Hoy quiero hacer una excepción, en honor a una buena amiga, porque me siento muy orgullosa de ella.
La espiral resiliente: Los ritos de paso
lunes, 31 de enero de 2011
FELICIDADES DOCTORA
PROMETETE CONMIGO EN MI CAMA
Pro-métete conmigo en mi cama.
Porque tu piel me recl-ama,
porque la mía se queda fría.
Sólo si estás a-sintiendo
tu amor con la misma alegría.
Y es tan amplia tu mirada
como veo en el espejo la mía.
Pro-téjete una tela con mis manos
que dibujan tu cuerpo menudo,
garaba-te-ando tus curvas de memoria,
imaginándolo siempre desnudo.
Siempre desnudo.
Pero si ya no re-cuerdas el mío
sofocado por tu presencia,
habla solo con tu silencio
y entenderé la evidencia.
Si es así,
siente lo que te late.
siente lo que te late.
Cómete la manzana aunque esté mordida,
Rompe tu coraza.
Aletea y vuela libre.
Agárrate a la vida.
Agárrate a la vida.
Agárrate a la vida.
domingo, 30 de enero de 2011
CULPABLE DE INOCENCIA
Acerina fue desde que nació criada como una princesa. Princesa de una isla con forma de pubis en la cual nunca vivió. Ese era su reino. Un reino que ni conocía, ni reconocía como propio.
-Serás princesa y como princesa vivirás.
Era princesa por el nombramiento de unos padres que nunca fueron reyes, y todo el mundo la conocería como princesa, a partir de ese momento.
Solo había una cosa que la princesa Acerina no conseguiría con su cargo y era su propio reconocimiento como soberana.
A ella le gustaba. Y siempre revindicaba su nombramiento. - “Soy princesa de una isla bonita, pero reino,.., no. No tengo reino”,- solía decir. Y solo lo hacía por la impresión que causaba en los demás ese título. Esa frase dicha con sutileza, tal y como ella lo decía,…, causaba admiración. Era esa primera impresión, la que cegaba a todo el mundo, ante la presencia de una princesa, aunque careciera de reino, de trono y de lacayos.
- ¡Santo Dios! ¡Estamos ante una princesa! ¡Y con eso basta!- Gritaban como encantados, aquellos que con ella se topaban.
Acerina empezó a crear su propio feudo de fantasías y a comportase como la princesa que los demás querían ver. Se vestía como princesa, miraba discretamente como una princesa, sólo hablaba cuando debía hacerlo y acertaba en sus palabras tal y como lo haría una princesa. Eso cegaba a quien la miraba y admiraba. Y a Acerina, tal y como a quien tenía en frente ¡Con eso le bastaba!
Pronto, Acerina empezó a dedicarse a admirar la belleza que otros hicieron. -Quiero viajar- dijo un día. Y viajó a tierras lejanas a aprender del arte de aquellos que ya no podían seguir haciendo arte. Acerina tenía su propia maestría interna, pero admiraba tanto la de los demás, que era incapaz de plasmar su valía interior. La poca gente que era capaz de ver tanta belleza, a pesar de sus esfuerzos por esconderlo, eran rápidamente apartados de su mirada por ella misma. -¡Locos, son locos! Yo soy una princesa, vivo en la realidad no en la fantasía de aquellos que crean.
Cada vez le gustaba más las sensaciones del personaje y menos las de la persona. Por lo que la joven princesa, fue apartando con mayor asiduidad a la joven y mostrando únicamente a la princesa. Y solamente cuando estaba a solas,…, la joven sentía el bienestar de aquellas palabras. Se regodeaba en el sentimiento que despertaba en los demás. Y se esforzaba por que los otros, aquellos que no habían advertido su destreza, demostraran el interés suficiente para reconocerla, y terminar apartados como dementes. Eso la hizo crearse un aura de modestia y simplicidad de la cual carecía, e hizo que la gente le admirara más todavía.
