoy oyendo llorar y sé que tú puedes oírme a mí mientras grabo el mensaje en tu contestador. ¿Sabes? ya es intimo amigo mío. No llores por favor. No sé que estará pasando por tu cabeza pero debe ser muy grave para que me eludas de esta forma. Me rompe el corazón oírte llorar al otro lado de la puerta. Nunca te había visto llorar y estoy preocupado. Ábreme. Déjame al menos que seque tus lágrimas, que te consuele mi hombro y te abracen mis brazos. Tal vez un médico pueda ayudarnos. La psiquiatría está muy avanzada y seguro que tiene un remedio para lo que quiera que te esté pasando. No es nada del otro mundo tener que acudir a un psiquiatra. He estado informándome y estoy dispuesto a ir contigo si él lo creyera conveniente.

Te quiero ahora más que nunca, porque sé que ahora me necesitas. Me estoy quedando sin batería pero hablaré hasta que se corte. Ayer la vecina de enfrente me trajo un café, porque hacía frio mientras esperaba a que volvierais de la calle. Pero no te vi. Probablemente me viste tú primero y os fuisteis y volvisteis cuando me quedé dormido. ¿Pasaste por encima de mí? Se hacen largas las horas sin ti. Esperando a que un día me abras este muro infranqueable que es mi propia casa. Esa coraza que te creció en el corazón se hará más dura mientras no hablemos. Sigues llorando y cada lágrima que cae sobre tu regazo se clava en mi alma como un arpón. Necesito veros a las dos. Y besaros los labios, como siempre he hecho. Necesito acariciarte el pelo. Tu pelo rubio y sedoso. Sé que algo debo haber hecho aunque no sepa el qué. Tú deberías decírmelo, deberíamos ha ,..., piiii


Hola mi niña vuelvo a ser yo. Hoy he ido a ver a tu psicólogo y no le he sacado la más mínima palabra. Me ha dicho que te echaba de menos y que te ha llamado pero no le has cogido el teléfono. Yo creo que ha sido compasión. Creo que pensó que me sentiría muy mal si me hubiese dicho que con él si hablas. Si en realidad es así, que no le coges el teléfono a él tampoco, creo que deberías hacerlo. Tal vez hablar con él pueda ayudarte. Tal vez pueda ayudarnos. Tal vez yo también debería hablar con él, eso podría ayudarte a ti. Todo lo hago por ti. Mi mente es un mar de dudas y no creo que él sea capaz de aclarármelas. Pero tú sí. He decidido que si hoy tampoco me hablas voy a darte tiempo y distancia. No seguiré esperando día tras día al otro lado de tu puerta. Voy a alejarme unos días para que puedas pensar en paz. Así que si a partir de mañana no escuchas mis mensajes desesperados no me echéis de menos, ni tu contestador ni tú. Bueno os quiero mucho a la niña y a ti pero debo irme.


Eh tu. Sé que ayer te prometí no volverte a llamar pero que cojones es mi casa y llamo porque me sale de los,...,


Se me ha cortado. Que salgas de una puta vez, ¡ostias! Eres una,..., ¡Coño déjame el teléfono! Es mi mujer y la llamo lo que quiero. Dame el puto teléfono. ¡Quita joder! Que leches voy a empeorar, si ya no hay nada que pue,...,


Hola Amanda. Quiero pedirte perdón. Ayer estaba muy borracho y no era consciente de mis actos. Me junte con Julio y me calentó la cabeza demasiado. Creo que ahora sí que lo he jodido todo, pero tú sabes que ni pienso, ni he actuado nunca de ese modo. No sé ni lo que dije. No hay palabras suficientes para pedirte perdón, porque sé que no hay perdón que valga. No sabes hasta que punto estoy arrepentido. Tanto que estuve a punto de coger mis llaves y entrar a por la cinta del contestador. Pero te prometí no usarlas hasta que tú me dieras permiso y yo siempre cumplo mis promesas. A pesar de lo que puedan traer consigo. Tanto que un día jure amarte hasta la muerte y a pesar de que tú dudes de lo que un día estabas tan segura, yo no. Y a pesar de que se me rompa el corazón en mil pedazos y lo pises con crueldad, no dejaré de amarte nunca. Bueno como también te prometí darte un poco de distancia esta será mi última llamada.


