jueves, 3 de marzo de 2011

EL BAILE DE LOS COBARDES

No hubo un ruido, ni una pesadilla. Esta noche había conseguido dormir bien pero mis ojos volvieron a abrirse mucho antes de que el despertador sonase. Los números en verde iluminados sobre la oscuridad total de la habitación lo confirmaron. Eran las cuatro de la mañana y mis ojos se negaron a volver a cerrarse. Algo andaba mal en mi cabeza y yo sabía perfectamente que era eso que torturaba mi mente y más concretamente mi conciencia. Me incorporé en la cama y prendí un cigarrillo. No podía dejar de pensar en ti. Obsesionabas mi mente.

         Tengo que aclarar que en algún momento había llegado a sentir algo por ti, aunque no tenga muy claro que había sido. Tal vez una inmensa gratitud, tal vez lástima, simplemente amistad. No lo sé. Quizá no sintiera nada y mi mente se viera obligada a pensar que hubo algo. No sé que pasó, pero ahora tengo claro que el amor no fue lo que me impulsó a unirme a ti. Ahora me veo obligado a poner fin a esta situación que no quise empezar. Me siento mal porque sé que tu me amas con la ceguera del amor verdadero. No se como hemos llegado aquí pero tenemos que terminar con esto.

         Los números verdes alertaban de la incipiente llegada de la mañana y aún no sabía como decírtelo. Me sentí solo. Cuando alguna noche me despertaba y al abrir los ojos te veía aquí, tumbada al lado derecho de mi cama, me gusta verte dormir. Me gusta ver tu pelo sobre mi almohada, tu cuerpo desnudo, tus curvas desdibujadas en la penumbra. Acompasar mi respiración a la tuya, relajada, rítmica, sin perturbación alguna. Sentirte mía. Podía pasarme horas enteras mirándote. Tal vez sea solo eso lo que pretendo, tal vez solamente necesite tu compañía. Tal vez. Pero todo el que se acerca a mí termina sufriendo y tú eres demasiado débil para aguantarlo. Sé que vas a pasarlo muy mal y no te merezco. El caso es que no sé porque pienso todo esto. Si no siento nada por ti porque trato de protegerte. En otras ocasiones ha sido más fácil. Un adiós, si lo hubo, terminó con muchas de mis relaciones anteriores. Pero ahora es distinto.

         Siento que es tu amor infinito el que me asusta. Cuando tus ojos me miran, brota amor de ellos, y eso me impide acercarme a ti. Algo me grita “¡HUYE!”, desde lo más profundo de mi ser. Y entonces no puedo más. Me siento sucio por continuar con esta farsa, haciéndote pensar que yo también te quiero. Siento un miedo atroz de que despiertes del cuento que tienes montado en tu mente. De ese cuento que yo te hice creer. No puedo enfrentarme a ti, a tu delicado amor, a tus mimos, a tu desmesurado cuidado por buscar siempre las palabras que yo quiero oír. Me agobias. Quiero estar solo y poder sentirme solo. Necesito hundirme en el lodo de la autocompasión, como he vivido siempre. No estoy acostumbrado a ser feliz y creo que tu amor puede llevarme muy cerca de este sentimiento.

         Hace semanas que te demuestro que no te quiero. No atiendo tus llamadas. No te llamo nunca, y cuando vienes a verme me muestro apático y desagradable. Pero tu pareces no darte cuenta y me tratas con más amor que antes. No estoy en tu mente, pero creo que debes pensar que estoy deprimido por algo y tienes que ayudarme a superarlo. Como si lo viera. Me gustaría poder discutir contigo y que me mandes a paseo, pero cuando inicio la bronca, terminas dándome la vuelta como si no fuera contigo. ¿Es que no tienes dignidad?

         El sol entra ya por mi ventana y me siento más cansado que cuando me acosté. Cansado física y psicológicamente. Ha llegado el momento, hoy pondré fin a este ilógico amor. Voy a decir basta. Te diré que no es nada personal, que me he sentido feliz a tu lado pero que tu mereces algo mas que todo lo que yo pueda ofrecerte nunca. Tu te mereces alguien que te quiera. Alguien que te dé el mismo amor cálido que tu ofreces. Y que yo no puedo darte. Jamás podría hacerte feliz. No tengo los mismos sentimientos que tu, ese amor limpio, esa sinceridad absoluta, esa necesaria ingenuidad. Son sentimientos que nunca he conocido. Yo estoy hecho de una pasta diferente. Yo me aprovecho de la gente, y a ti te amo demasiado como para abusar más de ti. Por eso quiero que salgas en busca de ese príncipe azul que siempre perseguiste  y que tu te mereces. ¡Búscale!. Ten paciencia y búscale por que al final lo encontrarás.

