martes, 7 de diciembre de 2010

EL ANTERIOR ALCALDE

Vicente Holgado nunca puso demasiado empeño por demostrar a nadie, ni siquiera a si mismo, que supiera hacer otra cosa, más que aquella para la que el alcalde, le había propuesto. Y era por eso que nadie, ni siquiera el mismo, sabía lo que era capaz de hacer.

Cuando con doce años quedó huérfano de padre y madre, mandaron un nuevo alcalde y este le propuso como aguador del ayuntamiento, y como no hubo ninguna oposición, cada mañana, su único trabajo era mantener fresca el agua de todos los botijos del ayuntamiento. Se lo tomaba muy en serio. Y lo hacía muy bien. Cuando el agua corriente llegó al ayuntamiento, Vicente Holgado creyó que su vida laboral terminaría allí mismo, pues el no sabía hacer otra cosa. Vicente se vino abajo. Pero el señor alcalde le propuso de pregonero y como no hubo ninguna objeción, ocupo sin reparo alguno su nuevo trabajo. Pero el progreso le seguía los pasos y también le relegó de su puesto de pregonero. Aquel día Vicente Holgado pensó. “En veinte años he pasado por dos trabajos diferentes y siempre ando con la mosca detrás de la oreja porque tarde o temprano siempre me echan. Pensándolo bien, el único puesto que no ha variado es el del alcalde.” Y como no hubo ningún voto en contra, destituyeron al anterior alcalde y le nombraron a él. En 17 años no tomó ninguna decisión por propia voluntad. Cuando hubo que tomarla, él sin saber que hacer, acudía a pedir consejo al anterior alcalde, y si no había ninguna réplica, que nunca la hubo, se hacía lo que él decidía. Una mañana Vicente Holgado subió al desván de su casa y algo llamó su atención. Una trompeta envuelta en una polvorienta tela de hilo descansaba enmudecida entre trastos viejos. Vicente se la llevó a la boca y se sorprendió de la bella melodía que arrancó del viejo instrumento. Fue a ver al anterior alcalde para enseñarle su descubrimiento. - Es curioso- dijo- cuando mi madre murió descubrí que bajo su colchón guardaba una imagen de un joven trompetista en una calle oscura delante de un cartel de luces de colores. A la vuelta de la foto había unas letras escritas pero no sé leer. Así que no sé que decían. Yo siempre desee ser él. Siempre deseé ser trompetista en un viejo club de París. Y hoy curiosamente descubro que de tanto ver aquella foto, aprendí a tocar la melodía que yo le imaginaba. - Aquel trompetista era el hermano de tu padre. Las letras decían que mientras que aquella trompeta sonara él la amaría, y que mantuviera la esperanza de que volvería a por ella. Unos meses después recibió su trompeta. Y supo que si él no la hacía sonar, ya nunca sonaría. Por eso tu madre decidió darte un padre y se casó con el alcalde, guardaron la trompeta donde jamás nadie la hiciese sonar y vivieron por tu felicidad. Por eso, si de verdad sabes tocarla, debes hacerlo, para que ella no olvide nunca lo que él la amó. –Y tras su aclaración, se le enturbió la mirada de recuerdos y el corazón de nostalgia. Esa misma tarde Vicente Holgado salió de su casa con destino a París, decidido a tocar aquella melodía todos y cada uno de sus días, y dejó solo a su padre en aquel pueblo, donde ya solo vivía el anterior alcalde.    
 Autora: Nuria L. Yágüez