Hola Amanda. Hoy hace tres días de mi última llamada y las cosas no han cambiado, pero hoy es el cumpleaños de mi hija y me gustaría felicitarla. Por favor, déjame hablar con ella. ,.., Solo llamo para eso

No puedo creer que me nieges esto que te pido, solo quiero felicitarla. Que sepa que su padre se sigue acordando de ella cada minuto que vive. No sabes hasta que punto me ha costado no llamaros estos días. No sabes lo que me costó veros pasar la otra tarde a dos metros de mí y morderme la lengua para no saludaros. Pero tal vez tú lo habrías interpretado como una traición. Yo no os busque pasasteis por delante de mi pensión. Ibas camino del psicólogo, de modo que ahora sé que por lo menos con él si que hablas. Si tú quieres que las cosas sigan así sumidas en este eterno monólogo entre tu contestador y yo, así seguirán. Pero quiero que sepas que no es grato ni para mí, ni para nadie estar sentado en tu felpudo como un perro esperando las sobras de tu amor. No obstante creo que mi paciencia es más grande que mi desánimo, así que resistirá. La niña también es mía y tengo el mismo derecho que tú sobre ella. Solo digo que no me gustaría tener que actuar como esos padres que desaparecen con sus hijos para hacer sufrir a las madres. Piénsalo, es tu decisión.


Hola Amanda he vuelto a ir a tu psicólogo. En un principio me dijo que ya no ibas pero le aseguré que te había visto salir de su consulta y finalmente dio su brazo a torcer. Aun así no quiso contarme nada. Dice que sus consultas son íntimas, que se debe al secreto profesional. No lo entiendo, si tu vas a contar nuestras historias a un tio a cambio de dinero ¿qué intimidad puede haber en ese acto? Lo único que me dijo es que estabas mejorando y cuando insistí me amenazó con llamar a la policía. Entonces le dije que de acuerdo que si a ti podía aconsejarte por dinero, que yo le pagaría para que me aconsejara a mí. Supongo que ya lo sabrás porque hoy ha sido día de consulta y él no estaba, pero quería que supieras mi versión de los hechos. El podría haber tergiversado las cosas, así que no me quedó más remedio que hacerle lo que le hice. No quisiera que supieras lo que le dolió en primera persona.


Sigo aquí, un día más haciendo guardia ante tu puerta. Me estoy empezando a cansar, así que creo que cambiaré de táctica. Me he comprado una tienda de campaña y haré una manifestación en tu jardín. En nuestro jardín. Huelga de hambre. Suena duro, pero tú me estás empujando a ello. He dejado el trabajo para poder vigilarte a todas horas. Así no podrás salir de mi casa sin toparte conmigo. Ni siquiera comprarás el pan sin ver mi fea cara. Tal vez así te dignes a dirigirme la palabra aunque solo sea para pedirme paso. A mirarme a los ojos para apartarme de una patada. A recordar que un día fui parte de tu vida, todo eso sabrás cuando pases por encima de mí. Y si no sales o se te ocurriera llamar a la policía atente a las consecuencias.