Así la princesa de aquel reino que nadie hallaba, se convirtió definitivamente en un personaje que no existía, y poco a poco empezó a vivir una vida inventada. Vivía como la protagonista de su propio cuento por el día, que era la única Acerina que los demás conocían, y una chica atormentada y de lo más normal por la noche, de la que nadie había oído siquiera hablar.
En aquel espectáculo que ella llamaba vida, viajó al reino de Gamá. En aquel reino habían tres regiones bien diferenciadas, una habitada exclusivamente por hombres, otra por mujeres y una tercera por gente que estaba de transito, entre la región en la que nació y aquella que quería habitar. Era un tiempo de revoluciones, de cambios. Un tiempo en el que aquel reino luchaba por expandirse y conquistar el resto del mundo. Y día a día, batalla a batalla, lo estaba consiguiendo. Y empezaron a ver y ser vistos.
La princesa Acerina había asistido en varias ocasiones a muestras de arte íntimo en estado femenino y le habían gustado. Pero cuando llegó a Gamá el brillo de unos ojos y la sensibilidad de una sonrisa, le hizo desviar por unos segundos la atención de si misma. En dos ocasiones se encontró cara a cara con aquellos ojos. Pero el destello que reflejaban era tan grande, que le impidió ver al personaje que había tras ellos. No lograba ver más allá y eso le llamó la atención de forma especial.
- Son como antorchas en la noche.
Acerina volvió a su reino. Pasaron varias lunas llenas y ella seguía preguntándose que ser podía mirar de aquella forma. Fueron cuatro los lunas llenas, cuatro lunas durante las que volvió a sacar a la princesa que llevaba dentro, pero algunas noches descubría a la joven pensando en aquella sonrisa, en aquella mirada, en el sentimiento que se despertaba en ella cuando la recordaba.
- ¿Por qué miran así? ¿Qué se esconde tras ellos? ¿Por qué sonríen? ¿Quién ve a través de esa estrellas?
Así, que volvió a Gamá y movió sus fichas de modo que aquellos ojos fueran hacia ella, como haría una princesa delicada. Y lo consiguió. Sin mucho esfuerzo lo consiguió, pues también estaban llenos de curiosidad.
Pero había algo tras aquellos ojos que la conmocionó más que su brillo.
Acerina montó su propio espectáculo íntimo al que la poseedora de aquella mirada fue invitada. Todo transcurrió tal y como ella había previsto. Observó con estupor que el ser, que miraba de aquella forma no era un personaje inventado como el que ella mostraba, si no una persona que vivía de forma coherente como una simple mortal, mostrándose tal y como era. -¡Que osadía! –se dijo a si misma- ¡Qué peligro! ¡Exponerse de esa forma, sin máscara, ni armas, ni armadura!
La noche se tornó en juegos,…., y los juegos,…, en seducción.
La princesa cometió un grave error. El espectáculo se alargó demasiado y llegó un momento en el que la princesa, fue perdiendo su forma de princesa. Se fue diluyendo el efecto de aquel brebaje mágico, llamado imaginación, que la llevaba al estado de princesa. Y conforme la niebla del personaje se deshacía,…, iba apareciendo la joven Acerina.
- ¡Dios como puede ser! Esos ojos siguen mirando del mismo modo. Incluso horas y horas mas tarde,.., ¡brillan más todavía! ¡No me mires así!- Llegó a suplicar.
- ¿Cómo? – preguntó con una sonrisa extrañada.
- ¿Cual es tu brebaje? ¿Quién es tu hechicero?
- ¿Mi hechicero? -pero entonces comprendió- Mi hechicero es el amor, mi brebaje la honestidad.
Mareada por la invasión de sentimientos, la joven Acerina que había aparecido aquella noche salió corriendo en busca del abrigo de su mentira. Se cobijó en la soledad de sus aposentos donde recomponer a la princesa. Durmió su desconcierto y a la mañana siguiente los padres de la princesa, aquellos que nunca fueron reyes, terminaron de alentar su cuento de princesa, para reparar los daños sufridos.