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

SAN BORONDON


         A la tía Jose la habían bautizado como Josefina, pero decidió que la llamáramos Jose, cuando notó que el “fina” lo iba perdiendo conforme ganaba kilos. Pasaba de los 120 y eso que la faltaba una pierna. Mi hermano Carlos y yo siempre quisimos pesarle la otra, para ver cuanto podía llegar a pesar en total, pero ella nos decía que no quería quitársela pues la había llegado a tomar cierto cariño y temía dejársela olvidada en cualquier rincón. Carlos y yo sabíamos perfectamente como la había perdido pero nos encantaba escuchar sus historias, que en ocasiones cuando nos daba contestaciones así, y se quedaba tan fresca, nos dejaba boquiabiertos. En la época en que perdió la pierna ella vivía en las Islas Canarias, donde había emigrado siguiendo a un novio que una vez enrolado en un buque mercante, nada más volvimos a saber de él. Unos años después volvió para visitar a los abuelos y allí se quedó para ayudarlos pues ellos ya eran mayores. Cuando papá fue llamado para hacer la guerra, donde desapareció sin que nadie supiera si andaba vivo o muerto, nosotros nos mudamos a la casa de los abuelos, donde pasé los mejores años de mi vida. Era una casa grande de dos plantas, donde hasta la luz se perdía, por eso casi todas las habitaciones eran oscuras.

         En las tardes de verano a la hora de la siesta las mujeres salían al porche que daba al jardín a coser y Carlos y yo nos escondíamos tras las grandes pilistras para escuchar sus conversaciones. A veces eran aburridas pero en otras ocasiones teníamos que hacer grandes esfuerzos para no reírnos o enmudecer nuestras expresiones de asombro. Una tarde mamá le pidió a tía Jose que no nos calentara la cabeza con sus historias sobre marinos e islas que no existían y tía Jose contestó que si era mejor que creciéramos pensando en padres perdidos en una guerra que nadie entendía. Mamá se enfadó “eres una solterona que vive de recuerdos inventados sin bajar de las nubes”, le gritó mamá, “envidiosa” contestó la tía, entonces las dos gritaron hasta que la hermana muda de la abuela, que también vivía con nosotros, golpeó el suelo con su bastón y ambas se sentaron y siguieron cosiendo en silencio, rumiando sus pensamientos. Desde entonces valorábamos más sus clandestinas historias, contadas a oscuras en los dormitorios, en el hueco de la escalera o detrás de las pilistras, pero sobre todo a escondidas de mamá. Aprendimos a diferenciar el sonido del bastón de la hermana muda de la abuela, del de las muletas de la tía Jose, para poder avisarla que todavía no nos habíamos dormido y pasara así a contarnos otra de esas historias que hacían volar nuestra imaginación infantil hasta límites infinitos.
-          Tía cuéntanos otra vez la historia de cómo perdiste tu pierna.- Pidió Carlos un día que mamá salió con las dos abuelas a comprar panecillos blancos y leche en polvo de contrabando. Yo adoraba aquella historia y era casi capaz de contarla a la vez que ella y con sus mismas palabras. Pero prefería escucharla en silencio mientras me adormecían el susurro de sus pensamientos.
-          Yo, en aquellos entonces, era una joven moza en edad casadera,- así empezaba siempre la historia de la pierna perdida,- que había salido huyendo del abrigo del abuelo para perderme en el desaliento de un novio que nada quiso saber de mi.

Yo imaginaba a la tía con setenta kilos menos, las dos piernas y una figura como las de las chicas que salían en los anuncios de Soberano, pero siempre fui incapaz de ponerle cara, a ese chulo que dejó a mi tía sola en una isla desconocida para ella. Pero como siempre se acordaba de decirnos después de lo de “porque yo siempre me he enamorado como una loca pero nunca he llorado por un hombre” y antes de lo de “y por eso hice mías las siete islas conocidas y aquella a la que muchos ni siquiera se atreven a ponerla nombre”, a ella “nunca se la ponía nada por delante y salió de la tristeza en los brazos de otro hombre".
-          Así que un día, mientras yo esperaba en el puerto como tantas tardes a mi novio fugado, bajó un marinero de un barco y me dijo “que estrella se habrá apagado hoy en el cielo que la luna ha perdido su sonrisa”. Me dio un bombón y a partir de ahí fuimos amigos. Cada lunes yo recibía en mi casa una caja de bombones. Miraba los papeles de colores brillantes donde siempre ponía su nombre Elgorriaga.