Ya estoy aquí. Ya no podrás volver a deshacerte de mí nunca más. Ya no podrás hacer que mi hija se olvide que un día tuvo un padre. ¿Qué la dirás cuando la tengas que decir que no podéis salir de casa? No creo que la hayas dicho como otras estúpidas que su padre murió y está en el cielo cuidando de ella. No, tú no eres así. No eres tan inteligente como para poder inventar una historia completa. Déjame verla o empezaré la huelga de hambre en este mismo instante. Es la última vez que te lo pido. Bueno Amanda odio tener que haber llegado aquí pero la próxima vez que hablemos será aquí fuera. O en el cementerio. Porque te aseguro que o das tu brazo a torcer o esto llegara a la muerte. Pero porque tenemos que morir sin luchar. ¿Sabes qué te digo? Tengo la llave en la mano y voy a usarla. Voy a entrar y si quieres lucha lucharemos porque estoy muy cabreado. Tú me has obligado a hacerlo de nuevo. Luego no vayas a denunciarme, y si es así diles que te lo has merecido.
Vamos Valentín. Ya has tenido suficiente.
¿Quién es usted? ¿Quien ha llamado a la policía?
Vámonos Valentín. Sabes que esta no es tu mujer, que jamás has tenido una hija y que si dejas de tomar la medicación te pasan estas cosas. Venga vámonos. Tienes una sorpresa en el psiquiátrico ¿Sabes? Hemos plantado un árbol, tú nos diste la idea. Venga levanta. Buen chico. Apaga el móvil y dime de donde lo has sacado.

Hay más locos que los reconocidos
Nadie merece encontrarse con uno de ellos


 Autora: Nuria L. Yágüez

Seguir leyendo(...)


miércoles, 24 de noviembre de 2010

EL HOY EN UN ANILLO

La vida da muchas vueltas
redondas como un anillo.
No preguntes por el mañana,…,
Hoy solo se que te sigo

No busques un porque.
Tiritas como un pajarillo herido.
Anida hoy aquí en mi pecho,
si no me hieres; yo te cuido.

No preguntes por el mañana
y arrima tu fuego al mío,
que por muy valiente que me veas
mi alma también tiene frío.


Autora: Nuria L. Yágüez

Leer más de la autora      Leer más poesía

Seguir leyendo(...)


domingo, 21 de noviembre de 2010

LOS OJOS DE LA OSCURIDAD

Hoy es mi corazón el que cabalga entre mis costillas. Hoy soy yo la que se ha esforzado por sorprender tu alma. Hoy me he levantado temprano con el deseo de ver tu sonrisa ilusionada. Me he preparado un gran desayuno casi a oscuras y me he sonreído ante el espejo. Soy esa que me ha devuelto la sonrisa con entusiasmo. Al salir a la calle, vi el sol anaranjado saliendo por el horizonte y me he dicho que este será un gran día. Y hoy, es un gran día.

Ahora espero en la estación del metro. Siento una emoción casi incontrolable por verte y que me veas. Aquí, esperándote, con el nerviosismo que me provoca la propia alegría de estar aquí. Todavía no has llegado y me entretengo mirando las caras dormidas e inexpresivas de la gente. Y pienso que soy la única que siente una inmensa felicidad de estar aquí, en esta estación gris, fría e impersonal. Viene un tren con cientos de seres acostumbrados a pasar por aquí a diario, que caminan como autómatas en su rutina. Te retrasas y empiezo a preguntarme si será esta la estación que me dijiste. Pero creo que sí, así que sigo esperando.

Me parece que fue ayer mismo cuando hablamos de este lugar y hace casi ya tres meses. Tu esperabas en el ascensor y yo me acerqué a ti por detrás. Al abrirse las puertas me cediste el paso y yo me sorprendí porque pensaba que no me habías visto. Tu sonrisa como siempre radiante y tu exquisita educación volvieron a reflejarse en tus palabras.
- Hola Nora ¿Cómo estás?
- Bien gracias. A casa a descansar que ya es hora- Te dije por no decirte que estaba hasta las narices de trabajar.
- Eso está bien, hoy hemos trabajado duro y nos merecemos un buen descanso.- Tu siempre eres correcto y aunque ahora me encanta, al principio me irritaba que siempre tuvieras en la recámara las palabras que yo esperaba escuchar.