- No quiero verte más, no quiero volver a saber de ti.- Decía la nota que dio a su mensajero para que entregara a los ojos que desmontaban su cuento. -Yo no soy la princesa que tú ves.- La respuesta no se hizo esperar.
- Conozco a la princesa, conozco a la plebeya, respeto y suspiro por las dos. Y así lo he demostrado en todo momento. Sólo deseo que no sufra ninguna de ellas, y que aprenda cada una a convivir con la otra. Deseaba que las tres pudiéramos terminar de conocernos en armonía pero si ninguna de las dos lo deseáis así,…, partiré discretamente y abandonaré hasta el último recoveco de tu memoria.
La joven Acerina sintió miedo de si misma. Un miedo más grande que aquel que le había hecho inventar a la princesa. Había conocido a una soberana a una auténtica princesa que solo dejaba ver su lado de plebeya. Y solo los que la conocían y ella se dejaba conocer, disfrutaban con la presencia de la princesa, la Princesa de los ojos tristes.
Acerina sintió un escalofrío se difuminó en sus mentiras en aquellas tierras lejanas donde nadie ponía en duda su palabra, donde ni siquiera eran capaces de preguntarse quién era la princesa Acerina, y sentenciaron que la mentira vivía en el reino de la princesa de los ojos tristes. Sentencia: ¡CULPABLE!
Acerina sintió un escalofrío se difuminó en sus mentiras en aquellas tierras lejanas donde nadie ponía en duda su palabra, donde ni siquiera eran capaces de preguntarse quién era la princesa Acerina, y sentenciaron que la mentira vivía en el reino de la princesa de los ojos tristes. Sentencia: ¡CULPABLE!
Autora: Nuria L. Yágüez
jueves, 27 de enero de 2011
HOY TE SIENTO CONMIGO
ahora que nos has dejado,
que aunque no siempre estuviera cerca
Igual que hoy yo puedo sentirte
aunque no estés en este mundo,
porque si miro a mi alrededor
desde lo más físico a lo más profundo,
siento que sigo tus pasos
como un perro vagabundo.
Si yo llego, tú ya has estado.
Si permanezco, te quedas conmigo.
Si me pierdo, tú me guías.
Si me guías, te persigo.
Me siento orgullosa de quien me has hecho.
Me siento orgullosa de quien has sido.
Texto creado por: Nuria L. Yágüez
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Texto creado por: Nuria L. Yágüez
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sábado, 15 de enero de 2011
¿QUIEN NOS OYE CUANDO HABLAMOS?
Érase que se era, un precioso árbol verde y frondoso que gracias a su belleza conseguía, que todo el que pasaba por el parque, levantara la vista para fijarse en él. A su lado crecía un pobre y raquítico pino, que de puro canijo que era, ni siquiera era capaz de dar una sola piña. Un soleado día, el pequeño pino por fin se atrevió a hablar con el grandioso árbol para decirle que envidiaba su belleza y la buena suerte que tenía. El verde y frondoso árbol torció su copa para echar un vistazo a aquel pino flaco y enano, en el que nunca había reparado y le dijo:
- ¿Suerte? ¿Te parece que yo tengo suerte? Te diré, que yo me considero el árbol con más mala suerte de todo el parque.
- Pero ¿como puedes decir eso?, -le respondió el pequeño pino,- si todo el que pasa por tu lado, tiene que parar su caminar para admirarte.