Mi tía llamaba a aquel señor, que nosotros adoptamos como tío para que tuviese una familia conocida, Gorriaga, porque decía que el artículo, sólo lo lleva el palo de la escoba y la pata de la cama.
-          Y por fin un día me dijo que dejaba su sueño de toda una vida porque había algo en tierra que le hacía imposible alejarse de allí. Unas semanas después me dijo que tenía una sorpresa para mí. Cuando llegamos al puerto, el intenso sol se reflejaba en el casco blanco de un precioso velero. Deseé con los puños y los ojos cerrados que esa fuera la sorpresa y cuando pude ver el nombre de la placa me quedé petrificada. “Este es el sueño para el que llevo ahorrando toda mi vida, te presento al Santa Josefina”. Cuando el viento hincho las velas y el sol se reflejó en la arboladura, hicieron de la vela mayor la vela más blanca que jamas había visto.

>>  Al principio navegábamos guiándonos por la costa y cuando calló la noche nos guiábamos por las estrellas. Yo le veía manejar el sextante y las cartas náuticas; buscaba la estrella Polar, Altaír y Vega, hacía sus cálculos mediante la altitud y su posición y así sabía donde estábamos. Para mí era todo un misterio. Y por más que él se empeñara en explicarme yo no conseguía entenderle. De pronto una noche el cielo se cubrió de arena. No veíamos nada, que no produjera nuestra imaginación. En unas horas llegó el viento para llevarse la arena pero lo que trajo fueron unas olas enormes que bailaban a varios metros sobre nuestras cabezas. Habíamos recogido las velas y yo, mareada como un ratón en un barril de ron, me balanceaba de babor a estribor sin poder ayudar en nada. -Tengo que aclarar que cuando mi tía contaba las historias de sus novios siempre utilizaba términos marineros para meternos en la historia.- Entonces intenté agarrarme al palo mayor según llegaba de un paseo por la proa, pero la botavara me golpeó en la cabeza haciéndome caer al agua. Un momento después al Santa Josefina se lo tragó una ola. Por la mañana amanecimos en una playa trozos del forro del barco, el foque y parte de mí.

En aquellos entonces mi madre ya se había encargado de romperme todas mis ilusiones, contándome que la tía Jose jamás había estado en aquellas islas, que siempre había estado gorda y que la pierna se la habían cortado por culpa de la gangrena después de que la atropellara un carro cuando era solo una niña. Pero yo seguía amaneciendo tirado en la playa junto a ella cada vez que oía esa historia.
-          Aquella isla, llamada San Borondón, jamás existiría para nadie más,..., que para mí.- En esa frase su voz siempre se quebraba un poco y necesitaba tomar un poco de aliento para no soltar la lágrima que debía permanecer colgada en el lagrimal hasta el final de la historia.- Como me explicaron después, me habían dejado llegar allí, porque había sido la única persona capaz de sobrevivir a los colmillos del tiburón que custodiaba la isla, en la pelea solo había perdido mi pierna, pero me había ganado la posibilidad de vivir en el paraíso a cambio de un precio que jamás me revelarían. Porque la isla de San Borondón, es un paraíso con palmeras tan altas que rascan la barriga de las nubes y una arena tan blanca que en ocasiones daña los ojos, pero depende de nosotros mismos que siga siendo así.

>>  En aquella isla vive el espíritu de cada uno de nosotros y allí vamos a parar después de nuestra muerte, los que en vida se lo han ganado. Nadie puede verlos porque nadie jamas ha estado allí. En aquella isla sólo vive San Borondón, que fue quien cuidó de mí hasta que las heridas de mi pierna cicatrizaron por si solas. Cuando el sol brilla todos los espíritus salen a jugar con los rayos del sol, bucear con los delfines y corretear por la playa volando cometas invisibles como ellos. Y pueden oírse sus risas y ver sus pisadas aparecer como por arte de magia sobre la arena blanca. Sin embargo cuando uno de nosotros hace el mal, una nube negra cubre toda la isla, y una tormenta como la que me llevó allí, descarga miles de litros de agua y los espíritus no pueden salir a jugar. Por eso cuando nos portamos mal luego nos sentimos tristes por dentro, porque nuestro espíritu se aburre. Además hacemos que los demás sufran también, porque sus espíritus deben aguardar a que escampe, para poder jugar con nosotros.