         Oigo que se abre la puerta, y cuando salgo compruebo aunque ya lo sabía que eres tú. Hoy estás preciosa. Irradias esa sensación de vitalidad que siempre te acompaña. Hueles al perfume de jazmín, que yo te regalé, y que nunca te gustó usar. Yo, sin embargo, aún no me he duchado, ni me he afeitado, me siento como un cerdo en un banquete de boda.
. Hola.- Me dices con frescura y me dejas un tímido beso colgando de los labios.- He traído chocolate con churros porque sé que te encantan.- Y continuas tu camino hacia la cocina.
- Ves preparándolo.- Te digo sin más- Yo me voy a duchar.



         Este chico es un zoquete pienso mientras pongo el chocolate en las tazas. Estoy harta de él. Ayer quedamos claramente a las diez de la mañana y todavía no se había levantado. Me crispa los nervios. Pero será por poco tiempo. Cuando salga le voy a armar una escena, a ver si reacciona de una vez. Esto empezó como un simple rollo, y últimamente parecemos un matrimonio de lo más convencional. No puedo con ese desánimo suyo. He sabido desde un principio que esta relación no iba a ningún sitio pero ahora no se como decirle que paso de él.

         Ya me lo avisaron mis amigas, “salir con tío mayor que tú termina por aburrirte”, pero él en un principio iba de tío legal. Ahora, sin embargo, parecen haberle caído los años encima. Odio tener que estar siempre esperándole. Es como si saliera con la liebre del cuento. Va de liebre, pero lleva dentro una tortuga. Paso de seguir así. Antes me ponía mucho, siempre estabamos haciendo algo diferente. Salíamos de viaje, íbamos a sitios distintos, salíamos por la noche, nos emborrachábamos juntos. Pero últimamente el único sitio que vemos son las cuatro paredes de su casa. Empiezo a agobiarme. Me he vestido como a él le gusta y me he puesto su perfume, le traigo su desayuno preferido y todo sin saber porque. Quizá trato de endulzarle un poco el mal rollo de escuchar  lo que vengo a decirle. “Vamos a dejarlo ¿Vale?”

         Hay algo que me lo impide y no sé que es. Pienso que es por que está solo en el mundo y cuando le diga que paso de su rollo va a deprimirse mogollón. Ultimamente debe intuirlo y está hecho polvo. Eso me ralla cantidad. A su edad uno no sale del bache así como así. Me acojona mucho que se le vaya la hoya y eso me echa para atrás. Tal vez, le diga que él necesita una persona que le comprenda más que yo. Que sepa darle esa serenidad que él necesita, porque yo estoy demasiado loca como para estar a su lado. En realidad me gustaría que fuera él quien se diera cuenta, porque yo siempre lo hago así. Cuando me canso de un tío empiezo a ser yo misma y terminan mandándome a paseo. Es mi forma de dejarlo, porque me acojona que empiecen a decir que me quieren y que podemos intentarlo de nuevo. No hay nada que me parezca más patético que un tío suplicando a una tía.

Y el caso es que debería pirarme sin más. Cambiar de número, al fin y al cabo que sabe él de mi vida, más que mi teléfono y el numero de matrícula de mi coche. Siempre nos hemos visto en su casa, nos hemos movido en mi coche y hemos terminado en su cama. Si cogiera la puerta y me pirara, cambiara de móvil y vendiera mi coche, no podría encontrarme jamás. Sería mucha casualidad, que un día nos encontráramos en la calle, pues vivimos en barrios diferentes, pero después de esto no creo que se parara a saludarme. Es cojonudo. ¿Cómo no lo había pensado antes?. Me piro.