- Pues por eso mismo. Fíjate, si tengo mala suerte, que todos los perros que pasan por mi lado tienen que levantarme su pata. Todos los enamorados que pasean por aquí, tienen que dejar sus nombres unidos por un corazón en mi corteza. Todos los chiquillos que vienen al parque tienen que demostrar lo valientes que son subiéndose a mis ramas, porque claro son las mas altas de por aquí. El invierno es malo porque al ser el mas grande, cuando llueve, me mojo mas que los demás. La primavera porque los atolondrados pájaros siempre buscan mis recovecos para hacer sus nidos. El verano porque como me cargo de frutos, me pegan con palos para hacerlos caer. Y el otoño, que decir del otoño; como a mi alrededor siempre hay más hojas los barrenderos se cansan más y se apoyan en mi tronco a fumarse sus cigarrillos. ¿Te sigue pareciendo ahora, ridículo pino, que tengo suerte?- Mientras el árbol se quejaba de todas estas cosas, y se regodeaba de su mala suerte, quiso el destino que pasaran por allí los espíritus de la buena estrella y centelleando de ira le dijeron al árbol:
- Verde y frondoso árbol hemos oído todo lo que le has contado al pino y vamos a hacer realidad tus mejores sueños. Quizás algún día te parezcan autenticas pesadillas. A partir de este momento, no volverá a pasarte ninguna de las cosas que tu consideras una desgracia, y en cambio, le pasaran al enclenque pino, que intenta crecer a tu lado. Si algún día te das cuenta de tu error, tendrás que hacer algo que salga de tu podrido corazón y solo entonces, veremos si podemos hacer algo por ti.
Dicho esto los espíritus de la buena estrella siguieron su camino, porque tenían mucho trabajo que hacer por el mundo.
A partir de ese día, el árbol, no podía creer que tuviera tanta suerte. Los perros ya no le orinaban pero no noto que comenzaban a faltarle, algunos minerales que están en el pis de los perros. Los enamorados ya no escribían sus nombres en su corteza, y a el le encantaba, pero dejó de saber como andaban las cosas del corazón a su alrededor. Recordó de pronto, que hacía mucho, mucho tiempo que los chiquillos no subían a sus ramas, pero no se percato de que ya no había nadie que le rascara, donde más le picaba. Cuando llegó el invierno, no podía creer que los espíritus tuvieran tanto poder, todos los árboles del parque se estaban mojando, estaban chorreando y él, increíblemente, “ja, ja, ja, estoy completamente seco, exclamó”, pero no quiso darse cuenta de la sed que ya sentía, y eso que aún no había salido el sol. Pero claro el amarillo astro llegó y con él los pájaros, que por raro que parezca, no buscaban sus escondites en sus huecos “esto es maravilloso, soy el árbol con más buena suerte del parque pensó”. Y lo pensó porque claro ya no había nadie a quien decírselo, no había niños, no había perros, no había pájaros, ni enamorados,...
Pero con los días, el árbol vio como se iba llenando de aquellos insectos, que antes los pájaros mantenían a raya. Llegó el verano y con él los hombres con palos pero, milagro, aquel año pasaban de largo y no querían sus frutos, claro que tenía tantos y tan gordos que le dolían las ramas de soportar el peso y además, algunas habían empezado a troncharse. En el otoño ya no había barrenderos apoyados en su tronco echándose sus cigarrillos, y con horror descubrió que era adicto a la nicotina y sufrió un ataque de ansiedad. A pesar de todo, aunque el árbol ya empezaba a darse cuenta de todas estas cosas, no quería reconocerlas y seguía pensando, “ummmm, ahora si que tengo buena suerte”.
Un día al despertar pensó que se había caído, porque nunca había visto el suelo tan cerca de su copa. Palpo su tronco y vio que seguía más o menos recto. Tocó sus raíces y comprobó que estaban dentro de la tierra, “¿Qué pasa entonces?- se preguntó- ¿Porque está tan cerca la tierra?” Al levantar la copa vio un alto y majestuoso pino rodeado de niños, perros, pájaros y enamorados y le preguntó que estaba pasando. El pino con cara de pena le dijo:
- ¿Qué pasa viejo amigo? ¿Ya no te acuerdas de mí? Nunca, nunca llames a eso, que no quieras que venga.
Así comprendió el árbol, que debemos aprender a apreciar hasta lo que en ocasiones podemos considerar malo. Pues siempre, siempre, siempre, como decía mi viejo amigo Murfi, las cosas pueden ir peor.
Autora: Nuria L. Yágüez
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