De pronto el ascensor se detuvo entre dos pisos y todas las luces se apagaron. No había movimiento. El pánico había entrado con nosotros en el ascensor sin ser visto y ahora se había abalanzado sobre mí sin compasión. Tú no hablabas. Mi respiración empezó a acelerarse como si en vez de bajar los doce pisos que habíamos bajado en ascensor lo hubiera hecho a pie.
- Nora. -Creo que estaba rezando en alto, como siempre hago cuando el terror me invade con sus horribles tentáculos y eso a ti te pareció insólito.- ¿Nora?- Tus manos torpes avanzaron por la oscuridad hasta tocar mi hombro.- No te asustes, no pasa nada.- Entonces fui yo la que se aferró a  tu brazo mientras gritaba.
- Nora, no pasa nada, Nora, tranquila.- susurraste mi nombre.
- Son las once y media, no creo que quede nadie en el edificio. ¿Quién nos va sacar?
- Esto es un apagón momentáneo, enseguida vendrá la luz y continuaremos bajando.
- ¡Por un apagón de luz no se para el ascensor, imbécil!- Yo chillaba como una rata histérica mientras tu tratabas de mantener la calma por los dos. Cosa que me irritaba más todavía.

Fue entonces cuando comprendiste hasta que punto estaba asustada y cuando yo comprendí que además de los nervios estaba a punto de perder mi puesto de trabajo. Tu no dijiste nada. Me abrazaste con fuerza y empezaste a chistar como una serpiente en mi oído.
- Schissss. Venga tranquila. Te aseguro que no pasará nada. Schisssss. Posiblemente haya habido una sobrecarga de luz y el ascensor se habrá parado como método de seguridad.- Decías mientras me acariciabas el pelo.- Schisss, mientras estemos abrazados no pasará nada.
- Tengo fobia  a los sitios cerrados. Pero es la oscuridad la que me descontrola.- Conseguí decirte algo más calmada.
- Schisss, no pienses ahora en eso. No pienses en nada, schisss.- El simple contacto contigo me había hecho relajarme pero tus palabras como siempre oportunas aclararon en gran parte mis dudas.
- Prométeme que no pasará nada.- Te pedí.
- Schisss, -seguíamos abrazados y el aire que se escapaba entre tus dientes acariciaba mi oído.- No va a pasar nada.- Tus palabras transmitían seguridad y poco a poco iban apaciguando mis nervios. De pronto me dijiste- ¿Puedes recordar mi rostro?
- ¿Qué?- Pregunté sin saber que pretendías.
- Verás, yo describiré tu rostro y luego tú el mío.

Tratabas de alejar mi atención del problema y lo estabas consiguiendo. Empezaste a describir mi cara con una precisión extrema. Parecía como si lo estuvieras viendo en ese momento. Cada detalle de mi cara lo explicabas con paciencia y ternura, con seguridad, sin titubear.  Tu hablar pausado, educado, dulce, casi meloso iba embaucándome. Como una balsa que se mece en la corriente, al vaivén de las olas, ora arriba ora abajo, cadencioso, sereno. Tus palabras hipnotizaban mi mente y desnudaban mi alma. Ya no podía escuchar lo que decían. Tu voz llegaba a mis oídos desde muy lejos, como el rumor del viento en la rendija de una ventana. No conseguía comprender su mensaje, pero su tono grave alejó mis miedos.
- Ahora te toca a ti.- Volví a la realidad.
- ¿Qué? No ,..., no, no me atrevería.- Conseguí decir tartamudeando.

Sin verte, se que sonreíste. Entonces tus dedos ciegos tocaron mi boca y mis labios desearon besar los tuyos. Nos amamos lentamente sin rozarnos, nos dijimos cosas maravillosas en silencio y permanecimos abrazados toda la noche. Casi sin rozarnos. Cuando por la mañana abrieron la puerta, el jefe de comerciales y la secretaria del director salieron con rostros cansados y se fueron a sus respectivas casas. Pero en nuestro interior habíamos experimentado algo más. Algo que jamás olvidaré. Había nacido una gran amistad.

Fue así como aprendimos a besarnos con la mirada y amarnos con la sonrisa. Pero si a vista de los demás, incluida la nuestra, no podíamos amarnos, en nuestras mentes no teníamos límite.