Te dejo las llaves sobre la mesa blanca y planto mis labios junto a ellas dejando la huella de mi carmín. Salgo sin hacer ruido de la cocina y justo cuando paso junto a la puerta del baño sales tu. No sientes pudor de que te vea desnudo. De acuerdo que nos hemos acostado muchas veces y conocemos el paisaje de nuestros cuerpos de memoria, pero esto es diferente. Quizá sea yo quien lo vea diferente porque acababa de tomar la decisión de dejar de ser esa que tiene derecho a verte desnudo por la casa sin ruborizarse. La verdad es que tu cuerpo no deja ver los años que tiene tu mente. Estás como un tren y me detengo a mirarte una vez más.

Te quedas mirándome fijamente. Parecemos dos pasmarotes en medio del pasillo. Yo me he quedado cortada porque me has pillado mientras huía. Pero ¿Y tú? ¿Qué miras? ¿Por qué me miras como si me vieras de nuevo después de una vida sin verme? Te acercas a mí y me besas en la oreja. No puedo soportar que un hombre me bese en la oreja. Me pone cardiaca y lo haces porque lo sabes. Trato de calmarme y mantengo mi mente fría como lo estaba hace tan solo un momento. Pero tu insistes. Termino por echarte los brazos al cuello y te beso ardientemente en la boca. Te estás emocionando y sé que no podremos parar. O salgo ahora mismo corriendo por la puerta o terminaremos de nuevo en tu cama. Me coges en brazos y me metes en tu dormitorio. Sé que se me ha hecho tarde. Pero no pasa nada tengo tiempo.

Hacemos el amor salvajemente como a ti y a mí nos gusta. Hacemos todo ese tipo de cosas que están vedadas a la vista de los demás. Todas las diferencias que nos separan hacen de este un amor oculto tras una cortina. O simplemente por no caber en las mentes planas de la gente que el amor es libre, y con plena libertad ha de hacerse. No creo que nadie comprenda porque estamos juntos, a veces ni yo misma lo comprendo, pero cuando estamos en la cama se aclaran muchas de mis dudas. Ahora lo que no comprendo es porque quería irme. En realidad te adoro. Nadie en el mundo podría jamás complacerme como tú lo haces. Sabes en cada momento lo que quiero y simplemente me lo das. Cuando necesito un poco de independencia, pareces comprenderlo y dejas de llamarme; cuando necesito que me ames, creo comprender para qué se hizo el mundo y cuando simplemente necesito saber que estás ahí, te muestras discreto a mi lado, sin hablar, casi apático, haciéndome comprender que sigues a mi lado para cuando yo te necesite. Te amo. Por que el amor es eso saber compenetrarse en todo momento.




Me miras desde el otro lado de la cama, desde tu lado derecho. Siempre te duchas mientras me fumo un cigarro, pero esta vez no. Te estás recreando en tus pensamiento y me pregunto que piensas. No dejas de mirarme y sonríes como una tonta. Adoro tu sonrisa y pienso como he podido pensar que nunca te he amado. Además no sé quien soy yo para tomar decisiones sobre tu vida. Has estado fantástica y eso es signo de que estás a gusto a mi lado a pesar de mi mal humor. Ahora me siento el hombre más feliz del mundo. Ahora lo tengo claro. Ya sé que es eso que tanto me atrajo a ti. Tu dualidad. Me pregunto como puedes perder esa timidez tuya cuando se apaga la luz y se iluminan nuestros corazones. Nunca terminaré de conocerte. A veces pienso en cuanto tardaría en olvidarme de ti si llegáramos a romper. Pensé que no menos de doce días, ni más doce meses, pero ahora comprendo que tardaría doce vidas.





 Autora: Nuria L. Yágüez






5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado el relato Nuria. Muy bueno. He disfrutado de la narración al completo.

Carmen Lorenzo

Ana dijo...

Me dejas sin palabras. Es el cuento mas real que conozco. Cuantas parejas se sujetan con pinzas. Cuantas parejas juntas por cobardía.

Sigue escribiendo Nuria, me encanta como lo haces. Yo te seguiré leyendo.

Almaire dijo...

Precioso... quizás sea que ando muy sensible últimamente, pero me a encantado.

Luna dijo...

Tu relato me ha gustado sobremanera aunque su contenido me dé pena por ser muy real. ¡Cuántas parejas viven "acomodadas" en esa situación que para mi es vegetar esperando nuestro último día.
Preciosooooo!!!!!.

Anónimo dijo...

Me ha encantado,