Esta era la moraleja del cuento pero a pesar de que nosotros la conocíamos perfectamente ella siempre nos la explicaba con pelos y señales.
-          El caso es que una noche mientras dormía en la playa, en una hamaca que me había hecho con el foque, se levantó una gran tormenta de aire. El foque sobre el que dormía, que no pudo olvidar que había sido vela, se hincho haciéndome volar por los aires, y llevándome de vuelta a casa. No tuvieron tiempo de cobrarse ese alto precio del que me hablaron por sobrevivir al naufragio, pero siempre desee saber que habría podido yo pagar en aquellas circunstancias. Del pobre Gorriaga nunca más volví a saber, sin embargo las cajas de bombones seguían llegando, quizás desde el fondo del mar. Nadie creyó mi historia y yo jamás pude encontrar la isla de nuevo, por eso volví a casa cuando el abuelo enfermó. Ya nada me retenía allí. Sin embargo los bombones empezaron a llegar a esta nueva dirección, de la que Gorriaga nada sabía.

Desde el primer día que oí esa historia, no pude entender porque la gente no había creído a mi tía. De acuerdo que cueste un poco creer que el foque no se hubiera olvidado de que había sido vela, que los espíritus fueran invisibles y sus pisadas aparecieran en la arena y sobre todo que Gorriaga siguiera mandándola bombones desde el fondo del mar,..., Pero si mi tía lo había visto es que existía.  Quizás exagerara un poco algunos detalles, como que las olas bailaran a varios metros sobre su cabeza o como que las palmeras acariciaran la barriga de las nubes, pero eso era sólo su forma de contarlo. Cuando mamá me dijo que la tía jamás había salido de casa de los abuelos empecé a ver algunas grietas en la historia, pero aún así me encantaba escucharla y guardé el secreto para que Carlos no sufriera la crueldad de mamá como la había sufrido yo.

Nunca había vuelto a pensar en aquella historia de la tía pero hace unos días tuve la suerte de que mi barco tomara puerto en una de las Islas Canarias. Las historias de la tía volvieron a mi mente y hace un rato tuve que detener mi paseo, al escuchar a un viejísimo mendigo que contaba cuentos a los niños a cambio de unas monedas en la plaza de Santa Ana, donde hasta las palomas se habían parado a escuchar.
-          Tardé tres semanas en llegar a allí. Y al cuidado de un viejo santo me curé de mis heridas. No había tenido tiempo todavía de acomodarme a mi ceguera para salir en busca de mi amada cuando la vela sobre la que descansaba se hincho por efecto de viento y me trajo aquí de vuelta. Ya hace muchos años de aquella historia. Pero no me moriré antes de conseguir volver a aquella isla, donde perdí mi vista, un brazo y lo que más valía, mi gran amor.
-          ¿Cómo es la isla de San Borondón?- Pregunté, y mis palabras hicieron que el viejo se detuviera un momento a pensar.
-          Es un paraíso donde pueden oírse las risas de los niños a todas horas. Las palmeras son tan altas que rascan la barriga de las nubes y la arena es tan blanca que hace daño en los ojos.
-          Pero si tú eres ciego ¿cómo puedes saberlo?
-          San Borondón no aparece en los mapas, ni en los libros, pero si cerramos los ojos todos podremos verla. San Borondón es una isla que todos llevamos en nuestro interior, es como nuestra conciencia y de nosotros depende que sea algo bello como el paraíso o algo horrible como la isla de las tempestades. Así como tú la veas, así es la isla de San Borondón, y así será tu interior.

Me detuve un momento y me quedé mirando a aquel viejo con grietas horadadas en su rostro y ojos blancos y ciegos derretidos por el sol. Solo unas pobres monedas descansaban sobre su caja vieja de bombones. Saqué los pocos billetes que tenía en mi cartera y se los puse en la mano.
-          Toma Gorriaga, pero a ella ya no la encontrarás allí.