Me extraña que no hayas llegado todavía. Miro el reloj y me pregunto si será el primer día en toda tu vida que llegues tarde. Justamente hoy que te estoy esperando. He visto llegar a tanta gente que no sé si te habrás ido sin llegar a vernos. Tal vez estés enfermo. Podría ser. Tal vez no fuera ésta la estación donde me dijiste que cogías el metro. Sólo hablamos una vez de ello, pero puedo recordarlo como si fuera ayer. Si no vienes antes de que llegue el siguiente tren optaré por irme, no puedo seguir esperando o seré yo la que llegue tarde.

- No puedo creer que recuerdes mi cara con tanta exactitud.- Te dije cuando nos sentamos cansados sobre tu abrigo.
- Siempre me he fijado en ti.- Tu voz seguía adulando mi cuerpo y alabando mi ego.-  Tienes una clase especial.
- Yo nunca había pensado en ti de esta forma. Te veía tan,..., inaccesible.
-  ¿Inaccesible?- Preguntaste incrédulo.
- Tú eres jefe. Tu tienes un despacho y una plaza de aparcamiento reservada. No creo haberte visto nunca en la parada del autobús.
-  No soy como los otros jefes.- Aseguraste con total convencimiento.- Yo vengo en metro, porque el autobús te deja más retirado. Como en el comedor de empleados  y no creo haberte visto nunca allí, por eso no creo que seas ,..., inaccesible.- Por primera vez te veía ponerte a la defensiva, y me gustó importunarte.
- Ahora ya lo sé, pero a mí me lo parecías.- Dije restándole importancia al asunto.
- ¿Porqué vienes en autobús?
- Es más cómodo.- Te mentí, sin conseguir que lo creyeras.- Lo cojo en la puerta de casa y me deja ahí mismo.
- Pero tienes que coger dos autobuses. El metro sin embargo es directo. Si bajas un par de calles puedes cogerlo en Argüelles. Y desde allí viene directo.
- Mario, ¿sabes donde vivo?- Hablabas como si realmente lo supieras.
- A cuatro manzanas de mi casa. Te he visto varias veces. Pero no te dije nada porque me parecías una persona ,..., - dudaste un momento y añadiste con una pícara sonrisa- ,..., inaccesible.

Me parecía mentira que supieras tantas cosas sobre mi vida. Hablamos toda la noche, sin pasar de las palabras. Sin embargo en nuestras mentes aprendimos a querernos. Fue después; casi cuatro días más tarde, cuando llegó a la oficina un ramo de rosas con una nota anónima. “Esta tarde estaré en el Afnac a las 19:30, busca el disco de Luz Casal, necesito verte otra vez a solas.” Mi forma de ser es asustadiza por naturaleza. El miedo volvió a atenazarme el estómago y pasé muy mal día. ¿Quién necesitaba verme otra vez? ¿Quién me había visto alguna vez a solas? ¿Quién estaría allí? Mi mente no paraba de hacerse preguntas y no podía concentrarse en su trabajo. Recuerdo que al pasar por mi mesa comentaste “bonito ramo, es una pena que haya algunas rosas que se marchiten”. Pienso que viste la duda en mi rostro e intentaste darme una pista. El caso es que sin saber porque a la hora acordada me encontraba  tras un expositor mirando hacia la esquina donde me habían dicho que estaba ese disco. Pasaban ya diez minutos y nadie conocido se detuvo en ese lugar. Por fin me acerque con desconfianza y al buscar el disco, que me habías dicho, vi una nota. "Gracias por venir, ahora si tú también quieres verme, ve al área de lectura, te estaré esperando. Mario”.  Sonreí como una tonta y corrí hacia donde me habías dicho. No se porque pero supe que tenías la seguridad de que iría. Cuando llegué me besaste en los labios como si lo hubieras hecho toda la vida. Reconocí el brillo de tus ojos, sabor de tus labios, reconocí el olor de tu perfume, la suavidad de tu tacto y la dulzura de tus palabras. Fue como llegar a mi hogar, a ese lugar donde siempre había estado antes. Nos fuimos a tu casa cogidos de la mano e hicimos el amor lentamente.