Su mano se aferró a mi brazo con fuerza y permaneció en silencio, perdido en sus recuerdos. Con la otra mano acarició mi cara y su respiración se aceleró con cada gesto. Los niños se levantaron del suelo y siguieron con sus juegos, pues como ya conocían la historia de memoria, sabían que había concluido. Las palomas echaron a volar y allí nos quedamos solos, agarrados el uno al otro y a nuestros buenos recuerdos. Por fin él me preguntó.
-          ¿Volveré a verla?
-          Si, te lo aseguro, volverás a verlas,..., a las dos. Cuando llegues a San Borondón ella te estará esperando.


 Autora: Nuria L. Yágüez



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domingo, 28 de noviembre de 2010

VIVIENDO CON LO PUESTO

Río, brinco y salto,
y casi nunca me lamento,

disfrutando lo que tengo
aunque viva con lo puesto.

Brindo, siento y canto,
y de todo me sorprendo.

Si siento que algo he perdido
es porque un día me fue dado
y como vivo el día a día
seguro lo he disfrutado.


Texto creado por: Nuria L. Yágüez

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jueves, 25 de noviembre de 2010

CONDENA AL MALTRATO DE GENERO


25N Día internacional contra el maltrato

Hola cariño, se que estas en casa y borras los mensajes porque de no ser así hace veinte días que
se habría agotado la cinta.  Por favor cógeme el teléfono,...,   No podemos seguir así, no podemos
seguir eludiendo nuestras responsabilidades.  Si tu no quieres hablar conmigo deja por lo menos que
hable yo con ella ,..., Si cambiaras de opinión llámame. Un beso


Hola Amanda soy yo otra vez. Hoy me he pasado por casa Y he visto luz. Se que estáis ahí aunque no quieras hablar conmigo, pero tu contestador es terco y me sigue la corriente. Creo que tengo algún derecho aunque solo sea por los años que viví contigo. Tengo derecho a ver a mi hija y a verte a ti porque siempre serás mi esposa. Tengo derecho a que me des una explicación y me digas exactamente qué ha pasado para que estemos así. No me creo lo de ese amante tuyo. Creo que es mentira lo que pasa es que es más fácil decirme eso. Me dices que hay otro para que me enfade y no insista. Lo malo es que duele, aunque piense que es mentira duele. Quiero ver a mi hija. Necesito ver a mi hija. Ya no por mí, sino por ella. Pienso que se la romperá el corazón, si no está conmigo, si no habla conmigo. Sabes que siempre hemos estado muy unidos. Os hecho tanto de menos,..., Hecho de menos aquellos besos y aquellas caricias, pero ya no es solo eso. Te echo de menos a ti. Aquel juramento de querernos hasta la muerte sigue vivo en mí. Y sé que en ti también, aunque no quieras reconocerlo.


Hola Amanda estoy aquí de nuevo al otro lado de la puerta. Te estoy oyendo llorar y sé que tú puedes oírme a mí mientras grabo el mensaje en tu contestador. ¿Sabes? ya es intimo amigo mío. No llores por favor. No sé que estará pasando por tu cabeza pero debe ser muy grave para que me eludas de esta forma. Me rompe el corazón oírte llorar al otro lado de la puerta. Nunca te había visto llorar y estoy preocupado. Ábreme. Déjame al menos que seque tus lágrimas, que te consuele mi hombro y te abracen mis brazos. Tal vez un médico pueda ayudarnos. La psiquiatría está muy avanzada y seguro que tiene un remedio para lo que quiera que te esté pasando. No es nada del otro mundo tener que acudir a un psiquiatra. He estado informándome y estoy dispuesto a ir contigo si él lo creyera conveniente.

Te quiero ahora más que nunca, porque sé que ahora me necesitas. Me estoy quedando sin batería pero hablaré hasta que se corte. Ayer la vecina de enfrente me trajo un café, porque hacía frio mientras esperaba a que volvierais de la calle. Pero no te vi. Probablemente me viste tú primero y os fuisteis y volvisteis cuando me quedé dormido. ¿Pasaste por encima de mí? Se hacen largas las horas sin ti. Esperando a que un día me abras este muro infranqueable que es mi propia casa. Esa coraza que te creció en el corazón se hará más dura mientras no hablemos. Sigues llorando y cada lágrima que cae sobre tu regazo se clava en mi alma como un arpón. Necesito veros a las dos. Y besaros los labios, como siempre he hecho. Necesito acariciarte el pelo. Tu pelo rubio y sedoso. Sé que algo debo haber hecho aunque no sepa el qué. Tú deberías decírmelo, deberíamos ha ,..., piiii


Hola mi niña vuelvo a ser yo. Hoy he ido a ver a tu psicólogo y no le he sacado la más mínima palabra. Me ha dicho que te echaba de menos y que te ha llamado pero no le has cogido el teléfono. Yo creo que ha sido compasión. Creo que pensó que me sentiría muy mal si me hubiese dicho que con él si hablas. Si en realidad es así, que no le coges el teléfono a él tampoco, creo que deberías hacerlo. Tal vez hablar con él pueda ayudarte. Tal vez pueda ayudarnos. Tal vez yo también debería hablar con él, eso podría ayudarte a ti. Todo lo hago por ti. Mi mente es un mar de dudas y no creo que él sea capaz de aclarármelas. Pero tú sí. He decidido que si hoy tampoco me hablas voy a darte tiempo y distancia. No seguiré esperando día tras día al otro lado de tu puerta. Voy a alejarme unos días para que puedas pensar en paz. Así que si a partir de mañana no escuchas mis mensajes desesperados no me echéis de menos, ni tu contestador ni tú. Bueno os quiero mucho a la niña y a ti pero debo irme.


Eh tu. Sé que ayer te prometí no volverte a llamar pero que cojones es mi casa y llamo porque me sale de los,...,


Se me ha cortado. Que salgas de una puta vez, ¡ostias! Eres una,..., ¡Coño déjame el teléfono! Es mi mujer y la llamo lo que quiero. Dame el puto teléfono. ¡Quita joder! Que leches voy a empeorar, si ya no hay nada que pue,...,


Hola Amanda. Quiero pedirte perdón. Ayer estaba muy borracho y no era consciente de mis actos. Me junte con Julio y me calentó la cabeza demasiado. Creo que ahora sí que lo he jodido todo, pero tú sabes que ni pienso, ni he actuado nunca de ese modo. No sé ni lo que dije. No hay palabras suficientes para pedirte perdón, porque sé que no hay perdón que valga. No sabes hasta que punto estoy arrepentido. Tanto que estuve a punto de coger mis llaves y entrar a por la cinta del contestador. Pero te prometí no usarlas hasta que tú me dieras permiso y yo siempre cumplo mis promesas. A pesar de lo que puedan traer consigo. Tanto que un día jure amarte hasta la muerte y a pesar de que tú dudes de lo que un día estabas tan segura, yo no. Y a pesar de que se me rompa el corazón en mil pedazos y lo pises con crueldad, no dejaré de amarte nunca. Bueno como también te prometí darte un poco de distancia esta será mi última llamada.


Hola Amanda. Hoy hace tres días de mi última llamada y las cosas no han cambiado, pero hoy es el cumpleaños de mi hija y me gustaría felicitarla. Por favor, déjame hablar con ella. ,.., Solo llamo para eso

No puedo creer que me nieges esto que te pido, solo quiero felicitarla. Que sepa que su padre se sigue acordando de ella cada minuto que vive. No sabes hasta que punto me ha costado no llamaros estos días. No sabes lo que me costó veros pasar la otra tarde a dos metros de mí y morderme la lengua para no saludaros. Pero tal vez tú lo habrías interpretado como una traición. Yo no os busque pasasteis por delante de mi pensión. Ibas camino del psicólogo, de modo que ahora sé que por lo menos con él si que hablas. Si tú quieres que las cosas sigan así sumidas en este eterno monólogo entre tu contestador y yo, así seguirán. Pero quiero que sepas que no es grato ni para mí, ni para nadie estar sentado en tu felpudo como un perro esperando las sobras de tu amor. No obstante creo que mi paciencia es más grande que mi desánimo, así que resistirá. La niña también es mía y tengo el mismo derecho que tú sobre ella. Solo digo que no me gustaría tener que actuar como esos padres que desaparecen con sus hijos para hacer sufrir a las madres. Piénsalo, es tu decisión.