- Siempre te he querido.- Me susurraste al oído.
- Yo siempre te he esperado.- Después apagaste la luz y notaste como mi cuerpo se tensaba. Acariciaste mi espalda mientras chistabas.
- Schiss. ¿Te atreverías ahora a describir mi cara?
- No.- Dije con mucha tensión.
- Schiss, no hace falta que lo hagas con palabras. Piensa en alguna parte de mí que te guste y trata de imaginarla en movimiento. Siempre que tengas miedo piensa en algo que te guste.

Yo recordé tus ojos. Parpadeaban lentamente. Almendrados, claros, brillantes, pero sobre todo sinceros. Me habías regalado el disco y me dijiste que la segunda canción la podías haber escrito para mí, pero que le dejaste el privilegio a Luz Casal. Me gustó. Sonaba lenta, a un  volumen moderado, hablaba de que siempre confiarías en mi. Después de hacer el amor tenía tu aroma impregnado en mi cuerpo y desnudos sobre las ropas de la cama seguíamos abrazados. Cantabas la canción como si la hubieras escuchado muchas veces. Me enamoraste por segunda vez.

Ya no puedo esperar más cuando llegue al trabajo buscaré un momento para llamarte. Estoy preocupada, me extraña tanto que no estés ya aquí ,..., . Alguien se ha parado a mi espalda y sé que eres tu. He vuelto a olerte. Tu perfume me está abrazando por la espalda. Me hago la remolona y disimulo como si no lo hubiera notado. Por fin me doy la vuelta sonriendo, pero no eres tu. He perdido la sonrisa y decido irme en el siguiente tren.

Nuestros encuentros siempre fueron así. Cada vez más esperados pero en el fondo, sorpresivos y sorprendentes. Me llegaba una entrada de teatro por correo y casualmente tú tenías la de al lado. Volvíamos a vernos. Un día aparecía sobre mi mesa un billete de tren y un bono de hotel. Siempre ese hotel al lado del mar. El día del viaje, casualmente tú ibas sentado a mi lado y no tenías donde dormir. Me gusta ese tipo de sorpresas, porque ahora sé que vienen de ti. Me regalas la ilusión del amor cada día. El que en la oficina nadie lo sepa me gusta pues cuando nos miramos nos decimos cosas que sólo tu y yo comprendemos. Es un aliciente más.

Por fin llega el metro. Viene lleno y nos apretujamos unos contra otros. Eso me altera un poco, pero cierro los ojos y los tuyos aparecen en mi mente. Vuelven a parpadear con esa cadencia lenta con que siempre suelen hacerlo. De pronto me sonríen. Entramos en el túnel y mi corazón sonríe como tus ojos. Lo he superado. He superado mis miedos y me hubiera gustado enormemente que hubieras estado aquí para verlo.

Llegamos a la siguiente estación y nos detenemos. El siguiente túnel lo pasaré con los ojos abiertos. Es todo un reto pero sé que lo superaré, porque aún puedo ver tus ojos. De pronto abro los míos y te veo allí, sonriendo. Me alegro contigo desde la distancia pero tu desvías la mirada con nerviosismo. La mujer que va a tu lado, te habla al oído y tu ya no te atreves a mirarme. Sigues con la mirada ausente. Ahora es ella la que se ríe pero tu no consigues levantar la vista del suelo, que no puedes llegar a ver por las apreturas. Te besa en la oreja y tú la rehuyes pero ya está todo claro. Entramos en el túnel y con los ojos abiertos, veo los tuyos que parpadean lentamente. Pero ellos ya no sonríen, yo sin embargo sí. No te guardo rencor. Me has dado algo que vale más que todos los besos que pudieras darme en toda tu vida y tu sin embargo ni siquiera lo sabes.

Al llegar a la oficina, preparo mi trabajo como todos los días. Tú te has hecho el remolón y has llegado cinco minutos después. Cuando entras te miro sonriendo como siempre. Desde que te conozco, siempre lo he hecho. Tú no te atreves a mirarme. Al pasar junto a mi mesa te digo como todos los días.

- Buenos días Mario.
- Hola.- Susurras escuetamente. Yo sonrío, pero tu no.

 
 Autora: Nuria L. Yágüez

Seguir leyendo(...)