Hola Amanda he vuelto a ir a tu psicólogo. En un principio me dijo que ya no ibas pero le aseguré que te había visto salir de su consulta y finalmente dio su brazo a torcer. Aun así no quiso contarme nada. Dice que sus consultas son íntimas, que se debe al secreto profesional. No lo entiendo, si tu vas a contar nuestras historias a un tio a cambio de dinero ¿qué intimidad puede haber en ese acto? Lo único que me dijo es que estabas mejorando y cuando insistí me amenazó con llamar a la policía. Entonces le dije que de acuerdo que si a ti podía aconsejarte por dinero, que yo le pagaría para que me aconsejara a mí. Supongo que ya lo sabrás porque hoy ha sido día de consulta y él no estaba, pero quería que supieras mi versión de los hechos. El podría haber tergiversado las cosas, así que no me quedó más remedio que hacerle lo que le hice. No quisiera que supieras lo que le dolió en primera persona.


Sigo aquí, un día más haciendo guardia ante tu puerta. Me estoy empezando a cansar, así que creo que cambiaré de táctica. Me he comprado una tienda de campaña y haré una manifestación en tu jardín. En nuestro jardín. Huelga de hambre. Suena duro, pero tú me estás empujando a ello. He dejado el trabajo para poder vigilarte a todas horas. Así no podrás salir de mi casa sin toparte conmigo. Ni siquiera comprarás el pan sin ver mi fea cara. Tal vez así te dignes a dirigirme la palabra aunque solo sea para pedirme paso. A mirarme a los ojos para apartarme de una patada. A recordar que un día fui parte de tu vida, todo eso sabrás cuando pases por encima de mí. Y si no sales o se te ocurriera llamar a la policía atente a las consecuencias.


Ya estoy aquí. Ya no podrás volver a deshacerte de mí nunca más. Ya no podrás hacer que mi hija se olvide que un día tuvo un padre. ¿Qué la dirás cuando la tengas que decir que no podéis salir de casa? No creo que la hayas dicho como otras estúpidas que su padre murió y está en el cielo cuidando de ella. No, tú no eres así. No eres tan inteligente como para poder inventar una historia completa. Déjame verla o empezaré la huelga de hambre en este mismo instante. Es la última vez que te lo pido. Bueno Amanda odio tener que haber llegado aquí pero la próxima vez que hablemos será aquí fuera. O en el cementerio. Porque te aseguro que o das tu brazo a torcer o esto llegara a la muerte. Pero porque tenemos que morir sin luchar. ¿Sabes qué te digo? Tengo la llave en la mano y voy a usarla. Voy a entrar y si quieres lucha lucharemos porque estoy muy cabreado. Tú me has obligado a hacerlo de nuevo. Luego no vayas a denunciarme, y si es así diles que te lo has merecido.
Vamos Valentín. Ya has tenido suficiente.
¿Quién es usted? ¿Quien ha llamado a la policía?
Vámonos Valentín. Sabes que esta no es tu mujer, que jamás has tenido una hija y que si dejas de tomar la medicación te pasan estas cosas. Venga vámonos. Tienes una sorpresa en el psiquiátrico ¿Sabes? Hemos plantado un árbol, tú nos diste la idea. Venga levanta. Buen chico. Apaga el móvil y dime de donde lo has sacado.

Hay más locos que los reconocidos
Nadie merece encontrarse con uno de ellos


 Autora: Nuria L. Yágüez

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

EL HOY EN UN ANILLO

La vida da muchas vueltas
redondas como un anillo.
No preguntes por el mañana,…,
Hoy solo se que te sigo

No busques un porque.
Tiritas como un pajarillo herido.
Anida hoy aquí en mi pecho,
si no me hieres; yo te cuido.

No preguntes por el mañana
y arrima tu fuego al mío,
que por muy valiente que me veas
mi alma también tiene frío.


Autora: Nuria L. Yágüez

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